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na, nos levantamos con todo el campo, el cual iba tan lucido que era cosa de mirar, como si ningun trabajo hubiera pasado, y la gente de caballo muy lucida.

CAPÍTULO XXII.

De los primeros moros de guerra que vimos, y del parlamento que el Conde hizo

á los caballeros cuando los vió.

Pues yendo así, vieron una banderilla blanca de alárabes de la tierra, con la cual venia el xeque Bulacaraz, con 200 lanzas de alárabes de la tierra, la cual viendo el muy ilustre señor Conde, mandó poner la gente de caballo muy en órden en una ala muy grande , y el Conde llegó, en mi presencia, y les dijo lo que dijo Aníbal el Africano, Capitan general de los Cartagineses, hijo de Amílcar, á la pasada de los Alpes á todo su ejército, yendo contra los Romanos: «Caballeros, mirad

que nunca en el lugar que estais llegaron cristianos con la honra que traeis; ruégoos que no se pierda por vosotros lo que con tanto trabajo habemos ganado.» Aquellos caballeros, con grande ánimo se aderezaron , to

mando adargas y lanzas en sus manos, no viendo la hora de llegar. El Conde llevaba su lanza en la mano, con sus armas secretas. Llegó á reconocerlos 'un moro de nuestra compañía, y estuvo todo el campo esperando, que segun paresció, era el Xeque ya dicho. Sabido por el xeque Guirref, como el Conde era salido de Orán con su ejército la vía de Tremecen, parescióle ser mal hecho no haber cumplido la palabra y concierto que con D. Alonso de Córdoua tenia hecho; con los otros Xeques ya dichos, acordó enviar un mensajero al Conde con sus cartas para volver de nuevo á aliarse y confederarse con el Conde, y este mensajero era un judío, que habia nombre el Murciano, el cual dicho judío se juntó con el Conde para hacerle su embajada en el puntal de la laguna que adelante diremos. El Conde le recibió muy alegremente, y hubo por bien el amistad de dicho Xeque; y en el concierto quedó que el xeque Guirref saliese á juntarse con el ejército de los cristianos á la casa del Morabito. Volviendo con la respuesta al Xeque, del Conde, topó el dicho judío con Bulacaraz, el moro ya dicho, y sabidos los tratos de Guirref con el Conde, y que este judío era el que contrataba entre ambos, á lanzadas le mató; y esta

fué la causa que no se juntó el Xeque con el Conde hasta llegados á Tremecen. Aquella noche se alojó el campo en el puntal de la Laguna; esta laguna es grande, que tiene nueve leguas en largo y dos en ancho, poco ménos. Tuvimos en este lugar mucha leña y buena agua. Otro dia, miércoles, bien de mañana, se levantó el campo deste lugar, y caminamos tres leguas hasta pasar el rio del Ziz, una legua más adelante de la casa del Morabito, y este dia nos siguieron muchos alárabes por la sierra, y caminaban con nosotros; y así lo hicieron todo el dia, dándonos muchas voces, mas no osaron llegar con gran pedazoá nosotros. Este dicho dia se quedó un soldado desmandado sin que nadie lo viese, estando mandado por su Señoría que ninguno se desmandase, y avisados que el alárabe no toma ningunoá vida, mas luégo en tomándole le da la muerte; y así hicieron á este pecador, que, visto por ellos desde lo alto de la sierra como estaba sentado en una mata de lentisco, pasado el campo cuanto un tiro de ballesta, salieron á él dos caballeros y le cortaron la cabeza y la pusieron en una lanza , y así se fueron. Aquel dia los soldados mataron en casa del Morabito dos moros. Este dia fué muy trabajoso, porque todo aqueste dia

y la noche nos llovió mucho, y con todo esto muy alegres.

CAPÍTULO XXIII.

De lo que el Conde envió á decir á los galanes de Meliona, y de la caida que

el caballo del Conde dió con él.

Jueves, primero dia de Febrero del dicho año, y vigilia de Nuestra Señora Candelaria, salimos del alojamiento ya dicho, algo tarde, porque mandó el muy ilustre señor Conde echar bando que se limpiasen los arcabuces, por respecto del agua pasada. Era aquel lugar desierto, como todos los otros alojamientos, porque ningun poblado hay desde Orán á Tremecen. Caminó el campo aquel dia, que era gloria mirar la orden con que iban, mojados, descalzos y alegres con todo esto, como si fueran á bodas. Luégo que fué el dia, vimos los alárabes que venian, muy galanes con tres banderas, por lo alto de la sierra, y serian hasta 200 lanzas, con sus capellares de grana y alquinceles blancos, dando muchas voces, haciendo grandes algaras. El Conde les envió dos moros de

nuestra compañía que dijesen lo que querian, y así se hizo, y los alárabes respondieron diciendo que qué les daria el Conde y serian en su favor y del rey Abaudila. Respondióselos que lo que se les podia dar á cada uno dellos era cien palos bien pegados, y así se quedaron corridos, á lo que yo creo, porque no se hizo caso dellos. Este dicho dia, á las tres horas de la tarde, en un cerro grande que se hace á la mano siniestra del camino

que el ejército llevaba, paresció en lo alto del cerro una bandera roja, y con ella hasta 60 lanzas, y algunos escopeteros, asimismo á caballo. Yendo así por la falda del cerro adelante, D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, dijo al Conde: «Bien será que vuestra Señoría tome hoy el alojamiento temprano, porque anoche pasó la gente mucho trabajo y muy mala noche, como vuestra Señoría sabe y á la clara vió. » El Conde respondió: «Echemos primero estos moros que parescen en este cerro con aquella bandera, y á la otra parte del nos alojaremos, porque me dicen los adalides que de esa otra banda del cerro hay buen recaudo de agua y leña.» Y dicho esto, el Conde pasó adelante á requerir la gente; y como el Conde se fué de allí, D. Martin de Cór. doua dijo á D. Juan de la Cueva, y á Diego

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