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en la mano, puesta su celada, que parecia un leon, con tan grande ánimo, con tanto esfuerzo, que no habia nadie que le mirase que nuevo ánimo y fuerzas nuevas no cobrase para pelear, que aunque ciertos religiosos que su Señoría traia para esforzallos, y á mí con ellos, no era nada lo que nosotros hicimos con lo que el Conde animaba la gente, que con cara muy alegre les hablaba y consolaba, y ponia nuevo corazon á la gente como buen pastor que rodea su ganado; así su Señoría, como buen Capitan , esforzando los suyos, trayéndoles á la memoria muchas cosas de la honra de Dios, y el descanso que terniamos ganada la victoria, imitando con esto al buen Scipion, Capitan de los Romanos cuando tomó á Cartago la Nueva á los Cartagineses: en esta órden comenzó el ejército de caminar, y al subir de una ladera de un valle tocaron las trompetas y atambores, que hace mucho al caso para animar la gente; y así, caminando, vimos asomar las banderas del Rey con muchos escopeteros y hasta 300 lanzas, y con tan grande ánimo, que un turco se alargó á la parte donde estaba Don Alonso de Villaroel, dos carreras de caballo adelante de su gente á tiralle con un arcabuz, mas D. Alonso arremetió á él, y ántes que pudiese dar fuego al arcabuz lo mató de una lanzada y cayó á los pies de su caballo. Y este fué el primer moro que murió en la batalla; mas bien tuvo necesidad de ser socorrido, porque se vió en mucho trabajo por los muchos moros que dieron sobre él: viendo su Señoría el ánimo con que los moros venian, porque no tuviesen lugar de hacer mucho daño en los nuestros, mandó caminar á gran priesa los escuadrones, y los caballeros alárabes parescieron retirarse, y así el Conde tuvo conoscimiento, como hombre experto en la guerra, que tenian celada, y envió á mandar á los escuadrones que, en moviéndose su Señoría con la batalla, caminasen con gran órden y no se detuviesen en la retaguardia á pelear hasta que les fuese forzado; y si cargase mucha gente de los moros sobre el Conde y su estandarte y gente de caballo, y que la avanguardia de los escuadrones de las banderas adelante, socorriesen al Conde.

Hecha la oracion con mucha devocion, caminó el ejército de la avanguardia:á esta hora llegó D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, donde el Conde estaba, que era algo adelante del estandarte, el cual estaba solo con su guion mirando la órden que los Capitanes, Alcaides y Xeques de los moros tenian en poner su gente. Llegado D. Martin donde estaba , comenzaron á hablar en la órden que parescia que los moros tenian, y á este punto comenzaron de salir caballeros del estandarte y juntarse con el guion del Conde, los cuales fueron Diego Ponce de Leon y el capitan Alonso Fernandez, su hijo, y D. Juan de la Cueva, y algunos escuderos, que serian todos hasta 30 de caballo, los cuales con el Conde se iban llegando a los moros, de manera que las escopetas ya hacian daño en la gente de á caballo, porque aquí mataron á Francisco de Nicuesa y hirieron un caballo ó dos, y al Conde le dieron un escopetazo en el pescuezo del caballo, y entróle poco. Pidieron algunos caballeros al Conde que diese Sanctiago antes que las escopetas hiciesen más daño, y el Conde, andando por la gente, le dijo á D. Martin de Córdoua: «¿qué os pārece señor hijo?» á lo cual respondió: «Señor, ahora no es tiempo de parecer, sino de ejecutar lo que vuestra Señoría mandare, y aquello á que somos venidos.» Al Conde parecióle que estaba él y su ejército lejos para dalles el Sanctiago; dilatólo un poco andando todavía hacia los enemigos, y desque vió que era tiempo, por la mucha priesa que le daban los caballeros que allí iban, por el daño que recibian de los escopeteros moros, llegó a la parte donde Don Martin de Córdoua y Diego Ponce estaban, y así como el Conde llegó, dijo á D. Martin de Córdoua: «señor hijo, vos y esos caballeros dad á esos moros el Sanctiago, y daldes dentro»; y diciendo esto, el dicho D. Martin de Córdoua lo cumplió luego con hasta 30 de á caballo que habian salido donde el Conde y D. Martin de Córdoua estaba, y su Señoría quedó recogiendo el estandarte y la gente que venian con él, que eran D. Juan Pacheco, su sobrino, y hasta 150 lanzas, los cuales entraron dentro en la batalla haciendo maravillas tras estotros cababalleros; Don Martin de Córdoua, Señor del Albayda puso los ojos en un Alférez que traia una bandera roja grande, al cual mató del primero encuentro de la lanza, y muerto, fué tanta la gente de á caballo de los moros que sobre él acudieron, echándole lanzas de tal manera, que sólo el caballo rucio que llevaba tenia catorce lanzas atravesadas, y en su persona tantas, que á todos nos puso espanto escapar con la vida; mas fué Nuestro Señor servido que no le hirieron si no fue muy poco en un brazo, y el caballo cayó luego muerto en el campo, y el dicho D. Martin quedó con su espada y adarga á pié, tomando por baluarte el caballo que muerto en el campo estaba, hasta que fué socorrido de D. Jerónimo de Córdoua, su hijo, y de un caballero de Ubeda, Alférez de D. Juan de Villaroel, que se llama Sanmartin , y Alonso Ramirez, criado suyo, á los cuales dijo que pasasen adelante á pelear, porque volvian moros sobre el dicho D. Martin; y este buen caballero, con su espada y adarga hacia tales y tantas cosas á pié, que a todos nos parecia tener presente el esfuerzo de aquel valeroso Capitan de los castellanos, el buen Cid Campeador. Hizo este dia tanto, y empleó tan bien su generoso brazo, que dél quedará memoria. Y desto que dicho tengo dará testimonio la ropa de grana que encima las armas traia, la cual quedó bien galana de muchas cuchilladas y lanzadas, y el adarga que embrazada llevaba, la cual quedó abierta por lo alto de una gran cuchillada de más de un palmo, de manera que tuvo necesidad del socorro ya dicho. Y como estos que á socorrelle vinieron pasaron adelante, hubo lugar para poder tomar un caballo que le dió Lope de Hoces, un caballero de Córdoua, deudo suyo; y tomado, volvió a la batalla, y como el dicho D. Martin de Córdoua estaba peleando en la batalla con los moros,

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