Imágenes de página
PDF
ePub

fué la causa que no se juntó el Xeque con el Conde hasta llegados á Tremecen. Aquella noche se alojó el campo en el puntal de la Laguna; esta laguna es grande, que tiene nueve leguas en largo y dos en ancho, poco ménos. Tuvimos en este lugar mucha leña y buena agua. Otro dia, miércoles, bien de mañana, se levantó el campo deste lugar, y caminámos tres leguas hasta pasar el rio del Ziz, una legua más adelante de la casa del Morabito, y este dia nos siguieron muchos alárabes por la sierra, y caminaban con nosotros; y así lo hicieron todo el dia , dándonos muchas voces, mas no osaron llegar con gran pedazo á nosotros. Este dicho dia se quedó un soldado desmandado sin que nadie lo viese, estando mandado por su Señoría que ninguno se desmandase, y avisados que el alárabe no toma ningunoá vida, mas luego en tomándole le da la muerte; y así hicieron á este pecador, que, visto por ellos desde lo alto de la sierra como estaba sentado en una mata de lentisco, pasado el campo cuanto un tiro de ballesta, salieron á él dos caballeros y le cortaron la cabeza y la pusieron en una lanza, y así se fueron. Aquel dia los soldados mataron en casa del Morabito dos moros. Este dia fué muy trabajoso, porque todo aqueste dia nuestra compañía que dijesen lo que querian, y así se hizo, y los alárabes respondieron diciendo que qué les daria el Conde y serian en su favor y del rey Abaudila. Respondióselos que lo que se les podia dar á cada uno dellos era cien palos bien pegados, y así se quedaron corridos, á lo que yo creo, porque no se hizo caso dellos. Este dicho dia, á las tres horas de la tarde, en un cerro grande que se hace á la mano siniestra del camino que el ejército llevaba, paresció en lo alto del cerro una bandera roja, y con ella hasta 60 lanzas, y algunos escopeteros, asimismo á caballo. Yendo así por la falda del cerro adelante, D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, dijo al Conde: «Bien será que vuestra Señoría tome hoy el alojamiento temprano, porque anoche pasó la gente mucho trabajo y muy mala noche, como vuestra Señoría sabe y á la clara vió. » El Conde respondió: «Echemos primero estos moros que parescen en este cerro con aquella bandera, y á la otra parte del nos alojaremos, porque me dicen los adalides que de esa otra banda del cerro hay buen recaudo de agua y leña. Y dicho esto, el Conde pasó adelante á requerir la gente; y como el Conde se fué de allí, D. Martin de Cór. doua dijo á D. Juan de la Cueva, y á Diego Ponce de Leon, y al capitan Alonso Fernandez de Montemayor, y á Juan Ponce, hijos del dicho Diego Ponce, y á D. Hierónimo de Córdoua, hijo del dicho Don Martin de Córdoua, y á otros algunos es. cuderos de los que allí iban: «El Conde me ha dicho que, echados estos moros de aquí, nos alojaremos desotra parte del cerro donde ellos están; tomemos nosotros la mano y hagámoslo, porque en ello no podemos sino ganar honra; y echados los moros del cerro tomaremos nosotros la posesion del alojamiento, asi para nosotros como para todo nuestro ejército.» Algunos de aquellos caballeros se rehusaban, diciendo que el Conde es muy vigilante destos negocios, y trae muy castigada su gente; á las cuales razones Don Martin de Córdoua les respondió: «No se deje en ninguna manera esto de hacer, porque si el Conde hubiere algun enojo ó cuestion, conmigo ha de ser, porque donde vuestras mercedes van no va hombre que desórden ninguno haga.» Oido esto, aquellos caballeros ya dichos, tomaron las armaduras de cabeza y adargas, y así, al más correr de sus caballos, arremetieron al cerro á la parte donde los moros estaban; los cuales, visto con el ánimo que los cristianos arremetieron, volvieron, sin

[graphic]

resistencia ninguna, las espaldas. Como el Conde alzó los ojos volviendo al puesto donde primero estaba, el cual venia, como ya dijimos, de visitar y recoger el ejército, mandó tocar la trompeta con la señal que se hace para parar, y á esta señal el dicho D. Martin de Córdoua y los que con él iban, no pararon, siguiendo su victoria. Como vió el Conde que no paraban, arremetió con su caballo rucio, y aunque poderoso, por respecto que la tierra estaba muy llovida con las muchas aguas que ya habemos dicho, cayó el caballo con el Conde, y áun caida peligrosa, porque diria yo que vi el caballo vuelto arriba y al Conde con trabajo. Fué grande el escándalo que todos tomamos, y cada uno iba al más correr de su caballo á ver qué le habia sucedido en la caida, teniéndolo á mala dicha; mas plugo á Nuestro Señor y á la Virgen, Nuestra Señora, de quien su Señoría es devoto, que no desampara á los que van en su servicio, que vimos levantar al Conde sin lision ni pasion ninguna; y á la grita que la gente dió cuando vieron al Conde en el suelo, volvieron algunos destos caballeros del cerro la cabeza, y vieron que era el Conde, y así se dieron aviso los unos á los otros y pa. raron.

« AnteriorContinuar »