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parescia que nos estábamos; pero al fin no pudo ser tan secreto que no fuésemos sentidos, y acometiéronnos con tanta gritería y fuegos, que era cosa temerosísima de oir; y nosotros apiñados, muy en órden, caminábamos, y túvose una órden para que los enemigos no supiesen lo que hacíamos, que si era menester que el escuadron de vanguardia parase, llevaran unas hachas altas en la retaguardia y alzábanlas tres veces, que era señal que parasen; y el de la vanguardia res-pondia con lo mismo cuando habia pa. rado, porque si á voces se hiciera, no se oyeran y no llegara la palabra tan presto como llegaba. Fué esta cosa muy acertada; y así, los enemigos no sabian la necesidad que habia. Amaneció poco más de una legua de donde partimos, en unos arenales cerca de la mar, donde los turcos. con sus navíos estaban tirando tantos cañonazos que era cosa de espanto, sino que queria Dios que hiciesen poco daño. El Conde, como Dios lo hizo tan prático, llegó nuestra artillería, y él mismo. asestó un cañon que se llamaba el Salvaje, y tiró á una galera, y dióle un cañonazo que casi la echó á fondo; y en esto, se apartaron las galeras de la ribera, dejándonos pelear con los de tierra, que

eràn tantos, que habia muchos para cada uno de los que peleaban. Diéronnos cinco batallas con tantos escopetazos y ballesteros y caballería, que yo oí decir al Capitan general de los moros que habia más de 150.000 hombres de á pié, y más de 30.000 de á caballo, tan en orden y galanes, que era hermosísima vista. Peleó allí Alonso Fernandez de Montemayor, su hijo de Diego Ponce de Leon, nuestro cordobés, tanto, que no hubo nadie que se le igualase, porque las maravillas que hacia tenian á los moros espantados y á nosotros como locos de ver tal cosa, que eso era ponerse delante 10.000 caballos que si fueran moscas. Yo juro como cristiano, que os decir á Almanzor, Capitan general del Rey (que despues fué nuestro amigo), que Alonso Fernandez habia peleado más que todos los moros juntos, y más que todos los cristianos juntos, y que á él y a un moro que llamaban Humida, gran señor en aquella tierra, estando con más de 3.000 caballeros les habia muerto dos dellos sin podellos socorrer.

Mendoza. ¿Pues qué gente traia consigo para hacer eso?

Navarrete. Serian como 25 de á ca. ballo, mozos todos; pero hacia él ta

les cosas, que ellos tenian bien que hacer en seguillo, y era menester todo lo que todos hacian. Yo creo que en el mundo no ha habido retirada con tanta honra, y así lo dijo el Emperador, diciéndole lo que habia pasado, y decia, «iy sin alemanes!»

Mendoza. Pues esotros caballeros ¿qué hacian?

Navarrete. Todos hacian tanto y andaban tan revueltos con los moros, que no se puede encarecer; y con todo esto nos rompieron un escuadron; y si alli cerca no se hallara el Conde, cierto, fuéramos rotos, porque hacia las cosas con tanto ánimo que parescia que vencia estando casi vencido, y con esto los moros fueron rotos dos ó tres veces.

Mendoza. Pues yo he oido que cuando un ejército es roto, que no puede tornar á juntarse, ¿cómo es eso?

Navarrete. Verdad es que entre nosotros es así, mas no en los moros, que aunque los rompan cien veces no quedan deshechos, porque su órden es andar sin ella, y así se apartan y conducen fácilmente. Una cosa se hizo bien digna de consideracion, que habiendo arremetido unas mangas de arcabuceros hácia un alto tras unos moros, detras del alto que

digo, estaban gran cantidad de caballería escondidos para hacer de repente un salto; y el Conde viólos, y entró por el escuadron de retaguardia diciendo: «¡ Victoria que vencen los nuestros, vamos á ayudalles!» Y hizo con esto volver las caras de los soldados y arremeter tras los que iban en el alcance de los moros, para que cuando su caballería arremetiese (como lo hizo), hallasen espaldas donde recogerse. Fué este negocio tan sustancial, que si no fuera así, sin duda se perdieran aquellos soldados; y así, cuando los moros arremetieron hallaron lo que no pensaron, y el arrillería tiró de tal manera, que era el mayor contento del mundo ver tantos como mataba, que dejaba hecha una calle muy ancha por do pasaba la pelota. Duró el pelear dos dias y dos noches enteros, que como eran tantos, tenian lugar de remudarse y de venir unos y irse otros, y lo que más nos fatigaba era la sed, que hay falta de agua; y no entendais que el pelear que digo fué sin dejar de combatir (que esto no puede ser humanamente), sino que fué segun venian y apretaban, y así se peleaba, que algunos habia que no peleaban algun rato porque no apretaban aquel lugar. En conclusion, que con todos estos trabajos llegamos en salvo á Orán, aunque con pérdida de harta gente; pero con haber escapado todos, lo tuvimos por gran negocio, y, cierto, fue tan grande, que no hay cosa que á ello llegue, y más retirándose ganar cinco batallas, que era menester todos pelear muy bien; es cosa que no se ha visto ni creo se verá jamás; y así, entre los soldados viejos era esto tan celebrado, que decian cosas extrañas dello. Súpose aquellos dias que entre los enemigos habia 17.000 tiradores, toda gente práctica: estuvo el campo allí algunos dias descansando, y túvose aviso que, en una sierra que allí cerca estaba, habia gente de moros, y el campo fué allá á tomarlos, y entre los que eran de guerra habia algunos de paz, y los caballeros que habian ido de España querian que ninguno fuese de los de siguro, y porfiáronlo mucho. Alonso Fernandez de Montemayor estuvo de contrario parecer, diciendo que se guardase la palabra, y sobre esto pasaron las voces adelante, casi á llegar á las manos; y es cierto que estuvo todo para perderse, porque estuvo el campo dividido en dos partes, y acaso no estaba alli el Conde sino su hijo Don Alonso, y estaba apartado de donde esto pasaba; y tambien habia allí obra de 600

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