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DIÁLOGO SEGUNDO.

Los mismos.

Metido za. Señor Guzman: paresce queesto va muy á la larga, y que quereis darnos tormento de comer, con tales cosas. Por vuestra vida, que pare ya que aquí nos quedamos para vuestro servicio.

Guaman. Bueno es eso; ántes entiendo al contrario, que os habeis de querer ir,, por lo poco que aquí comeis, y malo.

Navarrete. Yo os prometo que no he comido tan bien en mi vida, ni más bien aderezado.

Guaman. Pues así lo quereis, levantémonos, y vamos debajo de aquellos sauces á pasar la siesta, que es buena estancia y fresca.

Mendoza. Por cierto, vos teneis razon» que no he visto tal cosa ni tan curiosa, paresce que está convidando á estarse dentro siempre, sino que los asientos están malos. No sé quién fué tan discreto, que proveyese tan bien esto.

Navarrete. Vos, como regalado, quereis dormir, hacedlo: que os hará mal salir de vuestra costumbre.

Mendoza. Yo no suelo dormir, y aunque lo hiciera en mi casa, aquí no lo haria ahora, por no dejar de oiros, que si <iias y noches no hiciese otra cosa si no estar oyéndoos, no me cansaria ni hartaria.

Navarrete. Grande es vuestra gula, pues eso decís, y por daros placer yo volveré á tomar desde donde acabé, para que -entendais lo que fuere diciendo: pues como dije, despues que llegamos á Oran y entierro de D. Hierónimo, salió el Conde con la mayor parte del ejército hacia Mostagan , que es catorce leguas hácia Levante, y el Rey habia juntado el mayor ejército que pudo de todas partes, y llamó á los turcos y vinieron siete galeras y galeotas (que aunque eran pocos), hacian grande efecto en capitanar los otros. Llegado nuestro campo á Mazagran, que no pasaba su número de 5 ó 6.ooo hombres y pocos caballos, y visto tanto poder , pareció á los más prácticos que se retirasen aquella noche, porque cuando amaneciese estuviesen en orden y en mejor lugar para pelear; y así, salimos, en siendo de noche, con tanto silencio que parescia que nos estábamos; pero al fin no pudo ser tan secreto que no fuésemos sentidos, y acometiéronnos con tanta gritería y fuegos, que era cosa temerosísima de oir; y nosotros apiñados, muy en órden, caminábamos, y túvose una orden para que los enemigos no supiesen loque hacíamos, que si era menester que el escuadron de vanguardia parase, llevaran unas hachas altas en la retaguardia y alzábanlas tres veces, que era señal que parasen; y el de la vanguardia respondia con lo mismo cuando habia pa~ rado, porque si á voces se hiciera, no se oyeran y no llegara la palabra tan prest» como llegaba. Fué esta cosa muy acertada; y así, los enemigos no sabian la necesidad que habia. Amaneció poco más de una legua de donde partimos, en unos arenales cerca de la mar, donde los turcos con sus navios estaban tirando tantos cañonazos que era cosa de espanto, sino, que queria Dios que hiciesen poco daño. El Conde, como Dios lo hizo tan prático, llegó nuestra artillería, y él mismo asestó un cañon que se llamaba el 5a/vaje, y tiró á una galera, y dióle un cañonazo que casi la echó á fondo; y en esto, se apartaron las galeras de la ribera, dejándonos pelear con los de tierra, que eran tantos, que habia muchos para cada uno de los que peleaban. Diéronnos cinco batallas con tantos escopetazos y ballesteros y caballería, que yo oí decir al Capitan general de los moros que habia más de 15o.ooo hombres de á pié, y más de 3o.ooo de á caballo, tan en orden y galanes, que era hermosísima vista. Peleó allí Alonso Fernandez de Montemayor, su hijo de Diego Ponce de Leon, nuestro cordobés, tanto, que no hubo nadie que se le igualase, porque las maravillas que hacia tenian á los moros espantados y á nosotros como locos de ver tal cosa, que eso era ponerse delante 1o.ooo caballos que si fueran moscas. Yo juro como cristiano, que oí decir á Almanzor, Capitan general del Rey (que despues fué nuestro amigo), que Alonso Fernandez habia peleado más que todos los moros juntos, y más que todos los cristianos juntos, y que á él y á un moro que llamaban Humida, gran señor en aquella tierra, estando con más de 3.ooo caballeros les habia muerto dos dellos sin podellos socorrer.

Mendoza. ¿Pues qué gente traia consigo para hacer eso?

Navarrete. Serian como 25 de á caballo, mozos todos; pero hacia él tales cosas, que ellos tenian bien que hacer en seguillo, y era menester todo lo que todos hacian. Yo creo que en el mundo no ha habido retirada con tanta honra, y así lo dijo el Emperador, diciéndole lo que habia pasado, y decia, «¡y sin alemanes!»

Mendoza. Pues esotros caballeros ¿qué hacian?

Navarrete. Todos hacian tanto y andaban tan revueltos con los moros, que no se puede encarecer; y con todo esto nos rompieron un escuadron; y si allí cerca no se hallara el Conde, cierto, fuéramos rotos, porque hacia las cosas con tanto ánimo que parescia que vencia estando casi vencido, y con esto los moros fueron rotos dos ó tres veces.

Mendoza. Pues yo he oido que cuando un ejército es roto, que no puede tornar á juntarse, ¿cómo es eso?

Navarrete. Verdad es que entre nosotros es así, mas no en los moros, que aunque los rompan cien veces no quedan deshechos, porque su orden es andar sin ella, y así se apartan y conducen fácilmente. Una cosa se hizo bien digna de consideracion, que habiendo arremetido unas mangas de arcabuceros hácia un alto tras unos moros, detras del alto que

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