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ros en diferentes dias, que no fué en un dia, y entrambos los mató, tan apartado de la gente, que sólo Dios y su destreza le valió; y así, el Conde le hacia tanta merced que era cosa de espanto, porque cuando esto pasaba áun no tenia barbas. Y yo os prometo, como cristiano, que no digo esto por el amistad que le tengo, sino por decir verdad, como quien lo vió, y hay tantos testigos como hay hombres buenos, y son muchos los que en aquellos dias se hallaron en todas estas refriegas. Estuvimos algunos dias sin hacer nada, que los moros se apartaban; tras estos dias se salió á hacer una cabalgada y erróse el tiro, y el Conde fué á la corte á besar las manos al rey de Bohemia, que entonces gobernaba en Valladolid, y de ahí á Flandes al Emperador, que en aquel tiempo pretendia las galeras de España. Quedó D. Martin en Orán, y comenzaron ciertos chismes entre él y Diego Ponce de Leon, de manera que empezaron á llevarse mal, por ser Diego Ponce teniente del Conde, y D. Martin queria ser el todo; y así, se mordian, cosa que estaba mal á todos. En este tiempo hizo D. Martin muchas cabalgadas, y entre ellas una, la mejor y más gustosa que pudo ser, y fué: que por Santiago le llegó un aviso que por allí cerca habian de pasar ciertos moros con camellos cargados de sal, que estaban en las salinas, y como tuvo el aviso, envió al aposento de Martin Alonso á llamarlo, que seria á media noche, y le dijo lo que pasaba; y ambos, juntos, con un paje, salieron de palacio y fueron á casa de Gonzalo Fernandez, que era lengua para informarse bien de lo que la espía decia. Y de allí salió Martin Alonso y dió aviso á su hermano Juan Ponce, y juntos, comenzaron á apercibir la gente de casa en casa, y dos horas antes de amanecer salimos con muy poca gente, y fuimos á más andar á meternos en una celada ántes que fuese de dia, y con todo, no se pudo hacer, que bien salido el sol se llegó á la celada, y dejó D. Martin con Juan Ponce la gente, y él y Martin Alonso estuvieron en atalaya á ver si los moros parescian, y desde á buen rato parescieron y se vinieron llegando adonde estábamos; y D. Martin envió á Martin Alonso para que diese el órden que él le mandó; y fué: que Juan Ponce, su hermano, con 20 caballos, fuese hacia el Levante á tomar las espaldas á los moros, y su Alférez de Martin Alonso, que se decia Iñigo de la Tobilla, un hidalgo de Alcaudete, saliese con otros 10 caballos; D. Martin y Martin Alonso, con el resto de caballos y con toda la infantería, diesen en medio de los moros, que serian más de 500 camellos y 400 moros, todos á pié, si no fueron dos de á caballo, que el uno era la espía que habia hecho pasar los moros allí, para que los hallásemos todos juntos. Con esta órden salimos á ellos, y yo iba con Don Martin, y en bajando de un recuesto que bajamos, dió Martin Alonso en los moros que ya estaban apiñados, y con propósito de pelear, y apartáronse D. Martin por una parte y Martin Alonso por la otra, y andaba dando voces que no matásemos hombre, porque los que matasemos perderíamos, y con esto no habia hombre que matase moro: los moros creyeron que no osábamos, y andaban muy gallardos. Con esto habíannos herido un caballo, y ellos juntos todos: en este tiempo pasó, de donde estaba D. Martin á donde andaba Martin Alonso, un caballero Capitan, que se llamaba Luis Alvarez de Sotomayor; fué ventura no matarlo de una lanzada que le dieron; allegó donde Martin Alonso andaba, y díjole: «Señor, si no mandais matar a todos nos matarán primero que llegue la infantería.» Oido esto por Martin Alonso, nos hizo á todos juntos arremeter y dijo: «¡Sanctiago, caballeros, y cada uno saque el suyo!» Y así arremetimos con tal ímpetu, como sale la jara de la ballesta, y así dió en ellos, y llamóme que le acompañase, y él y yo entramos por los moros. Él puso los ojos en un moro que capitaneaba, y embistióle tan apriesa que él no tuvo lugar de apartarse mucho, y de paso le dió una lanzada con el filo del hierro que le cortó todo el molledo del brazo; los otros derribaron otros moros, y en pasando por ellos dió la vuelta y todos tras él, y arremetió á otro moro que parescia más valiente; y así lo mostró, que como lo vió ir á él hizo hincapié para tirarle la lanza: Martin Alonso entonces se dió más priesa á llegar. Visto esto por el moro, volvió á huir á tiempo que llegaba á él, y como lo halló de espaldas, dióle una lanzada por medio dellas que le salió una braza de lanza por los pechos, y con la furia que llevaba, pasó por él y llevóselo arrastrando; como no pudo sacar la lanza dejóla y puso mano á su espada, revolviendo sobre ellos á tiempo que llegaba la infantería nuestra, y porque no los matasen anduvo corriendo á todas partes defendiéndolos que no se matasen más, si no fué á uno que dió una cuchillada á un soldado: murieron de los moros 70 ú 80; prendiéronse 270. Don

de D. Martin y Juan Ponce anduvieron no se peleó, por ser pocos, y rindiéronse sin golpe de espada; solo adonde Martin Alonso anduvo se peleó, que no nos holgamos poco. Volvimos á Orán á medio dia, habiendo hecho la mayor jornada y de más gusto que se habia hecho.

Mendoza. Vos teneis razon, que donde habia tanta sal por fuerza habia de ser gustosa.

Navarrete. De ella me cupo más parte que de otras, y así fué para mí muy gustosa; despues desto, D. Martin tomó otras cabalgadas y fué muy aprovechado en ellas; y en un reencuentro tomó al alcaide de Tremecen, que el rey de Argel alli tenia, y ciertas banderas, cosa bien honrosa, y por ser casual no doy della cuenta más en particular. El Conde volvió de Flandes y fué á Orán, adonde estuvo hasta que el rey de Argel vino sobre él, que fué una brava cosa, y fué así: que despues que tomó á Buxia determinó, pareciéndole fácil, tomar á Orán; fué sobre él, y para ello envió por 40 galeras á Turquía, que con su armada eran bastantes para el efecto; hizo paces con el rey del Cuco, que es su comarcano, casándose con una hija suya para que le ayudase con su ejército; asi se comenzó á dar la

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