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dian todos. Como la galera áun no habia echado su palamento en tierra, vino donde estaban sus navíos, y comenzó de tirar muchos cañonazos, que nos fué fuerza retirarnos porque no nos hiciesen daño.

Mendoza. Graciosa cosa fué esa, querer por tierra tomar galeras en la mar, parece disparate.

Navarrete. Lo que D. Alonso llevó pensado no fué sino de hacelles un gran daño, como les hizo, y que no estuviesen descuidados estando tan cerca de Orán; esotro su ventura se lo habia ofrecido, que era el más venturoso caballero de la tierra y atinado; pero, como digo, no se entendió lo que los turcos hacian, y así no se pudo hacer más de lo que tengo dicho.

Guzman. ¿Qué, tanto está ese puerto de Arceo de Orán?

Navarrete. Siete leguas buenas.

Guzman. ¿Y eso decís cerca, tanto salia esa gente de Orán sola?

Navarrete. Tanto salia y hacia cosas hartas, parecia que éramos hijos del Conde ó sus deudos, que no se temian más los moros que si fueran niños, y andaban ellos tan medrosos como nosotros animosos; y era tanto esto, que cuando algun niño lloraba, para que callase le decian: «calla que viene el Conde;» y extendióse tanto

esto, que cundió hasta Argel, y así lo certificaban los que de allá venian. Pero no es de maravillar segun las cosas pasaban: entre otras, os contaré una, que fué el primer dia que Diego Ponce de Leon salió al campo despues de herido, que fué la más extraña que se puede imaginar y de más ventura. D. Alonso tuvo nueva como andaban por allí cerca unas guardas del rey de Tremecen para que no entrasen bastimentos en Orán porque estaba de guerra con él.

Mendoza. ¿Cual Rey, era por ventura el que dejó allí el Conde ?

Navarrete. No, si no el que echó, que volvió con gente y hizo huir a su hermano del reino, y éste envió á la frontera de Orán un alcaide, que se llamaba Bullaharaz, con mucha gente para que no dejasen entrar bastimentos ni otra cosa del reino; y á esta causa teníamos muy grande necesidad de todas las cosas: vista la falta, D. Alonso salió de Orán á hacer leña para dejar emboscados caballos y buscar las guardas, y cuando salió llovia mucho, y estando haciendo la leña se oyeron tiros de artillería que tiraban de Orán; y luego se sospechó que eran moros que nos habian visto salir y corrian el campo: entonces, D. Alonso mando á su hermano D. Martin y á el capitan Luis de Rueda, que con 50 caballos saliesen hácia el campo á la mano izquierda, y luégo envió á Juan Ponce de Leon fuese tras de ellos con 20 caballos, y él con los estandartes y gente inútil luégo; y dejó á Diego Ponce de Leon con la infantería, que estaba todavía herido y llevaba la pierna en una toca de camino: con esta órden se comenzó á correr; yendo así, vió los moros Juan Ponce y ellos á él, y dicen que cuando los moros lo vieron, se holgaron mucho, porque pensaron llevárselo; estaban los moros en un llano y Juan Ponce tambien, y él, como hijo de su padre, comenzó á animar su gente para pelear; y estando en esto asomó D. Alonso por cima del cerro y hizo tocar las trompetas, y por el otro lado asomó D. Martin con sus caballos, que pareció que Dios los habia traido á todos juntos y se paresciese cada uno por su parte. Los moros que iban a dar en Juan Ponce fuéles necesario volver el rostro á D. Martin, y así chocaron los unos con los otros, cosa jamás vista en aquella nacion; y Juan Ponce entró por el costado con su gente; derribaron muchos y tomóseles la bandera , y diéronse tan buena maña, que al Capitan general tambien prendieron. Fué cosa de maravilla, que sin perderse un caballo tan solo se hizo tan gran jornada.

Mendoza. Muy gran razon teneis en llamar á D. Alonso venturoso, que esa es tanta ventura, que no se ha visto otra como ella, y ¿qué tantos eran los moros?

Navarrete. Serian como 300 lanzas y muchos escopeteros, entre ellos, pues á más se habia extendido su suerte, que estaban allí cerca otros á pié, que, si se supiera, se degollaban, por ser llano el lugar por donde los caballos habian de correr; pero como habia sucedido tan gran cosa, contentos con esto no se preguntó más. Con la prision de este caballero nos entró mucho bastimento, y él tambien en su rescate dió mucho trigo á D. Alonso, que era suyo como Capitan general. Pasados algunos dias volvióse el Conde á Orán, y fuése D. Alonso á casar y quedamos con el viejo, que para nosotros era mozo gallardo. A cabo de pocos dias los turcos vinieron á aquel reino por usurpallo, y sucedió que quisieron correr á Orán, y vinieron con 1.000 caballos y otros tantos alárabes; emboscáronse cerca del castillo de Rozaelcazar, de allí salieron a la gente que salia del castillo á hacer cierto atajo ó descubrimiento de aquel lugar, como se tenia de costumbre cada dia; desta' salida

mataron dos soldados y estuvieron los demas para pederse; aunque pelearon bien no se pudieron retirar al castillo; el artillería nuestra tiraba harto vivamente; el Conde salió al rebato, y en saliendo se le vino un renegado y dijole como no eran más de los que habian parecido, y con esta nueva salió con 500 soldados y con hasta 80 caballos; y yo os prometo que no me acorto en ello; y estando en el llano vió como los turcos iban hacia el Atalaya, que dicen de los vecinos, y porque el sol á nosotros daba en la cara, que salia entonces, dió la vuelta hacia la mano derecha para que no tuviesen esta ventaja; los turcos volvieron sus estandartes y gentes y vinieron á ponerse, de nosotros, como un tiro de ballesta de puntería: Diego Ponce de Leon puso los caballos en batalla; ordenados que los tuvo, se puso en su lugar (parece que lo veo agora) en un caballo castaño, con tanto ánimo y alegría, que nos dió esperanza de la victoria, y estando así dijo al Conde: «Señor, Sanctiago,» y arremetio á los turcos con gran furia, que tambien estaban en batalla; fué esta arremetida con tanta viveza y ánimo, que desbaratados los turcos volvieron á huir, derribando muchos de ellos y á su estandarte, y á los instrumentos de guerra

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