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manera, que murieron siete ú ocho moros de á pié y un caballero, y de los nuestros, ¡bendito Nuestro Señor! no murió nadie, aunque en esto se pasó gran peligro. Visto por D. Juan de Villaroel en el peligro que estaban los caballeros que venian en la retaguardia, dió dello noticia al Conde; y su Señoría, vista la necesidad, mandó hacer alto á los escuadrones, y envióles en su favor á D. Alonso de Córdoua, su primogénito hijo, y al dicho D. Juan de Villaroel con cien lanzas y otros arcabuceros y ballesteros de gente suelta, á socorrer la retaguardia; y así lo hicieron, que el dicho señor D. Alonso Hernandez de Córdoua, con la gente de caballo socorrió; y D. Juan de Villaroel tomó al Capitan de la gente suelta de Orán, Juan Daça, y con alguna gente de caballo socorrió por el otro lado, por el que los moros iban cercando, de manera que el socorro fué muy bueno, y hecho como de muy buenos caballeros, y á muy buen tiempo. Fuéles tan bien á los moros en esta jornada y encuentro, que quedaron tan escarmentados, que otro dia, en la pasada del rio de Tibida, no se osaron llegar tan determinadamente, de donde entendió el alcaide Almanzor-ben-Bogani, él y todos los que con él iban, la poca parte que eran para

resistir á los cristianos. Šalimos de aquellos barrancos y ellos se retiraron con poca honra, como ellos merecian, y los nuestros con mucho placer corrieron un jabalí y á lanzadas lo mataron. Este dia nos hizo muy claro, en el cual Nuestra Señora nos comenzó á dar las muestras de nuestra victoria; y porque no hay placer sin contera de pesar, pensando el Conde pasar aquella noche al rio de Tibida, que es paso trabajoso, donde se presumia hallar contradicion, mandó el Conde caminar el ejército, y á la salida de los barrancos, junto á un arroyo, llegamos á un pantano de tanto hondo, que pensamos todos perescer, así por el mucho lodo como por la escuridad de la noche, y de tal manera fué el daño, que se perdieron muchos bagajes y caballos y tiendas, y el Conde perdió mucho, que no se pudo remediar; y su Señoría mandó que dello no se hiciese caso, pensando aquella noche pasar el rio; y D. Martin de Córdoua perdió sus dos tiendas y sus cajas de medicinas y bastimentos. Fué el trabajo tan grande, que con la escuridad de la noche, en unos cerros, á la mano derecha del camino, en unos palmares, asentaron los moros su real, porque parecian las lumbres que tenian, de manera que con

la escuridad de la noche y el desbarato del pantano, muchos de los soldados pensaban que las lumbres de los moros eran las del ejército del Conde, y así enderezaban allá su camino. Teniendo desto el Conde aviso, usó de una providencia grande, y es que mandó sacar tres hachas encendidas, las cuales llevó el capitan Pedro de Valdelomar con otros dos caballeros á caballo. Fué éste muy gran remedio, porque digo de verdad, como testigo de vista, que si este remedio no se diera, el campo se perdia aquella noche, porque, así como la gente que iba al camino de los moros vieron la lumbre de las hachas, tomaron conocimiento que era la lumbre de los cristianos, y así vieron el camino, y aunque con demasiado trabajo, vinieron en salvamento. Fué muy loado este ardid de guerra y buen remedio que el Conde dió, y por ser gran rato de la noche y mucha la escuridad, determinó su Señoría que el campo parase, y así se hizo, que tomamos alojamiento en la ladera de una sierra, con harto trabajo, en la cual noche padecimos mucho y demasiado frio, porque en aquel lugar no hay leña ninguna, y si alguna lumbre hubo, fué que ponian los soldados fuego á las palmas.

No quiero dejar de decir una cosa tan memorada : que ciertos soldados, al pasar del lodo, á la prima noche, como el bagaje quedó muy dentro en el lodo , sin poderlo remediar, como en la verdad allí se quedaron, estos soldados tomaron ciertos barriles de pólvora, cada uno el suyo, y los llevaron donde el Conde estaba, que era harta poca distancia de camino. Mandó su Señoría darles á cada uno un doblon, y con tanta alegría como si nada hubiera perdido. Toda aquella noche no se entendió en otra cosa sino en darnos alarma, y allí tambien, por mucha y demasiada diligencia nos alancearon una centinela, y le cortaron las manos y cabeza. Esto sucede á los hombres que no hacen bien su oficio y lo que sus Capitanes les mandan.

CAPÍTULO XXV.

De la segunda batalla que dió el Conde á los moros en el rio de Tibida,

y cómo ordenó su ejército.

Luego, sábado, de mañana, á 3 del dicho mes, dia de Sant Blas, el muy ilustre señor Conde y Capitan general de África hizo tocar de mañana la trompeta para que el campo se levantase, y echar bando LOQ satambores a recoger í las bande... V os je dias ocho del dia, y

anudado o campo, supo su Señoría, por Ner& teera ve un noro que pasó á

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