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Guznian. Es todo tan poco que yo asiguro eso.

Mendoza. No sé como puedo yo decir poco, pues lo que está aquí basta para muchos más hombres y con más hambre que los que aquí estamos; de mí os sé decir que aunque todo está muy bueno, no tengo de comer más desto, porque no me haga mal comer tanto.

Navarrete. Ni yo no comeré, que aun no he gastado la comida de hoy, que fué, como vistes, tan larga.

Guzman. Dejaos de eso y comed, que no es tanto como pensais, que más es el ruido que las nueces, como dicen.

Mendoza. Todavía porfiais que comamos; por amor de Dios que no traigan más, sino que nos levantemos de aquí, que no se puede sufrir esto.

Navarrete. ¡Oh, qué bien habeis dicho! vamonos á la fuente á pasearnos por aquel anden que está muy lindo y fresco, que allí haremos hora de dormir.

Mendoza. Vamos en hora buena.

Guzman. ¿Pensábades iros sin mí? allá voy yo tambien.

Navarrete. Sea en hora buena, venid, que bien hay lugar para todos tres en el paseo, y haremos algun ejercicio para gastar lo que nos habeis dado de comer.

Mendoza. Hermosísimo está esto y bien labrado, bien parece que sois curioso.

Guaman. Pues id más adelante á ver el corredor y las piezas que hay allí , que no os desagradarán.

Mendoza. ¡Oh, qué linda cosa y fresca son estas pinturas que ahora se usan al fresco! Por cierto que no diré he visto tal cosa; y pues me habeis aquí traido, os quiero pedir me hagan aquí mi cama.

Guzman. Ya eso está hecho, veisla allí en aquella alcoba que para vos se hizo allí, y al otro cabo para el Señor Navarrete. Y pues estais aquí no salgais, sino quedaos con Dios hasta la mañana que os venga á despertar, para que goceis de lo fresco de las flores.

Mendoza. Sea como mandáredes, que en todo os obedeceremos el Sr. Navarrete y yo.

Guzman. Pues á Dios quedeis.
Mendoza. El vaya con vos.

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DIÁLOGO TERCERO

de los mismos.

Mendoza. ¿Sr. Navarrete dormís?

Navarrete. No duermo, antes ha gran rato que estoy despierto, que me despertó el canto de un ruiseñor, que en mi vida he gustado tanto de tal cosa.

Mendoza. Yo tambien lo he oido; pero torneme á dormir con su canto, y esto poco me parece me fué de más provecho que todo lo de esta noche.

Guzman. No pensé que érades tan madrugadores como yo, y parece que habeis pasado mala noche, ¿cómo os ha ido?

Mendoza. Por cierto, bien, y de mí os sé decir que no he despertado hasta esta mañana que al canto de un ruiseñor que pareció vos le mandastes poner en aquella rama cerca de esta ventana desperté; pero tornéme á dormir; y el Sr. Navarrete tambien lo oyó, sino que lo estuvo escuchando hasta ahora muy contento.

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Guzman. Huelgo mucho de que el ruiseñor hiciese lo que yo le mandé.

Navarrete. No lo digais burlando, que segun os tengo por curioso, creo que teneis como domésticos los ruiseñores desta huerta.

Guzman. Dejemos de eso y salid acá, y iremos con lo fresco por esta huerta.

Mendoza. Plácenos , en un punto seremos vestidos, aguárdanos en el anden.

Navarrete. ¿Pareceos, señor, que me he dado priesa á salir?

Guzman. Sois vos muy diligente, yo siguro no salga tan presto el Sr. Mendoza, que es más reposado.

Mendoza. ¿Qué decís de mi?

Guzman. Decia que no saldríades vos tan presto por acá, por ser más reposado.

Mendoza. Bien sé darme priesa cuando hay necesidad de que me la dé, y cuando no, soy espacioso.

Navarrete. ¡Qué fresca que está esta agua y que linda, no me querria quitar de aquí, sino á la morisca estarme lavando!

Gupnan. Vamos por aquí un rato, que tiempo habrá para todo, que aquí comeremos, pues os parece buena estancia.

Mendoza. Es tan buena, que no sé yo dónde la haya mejor, aunque estamos en parte que todo es mejor, y á mi parecer se habia de ver esto en muchos dias, parando en cada cosa muy de espacio: decid, ¿qué jardinero teneis que tantas cosas veo aquí buenas? por cierto son de manera que no hay más que desear.

Guzman. Un valenciano pasó por aquí y lo detuve un año, y él lo dejó tan bueno como lo veis, entrad por ese anden y os holgareis.

Mendoza. ¿Es algun laberinto?

Navarrete. Es muy linda la entrada, y si es tal de dentro, será bien parar aquí.

Mendoza. Entrad y vereis lindísimas flores, diferentísimas y de gran olor.

Navarrete. Vos teneis gran razon, y, cierto, no he visto en mi vida tantas ni tan diferentes, ¿de dónde vinieron tantas?

Guzman. De Aranjuez me las trujeron todas las que veis, de las que el Rey tiene allí.

Mendoza. Por cierto son hermosísimas y extrañas.

Navarrete. Aquí está escondido esto; no pasaré de aquí, que no puede haber tan deleitoso lugar en este jardin. ¿Habeis visto Sr. Mendoza más fresca cosa? por cierto, en cuantas he visto no he visto otra que á ésta llegue.

Guzman. Creo lo haceis por lisonjearme, y que no os parece tan bien como eso.

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