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Isla, porque un mal cristiano le dijo que hombres á nado venian de Orán con aviso de todo, y asimismo lo llevaban, que ocupándola no habria lugar de saberse lo que pasaba. Entonces hizo el Rey que allí entrasen 600 turcos para que nadie pasase de un cabo al otro, cosa muy dañosa para nosotros, porque nos consolaban con lo que nos decian que seríamos socorridos. Pero aunque esto así pasaba, nuestro Capitan nos daba tanto ánimo, que nos parecia que á otros tantos no temeríamos. En todo este tiempo los turcos no pararon de batir un momento, y fué de manera que no quedó de alto una vara de medir, porque con la tierra que caia de la muralla se hizo un escarpe por donde subian muy llano, aunque Don Martin tenia detras un hondo foso y una muralla con sus traveses muy bien hecha, de tal manera, que quien entrase era casi imposible escapar. El Rey envió á reconocer cómo estaba lo batido, y fué á ello un gran soldado genízaro, y como llegó y vió lo que habia dijo: «canes, ¿esto teneis hecho?» y en aquel punto le dieron un arcabuzazo que cayó abajo, y asimismo otro que con él fué al mismo efecto, y entonces mandó á su armada se llegase y asimismo batiese por do dicen la mar loca

y echóse bando que todos se apercibiesen para el asalto y llevasen todos los pertrechos necesarios para él, diciéndoles que él queria ir con ellos para ver qué hacian y conocer á los esforzados; y así, salió delante de todos ellos sin ser parte nadie para detenerlo. D. Martin, como vió tancha machina se puso á la defensa, como buen caballero, echándoles gran cantidad de fuegos artificiales, con que quemaban muchos de los que subian, y con los arcabuceros matando tantos, que era espanto, cosa para tener lástima, si lo mereciera gente tan bárbara, porque los animaba mucho ver su Rey delante dellos en peligro conocido, pues mataron á algunos junto a su persona; y con todo esto cerraron con tanta furia, que pasaban por cima de los muertos, haciéndole no poco estorbo á los que llegaban. Mas los fortísimos y excelentes soldados, con su buen Capitan, hacian en la defensa maravillas con los botafuegos, y otros con granadas de alquitran, y era de tal suerte esto, que parecia arderse todo en terribles llamas; y los que estaban en los traveses de la muralla que se hizo de nuevo, mataban tantos, que el foso estaba lleno dellos, y sin mostrar flaqueza arremetian de nuevo con tanta grita que era espanto, aunque no se espantaban los que estaban á la defensa. Duró este combate tres horas y áun más, y alcabo mataron á dos turcos junto al Rey que lo guardaban, y túvose por desgracia no dalle a él, que andaba con una cimitarra por medio de su gente animándolos á que entrasen, diciéndoles, segun despues se supo: «¡Cobardes! ¿de quién huis? esta cobardía es más que yo pudiera imaginar, y que si yo lo supiera no os trujera á esta empresa, aunque es tan pequeña. » Y entonces llegaron a él dos turcos muy bien aderezados, á quien tiraron los arcabuceros, y entrambos los derribaron juntos; y aunque los vió caer, no se mudó de donde estaba ni quiso apartarse del lugar adonde no paraban los tiros del artillería ni los diestros arca-, buceros, con una priesa que parecia salva muy concertada: miró á su gente entonces y apenas vió sanos á algunos, que ya todos los más estaban tendidos, los unos muertos, y otros mal heridos de grandes heridas, y conociendo el daño tan grande que habian rescebido, mandó que se tocase á retirar, cosa que deseaban mucho los que lo podian hacer; y así se hizo con mucha presteza, más que convenia, dejando a los que estaban junto á lo batido; y para retirarlos, envió el Rey á

un turco muy gallardo que los retirase, y en llegando le dieron un arcabuzazo que cayó allí, aunque no muerto, segun pareció por lo que dijo un renegado que vino con un mensaje del Rey á D. Martin , pidiéndole lo dejase retirar, al cual se le respondió que lo llevase, y á los demas tambien, y que le dijesen al Rey que si porfiaba en la empresa, que no volveria á Argel ni nadie de los que con él vinieron. Este mensaje se le dijo en sus tiendas delante de los más famosos genízaros, los cuales todos dijeron que era verdad, y que si socorro venia como se tenia por nueva, que no volveria hombre á Turquía. En estos dias llegaron á Cartagena las galeras de Italia, y D. Francisco de Mendoza, General para este socorro, ordenó que D. Francisco de Córdoba, hermano del Conde de Alcaudete y de D. Martin, tomase ocho galeras y con ellas llegase á la playa de Orán para tomar los navios que allí estaban en el paso de Orán, el cual fué con una presteza increible, y decia que llegando cerca, viendo los navíos que salian de la punta, que tuvo gran temor que pensó estábamos perdidos. Y en aquel punto vió encender una pieza del bastion que sale á la isla, que llaman de los Ginoveses, y entonces, con gran ale

gría hizo que bogasen los forzados para llegar ántes que zabordasen en tierra. Los turcos se dieron tan buena maña, que sacaron sus soldados y los desembarcaron en la playa, y pusieron fuego á sus navíos con mucha priesa, porque el Conde, habiendo-visto á las galeras , salió por la falda de la sierra con toda su infantería y caballos, y llegó muy cerca de los enemigos. D. Francisco de Córdoba retiró las galeras, porque no recibiese daño su hermano, que con su favor habia llegádose mucho. D. Francisco de Mendoza arribó sobre el cabo de Falcon; más adelante de Mazalquivir dió cara á los navíos que allí estaban, aunque no los pudo tomar, y así volvió las proas para entrar en el puerto adonde ya el Conde de Alcaudete habia llegado. Y fué cosa muy de ver lo que todos aquellos caballeros cortesanos hacian con todos los soldados, y con Don Martin, porque, cierto, parecíamos carboneros, y tan desemejados, que se conocian muy bien entre los demas que vinieron. Juan Andrea Doria quiso muy en particular ver lo batido, y decia que á caballo se podia entrar y que le parecia imposible haberse defendido, que sin duda eran los mejores soldados que habia en el mundo, pues en batería tan llana la ha.

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