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mo se arrolló la veleta al hierro no pudo salir, y entonces, trocó la lanza á la mano izquierda, y le dió una cuchillada que le cortó el brazo, y el moro cayó; y él quiso ir adelante, porque le iban a dar por las espaldas; y como el moro estaba caido, quebró su lanza, quedando con el tronco no más; y desto quedó tan enojado, que sin parar con nosotros arremetió á unos que salian del aduar, y dió á uno tan terrible cuchillada, que con ser el espada bien ancha, le sacó en una mella que arriba tenia los sesos, y el moro cayó como si le diera una pieza de artillería. En este tiempo comenzó á amanecer, y parámonos á ver la cuchillada, y decian todos que con una hacha en un tajo no podia ser mayor cuchillada. Tomáronse muchos moros y algun ganado, y al toque de las trompetas nos volvimos á retirar, sin haber perdido ni herido un hombre de los nuestros; y á la mañana nos alcanzaron como 400 caballos, y escaramuzaron con nosotros, aunque el escaramuza fué de valde; y así se volvieron ellos á sus tiendas, y nosotros fuimos nuestro viaje camino de Orán, sin topar un moro llegamos adonde se partió la cabalgada, que lo habíamos bien menester, porque habia dias que no tocábamos dinero y asi pasábamos; y un dia, entre otros, los moros vinieron á correr la tierra por hacer algun daño, como tienen de costumbre, vinieron una buena cantidad de caballeros, y entráronse en una celada que se llama la Rambla de los Arabes. Aquel dia habia salido á comer el ganado al sitio de las Piletas, encima de la fuente de donde es el rio que por allí pasa, y con él salió una bandera de las ordinarias, que parecia bastaba para guardia.

Mendoza. ¿Pues la gente de guerra sale á guardar el ganado?

Navarrete. Todos los dias salen á guardarlo porque no les hagan daño los alárabes, gente que no pierde ocasion; así vinieron aquel dia, y de los que estaban emboscados salió una banda dellos, cantidad de 50, quedando los otros encubiertos para ver lo que sucediese; y como salieron corriendo al campo, una torre que se llama de los Santos, que está fuera de la ciudad, repicó una campana, que es señal de lo que en el campo hay, y luégo responden otras campanas del Alcazaba (que es la fortaleza) y de otra que llaman Razaelcázar, y al repicar de las campanas se sale al rebato y allí se sabe adonde han parecido los moros. El Conde salió con toda su gente á socorrer la que estaba fuera (como digo guardando el ganado); llegado allí, como le dijeron que eran pocos los moros, no hizo caso dellos y queria volverse porque hacia un viento de Poniente muy récio. Estando en esto, los moros que estaban encubiertos salieron de la celada , y serian como 200 ó 300 caballeros en órden, algunos dellos comenzaron á irse hácia la ciudad, y estos serian 10 ó 12. Como los vió ir Diego Ponce de Leon, dijo al Conde: «Señor, aquellos caballeros deben de ir á hacer algun daño á los que salieron tarde, y será bien socorrellos.» El Conde dijo que saliese él con algunos caballos á hacello; así comenzó á salir y con él su hijo Martin Alonso, que habia salido al rebato en calzas y en jubon con un capellar por guardarse del aire, y como vido aquello, tomó el adarga á un escudero de los de su compañía, que se llamaba Pero Hernandez de Guzman, músico. En saliendo de los estandartes, como un tiro de piedra, los moros revolvieron hacia los cristianos, y uno dellos, á quien todos conoscíamos, muy famoso, que se llamaba Daho, se adelantó en un caballo bayo muy ligero; y él, vestido con una ropa de grana, á su usanza, y una adarga, y una lanza con una veleta amarilla muy grande, con unas borlas de carmesí, que yo ví muchas veces, y la tiene Martin Alonso; y como Martin Alonso lo vió muy apartado de los suyos, como una carrera de caballo, arremetió á él; y el moro, como lo vió adelantarse, dió más priesa á su caballo por encontrallo apartado de su caballería, que vendria como cien pasos atras, y como el uno iba hacia el otro presto se toparon; y el moro tiróle la lanza antes de llegar ménos de diez pasos, á fin de dalle y salirse ántes que Martin Alonso lo encontrase. Quiso Dios que, como el viento era tan récio y la lanza llevaba veleta, y muy grande, púdose apoderar della el viento y torcióla; así estorbó que no le diese aunque se la tiró tan cerca, que sin duda lo matara, si le acertara, por ir desarmado; á Martin Alonso le sucedió mejor, porque como iba á pasar el moro, le dió una lanzada en la hijada del caballo que le pasó de la otra parte dos brazas de lanza, y así pasó el uno por el otro; el moro probó á sacar la lanza de su caballo sin que el caballo del moro cayese ni hiciese más sentimiento, que si no estuviese herido; mas como vió que Martin Alonso volvia con la espada en la mano, él sacó tambien su alfanje al tiempo que ya Martin Alonso llegaba, y dióle una cuchillada en el hombro dere

cho que le hizo caer el alfanje de la mano, y luégo le dió otra cuchillada en la cabeza que dió con él del caballo abajo.

Guzman. Cierto, eso fué muy buena suerte, y de ventura no acertar el tiro de la lanza del moro.

Navarrete. Fuélo tanto, que no puede ser más, y por ser a la vista de los moros y cristianos fué muy estimada; y diréos una cosa muy de reir: que como Martin Alonso arremetió á el moro, los que iban tras él pusieron los ojos en lo que pasaba, de manera que no miraron por dónde iban, y en el camino estaba una calera vieja, y el que iba delante cayó dentro y otros cuatro tras dél encima, que le mataron el caballo.

Mendoza. Donosa cosa fué esa, no estaria contento el que le mataron el caballo.

Navarrete. Si él no lo estaba estábamoslo nosotros, porque aquel moro aquella semana habia muerto dos cristianos en los majuelos encima de la ciudad, y así, todos se alegraron y alabaron mucho á Martin Alonso, por no haber alzado la adarga á la lanza del moro, y si la alzara, se. le iba sin dalle. Fué esto muy estimado, por haber en otros quince dias halládose mano a mano con dos caballe

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