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gran cuidado en las rondas y en las provisiones y reparos. Metieron las pelotas que habian tirado, y hallaron unas de grandeza admirable, que pesaban 85 libras cada pelota, cosa terrible, y cuando se tiraban estas piezas temblaba todo el lugar. Despues desto se tuvo otra guerra más peligrosa, que fué con la peste, y fué tanta, que morian en gran cantidad; y el Conde proveyó en aquello, que fué salirse al campo en tiendas y habitar todo, el tiempo que esto pasaba, mudando sitios, con tanto trabajo, que no se puede imaginar lo que se pasó, hasta que fué Dios servido de alzar la mano de su castigo; y cuando esto estuvo aplacado entró en el lugar para venirse á España: hizo á todos los criados que tenia vestir de angeo nuevo y camisas, y dejar allí su ropa que traian. Y en llegando á España, sin llegar á lugar poblado se estuvo en tiendas hasta que hicieron de vestir á sus criados, y despues hizo dejar allí los vestidos que traian, y así fué á su casa. Yo le oí decir muchas veces que más trabajo habia pasado en esto que no en el cerco; y créolo, que fué terribilísimo.

Guzman. Cierto, debió ser más eso, pues lo uno era guerra con los hombres y lo otro con ira de Dios.

Navarrete. Si lo viérades mejor lo dijérades; y yo os prometo que no oso pensar lo que habia, que se venian todos á morir en una casa sin haber quien los enterrase, cosa de grandísima compasion; yo me salí fuera con el Conde, y así me vine entonces con él.

Mendoza. ¿Hallastes os en la Corte cuando allá llegó? Decidnos, ¿qué pasó allí? porque dicen muchas cosas.

Navarrete. Allí estuve, que, como digo, no lo dejé: lo que fué del recibimiento tan grande no hay para qué tratar, sólo diré lo que pasó á la entrada de palacio con el Condestable, que fué desta manera: A la salida de palacio encontró con el Condestable y con el Almirante, que salian de besar las manos á la Princesa de Portugal, que gobernaba el reino; y como se vieron, cada cual llegó con grandísimo acatamiento, diciéndose muchas cosas, y pasando grandes cortesías; y sabido adonde iba, volvieron con él á la cámara de la Princesa y entraron juntos allá. Y Su Alteza, por la orden del Emperador que estaba en Yuste, lo trató muy bien, y decian que lo mandó cubrir; fué de manera el trato, que el Conde salió muy contento, y asimismo aquellos señores; y todos tres salieron á la sala adonde habia muchos

caballeros, y todos los que en ella estaban quedaron muy agradados de su postura y parecer, que su dispusicion y gravedad de rostro era de manera que hacia que le tuviesen respeto los que no lo conocian. Estuvo allí algunos dias con muy gran nombre, hasta que se vino a su casa con aquellos despachos para Mostagan: hízose aquella gente y embarcóse en Cartagena, y sucedió lo que sabeis, que no hay para que tratar dello.

Mendoza. He oido decir fué muy cul.. pado en la jornada, y por eso no quereis tratar de ella.

Navarrete. No lo dejaba sino por no tornar á la memoria cosa tan triste; pero por desengañaros tornaré á la prática y fué así: Que como el Conde llegó á Orán, un Gonzalo Fernandez engañó al Conde diciendo que los alárabes lo deseaban, y le ayudarian á tomar la tierra, y otras cosas deste jaez. Que como hombre tan prático y lengua, le dijo que seria muy bien ir á una provincia que se llama Tacela y á Guardaz, que es el riñon del reino, que desde allí haria sus negocios; esto fué la causa de su perdicion, que salido allí, los alárabes no vinieran; tuvo lugar el rey de Argel de venir á juntar todo el reino y la gente de Tremecen. En estos dias se comieron los bastimentos que tenian y sin hacer nada. Conocido esto por el Conde y que lo que los alárabes decian era mentira y entretener, determinó ir sobre Mostagan, y así por la obra se puso. Llegando allí, otro dia llegó el rey de Argel con 8.000 hombres práticos, y con grandísima cantidad de peones moros y con muy buena caballería, que pasaban de 10.000 caballos, y con este ejército se presentó á vista nuestra. El Conde, como los vió, envió a su hijo D. Martin con los caballos y 4.000 hombres á que escaramuzasen con ellos y provocase á batalla. En llegando D. Martin hácia ellos, se le fueron retirando con más priesa que era justo; estándolos mirando el Conde, volvió á los que cerca allí estaban y dijo: «No la quieren, pues a la mañana se la daremos aunque no quieran.» Y así se entró en su tienda. Los Capitanes que habian quedado en el campo, fueron a la tienda del Con. de y le hicieron un parlamento; y en resolucion, fué que se retirasen que eran muchos moros, y esto con más libertad que era razon, que parecia ellos gobernar y no ser gobernados. Y así volvió á Miguel de Antillon, su camarero, y le dijo: «¿Qué es esto, que me quieren quitar la victoria que tengo ganada?» Y esto dijo con tanta pena, que parescia quererse morir, y templose y dijo: «Agora vendrá mi hijo, y con él se tratará lo que en esto se debe hacer.» Y con esto se fueron los Capitanes. Una cosa no puedo negar, y es que el Conde tuvo aquí gran culpa; y si él hiciera una cosa sola (á mi juicio, no tan solamente no se perdiera, pero hiciera el mejor y mayor hecho que nadie hizo.

Mendoza. ¿Qué habia de hacer para reparar tanto daño como sucedió?

Navarrete. Yo os lo diré para que lo entendais: ya os dije que fueron los Capitanes con más esempcion que convenia, casi mandando y no suplicando. Lo que el Conde habia de hacer es, que despues de idos á sus alojamientos habia de enviar á llamar á cada uno de por sí, y comenzando por los que parecian más culpados los habia de mandar descabezar, y despues de hecho, habia de llamar á los soldados y mostrárselos degollados, y decir por qué lo hizo; y elegir otros Capitanes luégo; y con esto apaciguara el alboroto y desvergüenza. Esto dicen que dijo Juan de Vega, el Presidente, que era una de las mejores cabezas de España y de mejor juicio: ésta es la culpa que se puede poner desta jornada, y no fué poca. El Con

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