Imágenes de página
PDF
ePub

tras de deshacerse entre los de Castilla la mutua sociedad de intereses que forma la república. La moneda adulterada de resultas de los privilegios concedidos indistintamente para acuñarla, y alguna vez de orden del mismo Enrique , era excluida de los tratos. Los malhechores , no ya en tímidas y fugaces cuadrillas , sino en tropas ordenadas y numerosas , se levantaban con castillos y fortalezas , desde las cuales cautivaban á los pasageros , obligaban á rescatarlos , y ponian en contribución las comarcas , y aun las primeras y mas populosas ciudades del reino. Era general la corrupción , la venalidad , la violencia : la insensibilidad de Enrique crecía á par de las calamidades públicas ; y el Estado sin dirección ni gobernalle , combatido por todos los vicios , inficionado de todos los principios de disolución , caminaba rápidamente á una ruina cierta é inevitable.

En tal situación recibid Isabel los dominios de Castilla. Y cuando su alma grande y generosa necesitaba recoger todos sus alientos para acudir al remedio de tamaños males , y acometer la ardua y gloriosa empresa de la reforma , tuvo también que luchar en los principios con otro genero de dificultades. Los aduladores , peste palaciega que se abominará siempre y habrá siempre , habían logrado que brotasen en el pecho del Rei Fernando las semillas de la ambición. Esposo digno de una esposa todavia mas digna , no se conformaba con que manos femeniles rigiesen las riendas de la monarquia castellana. Fue menester toda la razón y dulzura de la Reina , la mediación de arbitros imparciales, el interés de la Infanta Doña Isabel , única heredera hasta entonces de la Corona , para aquietar el ánimo del Rei católico , y hacerle consentir en que su muger gozase de los derechos que le daban la naturaleza , los pactos matrimoniales y el ejemplo de los siglos precedentes , y que justificaron después las felicidades de su gobierno.

Rayaba ctra vez en los corazones la esperanza, y la plácida aurora del orden y de la felicidad sucedía á la noche tenebrosa de la confusión y desastres anteriores. Pero una tempestad que se fraguaba hacia el occidente amagaba extenderse sobre la península, y perturbar la serenidad y sosiego de Castilla. El Rei Pon Alónso de Portugal ó movido de la ambición o despechado también por la entereza con que algunos años antes le habia negado su mano Isabel, trataba de sostener los derechos que alegaba á la sucesión de estos reinos su sobrina Doña Juana. Muchos de los Grandes castellanos , creyendo medrar por las mismas mañas que en otros reinados, é irritados de que hubiese pasado el tiempo del poder de los validos y del pupilage de los Príncipes , se disponían á favorecer el partido portugués y á sacudir la funesta antorcha de la guerra civil. En vano envió la Reina una y otra embajada con palabras de moderación y de templanza: en vano interpuso la mediación de personas amantes de la tranquilidad: en vano intento desarmar con bondad y dulzura á sus malaconsejados vasallos. Don Alonso, lleno de las esperanzas que le daban sus fuerzas, la desprevención de los nuevos Reyes, y las ofertas de los castellanos sus parciales, desecho enteramente las proposiciones pacíficas y resolvió el rompimiento.

Tuvo Isabel que defender con la fuerza la herencia de sus mayores. Pero las dificultades eran grandes: faltaba el dinero, nervio de la guerra; Toro y Zamora habían abierto las puertas al enemigo; el castillo de Burgos , cabeza de Castilla y cámara de sus Reyes, tremolaba las quinas portuguesas; los franceses^ solicitados por el Rei Don Alonso, entraban en Guipúzcoa, y después de talar el país, sitiaban á Fuenterrabia. Hizo frente á todo Isabel: el amor de sus pueblos le dio soldados, el santuario le franqueó sus riquezas; y mientras el Rei su marido á la frente de un ejército contenia los progresos de los invasores, ella recorría sus estados buscando y enviando socorros; suscitaba enemigos á los Grandes disidentes en sus propios hogares, disponia se corriesen las fronteras de Portugal por Extremadura y Andalucía, aseguraba la fidelidad vacilante de León, y entablaba en Zamora las inteligencias que hicieron recobrar aquella ciudad importante. El alma y el valor no tienen sexo. El Rei de Portugal se habia internado en Castilla con el designio de socorrer el castillo de Burgos. Isabel con un campo volante sigue sus movimientos, le pica la retaguardia , le corta los víveres , le obliga á retirarse á la frontera, y coge el fruto de sus nobles fatigas, recibiendo por si misma las llaves de aquella fortaleza, que se defendió con un tesón digno de mejor causa.

Entretanto Fuenterrabia , escollo en algún tiempo de la gloría francesa, cercada y descercada tres veces, inutilizaba los graneles aprestos militares con que el Rei Luis se proponía favorecer á su aliado, y ensanchar sus dominios. Finalmente la jornada de Toro acabó de inclinar la balanza á favor de Isabel, y afianzó para siempre en sus sienes la corona. Atienza, Huete, Madrid volvieron á reconocer el imperio de sus legítimos dueños; la Reina recobraba en persona la fortaleza de Toro , punto capital de la guerra y plaza de armas de los portugueses; y con una moderación igual á su fortuna , mientras con una mano se cenia el laurel de la victoria, ofrecía con la otra el olivo de la paz á los vencidos.

Mas no tuvieron efecto por el pronto sus loables deseos. El ánimo, enconado mas bien que abatido del Rei Don Alonso, se negaba obstinadamente á todo proyecto que no fuese de sangre y de venganza. Todavía estaba enseñoreado de varias fortalezas que h sorpresa ó la infidelidad habían puesto en sus manos desde los principios de las hostilidades: y contando con el apoyo de los malcontentos , meditaba volver á entrar poderosamente en Castilla. Fué forzoso desbaratar los obstáculos de la paz , y obligar al portugués á aceptarla á su despecho. Durante la ausencia de Fernando , que había pasado á recibir la corona de Aragón por muerte del Rei su padre, Isabel presenciaba la victoria conseguida por sus tropas en la Albuhera, y mandaba sitiar á Mérida, Medellin y otras fortalezas. En valde quisieron persuadirle sus consejeros y capitanes, que la devastación del país, la escasez de comestibles, las enfermedades pestilenciales, las continuas correrías del enemigo, la comodidad, conservación y seguridad de su augusta persona, exigían se retirase tierra adentro de sus dominios. No soi •venida, les respondió , á huir del peligro ni del trabajo: ni entiendo dejar la tierra, dando tal gloria á los contrarios ni tal pena á mis subditos, hasta <ver el cabo de la guerra que hacemos, ó de la paz que tratamos (i). La constancia de la Reina triunfó en fin de la obstina

(i) Crónica de Pulgar, parte 2, cap. 90.

cion portuguesa, y allano las dificultades para el ajuste. Portugal y Francia humilladas hubieron de bajar la altiva frente y de reconocerla por Reina de Castilla; é Isabel perdonando generosamente á los Grandes desleales , borro todos los recuerdos amargos que pudiera dejar la guerra , é hizo olvidar cuanto no era su gloria.

Tal fué la conclusión de esta contienda, que no permitió' á Isabel en los principios de su reinado vacar á las artes de la paz y á las ocupaciones que la hicieron el amor y delicias de sus vasallos. En los intervalos que le dejaban los cuidados de la guerra, la provisión de plazas y ejércitos, las negociaciones con el enemigo y con los malcontentos, en el discurso mismo de sus viages , atendia á la administración de la justicia, cuidaba de que se ejecutasen las leyes, y aseguraba o restablecía la quietud de los pueblos. Así sosegó la provincia de Extremadura, donde las parcialidades y facciones en las ciudades y la tiranía de los alcaides de las fortalezas en los campos y caminos, no dejaban asilo alguno al habitante laborioso y pacífico : asi quitó los bandos de Córdoba, origen y ocasión de inumerables delitos: así aplacó el motín de Segóvia, donde arrojándose en medio de los sediciosos con un valor que sus cortesanos calificaron de temeridad, impuso repentino silencio y respeto á la osadia : asi restituyó la tranquilidad á Sevilla, agitada había largos tiempos de disturbios domésticos que frecuentemente la bañaron en sangre de sus mismos hijos. La presencia de la Reina ahuyenta el desorden y la confusión, como la del Sol ahuyenta la oscuridad y las tinieblas; y mezclando prudentemente la clemencia con la severidad, consigue reprimir los crímenes y ganar al mismo paso los corazones. Conquista harto mas útil y gloriosa que la de plazas y fortalezas; y linage de guerra, cuya táctica poseyó eminentemente Isabel y que fué uno de los principales instrumentos de los aciertos y mejoras de su gobierno.

Pero la Reina no podia asistir personalmente en todos los puntos de sus dominios y la maldad , la licencia, la impunidad de los malos, la falta de seguridad para los buenos, eran daños generales, antiguos, arraigados profundamente por doquiera. El remedio debía ser proporcionado á la dolencia. Convenia erigir un tribunal seTom. VL N. i. B

vero, ejecutivo, cuya vigilancia se extendiese y derramase hasta los últimos ángulos de las provincias y que componiéndose del común de sus moradores no dejase recurso ni efugio á los delincuentes.

Esta fué la hermandad que en medio de los apuros ocasionados por la guerra con los portugueses, propusieron los reinos en las cortes de Madrigal del año 1476 , y que se formó á poco bajo la protección Real en la villa de Dueñas. Los pueblos, armados en tropas regladas de á pié y de á caballo, armados por la mas justa de las causas, la seguridad pública, limpiaron de delitos el suelo de Castilla, castigaron ó ahuyentaron á los malhechores, y purgaron la tierra, como en otro tiempo Alcides , de los monstruos que la infestaban.

Habianse visto ya algunos ensayos de semejante institución en el reinado de Don Alonso el XI, cuando el desconcierto y turbulencias de su menor edad no permitían vivir con seguridad fuera de lugares murados , cuando el pasagero veía ya sin extrañeza yacer en los caminos los cadáveres insepultos , y las leyes enmudecidas no se atrevían á clamar por venganza. Renovados los males en tiempo de Enrique IV, los pueblos volvieron á establecer de nuevo las hermandades: pero las contradijo y finalmente las destruyo el Rei, gobernado siempre por los autores de los daños que querían corregirse.

La hermandad de Dueñas nacia bajo auspicios muy diferentes. El bien general era el norte de todas las operaciones de Isabel, y la hermandad fué protegida , alentada y autorizada. En vano los Grandes y Prelados juntos en Cobeña, entre reverentes y quejosos , representaron contra un establecimiento que acercaba los pueblos al trono; que reuniéndolos les daba á conocer su fuerza é importancia; y que formando con el Gobierno una santa liga, le prestaba medios para reprimir los excesos de una oligarquía inquieta y ambiciosa que posponía la felicidad y lustre de la nación á la triste gloria de mandar en sus ruinas. La respuesta vigorosa de Isabel les hizo entender que ya no reinaba el débil Enrique, y que en adelante coligadas la autoridad y la fuerza limitarían sus pretensiones á los términos de la razón, imponiéndoles la saludable necesidad de ser moderados y justos.

Luego que la paz permitid dar á las ocupaciones silenciosas del

« AnteriorContinuar »