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de hacia era enojarse como hombre y reñir con alguno, y áun llegaba á darle con la lanza de cuento por alguna desórden que hacia , y quedaba tan arrepentido de lo que habia hecho, que le parecia que no podia satisfacelle con palabras ni con obras; y así, á un hidalgo que le dió un contonazo, de que estubo malo, lo visitó muchas veces, y le envió lo necesario ordinariamente de su mesa, y le dió más de doscientos ducados, y dos esclavos; y acaso aquellos dias llegaron allí las galeras, y entre los que allí estábamos estaba este hidalgo, y delante de todos los principales de las galeras, lo honró tanto y lo trató de tal manera, que los extranjeros lo miraban como á cosa no vista de nadie, porque no creo yo haya nacido quien así supiese honrar á sus soldados, ni tanto los regalase, pues vimos muchas veces llevar á las ancas de su caballo los enfermos, á otros dalles á beber con su bota, y si merendaba algo que le llevaban, lo repartia todo á los que allí estaban, con tanta humanidad y llaneza, como si fuéramos sus iguales.

Guzman. Por cierto, ese hombre tal merecia ser querido de todos.

Mendoza. Vos teneis razon, y á mí me pesa de haber creido dél lo que se

habia dicho; y yo prometo, todas las veces que lo oyese, hacer lo que el Sr. Navarrete hiciera.

Navarrete. Pues si le oyérades en una conversacion, era maravilla oirle los cuentos y gracias que hablaba, y cuando uno estaba muy descuidado, él atravesar con palabras por entretenerlo, de manera que se tenia el otro por su privado.

Mendoza. Decidnos, ¿pues en qué paró la batalla á la salida de Tremecen?

Navarrete. Salidos que fuimos del estrechura á campaña rasa, no se peleó más hasta Orán, donde fuimos recebidos de D. Martin, su hijo del Conde, que allí quedó por General; y estos dias murió D. Hieronimo, hijo de D. Martin de Córdoba de unas heridas que le dieron los moros. Sintióse mucho por el Conde y por todos, que era muy buen mozo.

Mendoza. Si no me engaño, parésceme que nos llaman á comer; vamos, que despues se tratará lo que queda, pues habemos de estar aquí, no cansemos al Señor Navarrete.

Guzman. Parecéme que, segun iba enhilado, no se cansará en una semana.

Navarrete. Es verdad, pero, pues nos llaman á comer, vamos, que yo volveré á la plática, pues que gustais dello.

Mendoza. Yo os diré que tanto, que no se me dará nada de comer á trueco de oiros, segun es gustoso; y más preciara habello visto que cuanto tengo.

Navarrete. Más descanso habeis vos tenido, pero yo os prometo que no quisiera habello dejado de ver por todo el mundo, aunque se ha pasado harto tra. bajo.

DIÁLOGO SEGUNDO.

Los mismos.

Mendoza. Señor Guzman: paresce que esto va muy á la larga, y que quereis darnos tormento de comer, con tales cosas. Por vuestra vida, que pare ya que aquí nos quedamos para vuestro servicio.

Guzman. Bueno es eso; ántes entiendo al contrario, que os habeis de querer ir, por lo poco que aquí comeis, y malo.

Navarrete. Yo os prometo que no he comido tan bien en mi vida, ni más bien aderezado.

Guzman. Pues así lo quereis, levantémonos, y vamos debajo de aquellos sáuces á pasar la siesta, que es buena estancia y fresca.

Mendoza. Por cierto, vos teneis razon, que no he visto tal cosa ni tan curiosa, paresce que está convidando á estarse dentro siempre, sino que los asientos están malos. No sé quién fué tan discreto, que proveyese tan bien esto.

Navarrete. Vos, como regalado, quereis dormir, hacedlo: que os hará mal salir de vuestra costumbre.

Mendoza. Yo no suelo dormir, y aunque lo hiciera en mi casa, aquí no lo haria ahora, por no dejar de oiros, que si dias y noches no hiciese otra cosa si no estar oyéndoos, no me cansaria ni hartaria.

Navarrete. Grande es vuestra gula, pues eso decís, y por daros placer yo volveré á tomar desde donde acabé, para que entendais lo que fuere diciendo: pues como dije, despues que llegamos á Orán y entierro de D. Hieronimo, salió el Conde con la mayor parte del ejército hácia Mostagan, que es catorce leguas hácia Levante, y el Rey habia juntado el mayor ejército que pudo de todas partes, y llamó á los turcos y vinieron siete galeras y galeotas (que aunque eran pocos), hacian grande efecto en capitanar los otros. Llegado nuestro campo á Mazagran, que no pasaba su número de 5 ó 6.000 hombres y pocos caballos, y visto tanto poder, pareció á los más prácticos que se retirasen aquella noche, porque cuando amaneciese estuviesen en orden y en mejor lugar para pelear; y así, salimos, en siendo de noche, con tanto silencio que

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