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fuese y socorriese la retaguardia donde D. Francisco de Córdoua estaba, y á este tiempo llegaron el alcaide Luis de Rueda y D. Juan de Villaroel, los cuales habian estado en el escuadron; y reconociendo la victoria, nuestro gran Capitan mandó á los dichos que con alguna gente de caballo asimismo socorriesen, y así se hizo, y socorrieron á muy buen tiempo y hicieron grandes cosas: entre estos cabaleros, iba Francisco de Cárcamo, hijo de Alonso de Cárcamo, Señor de Aguilarejo, y vió al moro que hirió al jurado Pero Hernandez, y arremetió á él y le dió una lanzada por la garganta que le derrotó y hincó la lanza en tierra, y los caballeros ya dichos echaron los moros de la retaguardia con mucha pérdida de los dichos moros. Este dia se cobraron otras cinco banderas, de las cuales mató el un alférez Diego Ponce de Leon y salió muy herido, y su caballo con muchas lanzadas mortales, y así herido, el dicho caballo lo sacó de la batalla, y luego murió el caballo de las muchas lanzadas que traia: D. Juan Zapata lo hizo este dia como buen caballero, que yendo en la avanguardia salió solo del escuadron y puso las espuelas á su caballo, y santiguándose, arremetió á ocho o diez moros que vido estar juntos, y con su lanza mató á un principal dellos, y paráronlo tal, que si no le socorriesen, él tuviera trabajo, como en la ropa paresció.

CAPÍTULO XXIX.

De cómo los moros vieron en esta batalla al Apóstol Sanctiago, y las grandes hazañas que hizo, como en mi presencia ellos lo dijeron, y del número de los moros que en esta batalla

se hallaron.

No es justo dejar de decir una cosa tan digna de memoria, y que tanto hace al caso para lo que toca á nuestra sancta fe católica, y cómo Dios es servido que se vea lo que sus Sanctos valen en el cielo; que este propio dia, acabada la batalla, vinieron ciertos caballeros moros á hablar con el Conde, y preguntaron que dónde estaba un caballero que andaba en la batalla, delante de todos, en un caballo blanco, vestido de colorado, cruzados los pechos como ésta del Conde, con una espada en la mano, el cual hacia tales cosas y daba tan rigurosos golpes que no lo podian los moros sufrir, y que sus cosas eran más que de hombre mortal, donde á la clara conoscimos que era nuestro gran patron de España el Apóstol Sanctiago; y bien parece que fué en nuestro favor, porque en esta batalla tan cruda no murió hombre de cuenta, aunque se pusieron en el principal peligro, excepto cinco soldados. Fueron heridos algunos caballeros y capitanes; Diego Ponce de Leon, deudo del Conde, de una lanzada en la pierna, y el capitan Juan de la Cerda, otra lanzada en la pierna; D. Juan Zapata, con un alfanje en la pierna; D. Juan de la Cueva en esta batalla mostró quien es, porque este dia peleo como Ector, é hizo maravillas, y salió á pelear á la bastarda y con cascabeles, en un caballo castaño, y toda la defensa que puso en su persona pagó su caballo, que quedó en el campo con dos escopetazos en ambos brazos. No quiero que se quede por decir el número de los moros que en esta batalla habia, porque se supo, por nueva cierta de un moro de la cibdad, que con el gran número de gente que habia, tuvieron por muy cierta la victoria; y es así, que el alcaide de Benerax, Almanzor-ben-Bogani, le dijo al rey Muley-Mahamet, hablando en el número de la gente que en nuestro · ejército iba: «Calla, Señor, que aquí tie

nes 8.000 de caballo y más de 60.000 moros de pié, que aunque cada uno otra cosa no haga sino tomar una piedrecita, los haremos á todos piezas; por eso, Muley, no temas, que nuestra es la victoria, y porque veas como los vencemos, sal al campo con nosotros. » Y así, le hizo salir para que viese su perdicion. Y fué de tal manera, que á poco rato no tuvimos quien nos diese voces, ni vimos moro en sierra ni en llano. Verificóse aquí lo de Scipion, Capitan de los Romanos, sobre los Cecilianos, cuando dijo: «El enemigo despreciado trae consigo la victoria. » Así fué aquí.

EXCLAMACION DEL AUTOR.

¡Oh, dia glorioso! ¡dia de grande ventura! ¡dia bien afortunado! No pienso yo, por cierto, Señor, sino que vuestra Señoría en algun tiempo hizo tal servicio á Dios, que la paga ó principio della le tuvo guardado para aqueste dia. Dígame vuestra Señoria, ¿qué sintió su corazon despues que hubo alcanzado tal victoria y tan señalada, y contra tanta multitud de infieles? ¿Qué sentísteis, Señor, cuando entrando por medio los escuadrones, despues de vencidos los enemigos, vuestros soldados todos, los unos os besaban la ropa, los, otros se abrazaban con vuestros piés, y los otros os daban voces de placer, y con lágrimas de sus ojos alababan vuestra victoria? No puedo yo aquí decir otra cosa sino aquello de David: «Este es el dia que hizo el Señor; alegrémonos, regocijémonos en él. » Mucha razon hay que vuestra Señoría se disponga para dar muchas gracias á Nuestro Señor por las mercedes que este dia vuestra Señoría y todos dél rescibimos. Sea vuestra Señoría muy devoto de la bienaventurada Sancta Agueda, pues en su dia alcanzó tan gran victoria y honra, pues es la mayor que alcanzó Aníbal ni Asdrúbal, ni los dos Scipiones romanos, porque así los unos como los otros, aunque se junte con ellos Alejandro Magno, hijo del rey Philipo de Macedonia; porque si estos conquistaban, era con de. masiada gente; y vuestra Señoría entró en África veintidos leguas por tierra, á pesar de los paganos, y con la mayor honra que nunca cristianos se vieron, con 300 lanzas y 12.000 peones. Tenga vuestra Señoría en mucho la victoria que Dios le ha dado con tan poca gente contra más de 80.000 moros; y acuérdese de lo que aquí digo, que en este lugar donde á vuestra Señoría presentaron la batalla, se han

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