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parescido algunos moros, y el olivar y callejones eran largos y peligrosos; y así, salido el bagax fuera, y la retaguardia en el callejon del olivar, sin pensar que moros nos estorbasen nuestro camino, porque los que parescian no eran parte, y ya aquestos se les habia hecho la salva con un tiro de artillería que el Conde mandó asestar á un cerrillo donde los moros se habian mostrado; y digo que el Conde propio cabalgó encima del tiro, porque yo io vi, y lo asestó, y fué de tal manera que ellos no se quisieran haber hallado allí.

Así como los moros de la cibdad cerraron las puertas de la cibdad, aquella hora se mostraron muchos ballesteros y escopeteros en mucha cantidad, y otros muchos peones y gente de á caballo entre los olivares, y salieron al camino, los cuales comenzaron á pelear con la retaguardia, y del llano donde se asestó el tiro á los moros, vimos una gran grita dentro en el olivar, de las grandes que nos habian dado, y la retaguardia comenzó á jugar el arcabucería apresuradamente, y pidieron caballos á muy gran priesa: visto esto por su Señoría del Conde, mandó tocar la trompeta, y como buen Capitan animoso, da la vuelta al socorro, haciendo rostro á los enemigos, porque otra cosa allí no se

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podia hacer, por respecto del olivar ser tan espeso; ésta era la ventaja que nos tenian no poder los nuestros juntarse con ellos; cuando el Conde llegó, estaba la batalla tan trabada, que era maravilla. Mandó su Señoría llamar la gente suelta, con la cual iba la gente del campo de Oran, que serian hasta 4oo tiradores de arcabuceros y ballesteros: eran los moros muchos, porque pasaban de más de 3.ooo lanzas y 15.ooo peones; es el olivar tan grande, que todos estaban puestos en celada dentro en él sin ser sentidos. Pelearon los moros de caballo y de pié con tanto ánimo, que no lo sé decir, porque duró, esta batalla del Olivar, desde las diez horas de la mañana hasta las cinco de la tarde, cosa brava y pocas veces vista en nuestros tiempos, que eran las seis horas pasadas y no se conocia mejoría ni victoria de una parte á otra: los de nuestro ejército lo hicieron tan bien, que fué maravilla, porque jugó el artillería tan bien que era cosa de espanto; pelearon con tanto ánimo, que los moros, si son preguntados, dirán cómo les fué; y como el Conde, como ya dijimos, volvió al socorro de la retaguardia, visto que por los callejones no podian aprovechar, ántes le comenzaban á herir alguna gente de caballo, salióse á una atraviesa ancha que aquel camino hacia, por donde los moros tenian pensado cercar á la retaguardia, de manera que ponerse allí el Conde fué guiado por Dios, porque cuando los moros quisieron venir al paso que pensado tenian, hallaron allí al Conde que los resistió; pues llegado á esta encrucijada, mandó su Señoría á D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, que sacase los heridos y muertos, y que luego enviase del escuadron de la batalla tiradores; y así lo hizo, y que de allí pasase á la avanguardia que ya estaba fuera de los callejones en un campo ancho, y la recogiese á ella y al bagax y los pusiese en orden, de manera que no recibiesen daño; y así D. Martin de Córdoua salió de los callejones del olivar con ocho de cabaHo y á mucho peligro, porque los moros eran muchos, los cuales estaban entre la avanguardia y batalla; llegado al avanguardia, mandó Don Martin asestar el artillería hácia los olivares, á la parte donde los moros peleaban con la retaguardia, y dispararon cinco ó seis veces, y hizo tan buen efecto y tanto daño, que los moros aflojaron en el pelear, de manera, que la retaguardia salió libre y el Conde y sus caballeros victoriosos, porque pelearon muy valientemente, y tan gran rato, que duró la batalla siete horas, y D. Martin de Córdoua les envió tres veces municion de pólvora y pelotas.

Salido el Conde de los callejones ya dichos, mandó á D. Martin de Córdoua que, con la gente de la avanguardia y con 15 ó 2o de caballo fuese á tomar la puente del rio Ciocif, que es paso estrecho. Es la puente grande, de tres arcos, y al un lado de la dicha puente está una torre bien labrada, porque se conoció de los moros que iban inclinados á tomarla. Es este paso estrecho por los muchos olivares que asimismo hay alli; y D. Martin caminó á lo que se le mandaba, aunque vió que la jornada era harto peligrosa. Y digo esto, porque yo, el autor, fui con el dicho D. Martin de Córdoua á este paso de la puente, encima de un caballo del Conde, con mi crucifijo y bandera blanca; y caminando los moros al paso de la dicha puente por lo alto del camino, pelearon con el xeque Guirref, el cual llevaba 2oo lanzas de moros. Salió á ellos con algunos de los suyos, y mató un caballero moro de los contrarios á lanzadas, y á él le mataron la yegua, y los suyos mataron otro, y, en fin, lo metieron huyendo en el bagaje, y desbarataron una manga de tiradores que llevaba por aquella parte en guarda del bagaje; y así convino á D. Martin de Córdoua socorrerles, y volver á echar los moros fuera del bagaje, y así lo hizo, y volvió á hacer cerrar la manga; y el Conde, teniendo por dificultoso el poder llegar á la puente por la poca gente que D. Martin consigo llevaba para tomar el paso, envió á Jorge de Angulo, su caballerizo, que dijese á D. Martin que parase; el cual respondió que él, con ayuda de Dios, haria la jornada que su Señoría le habia mandado, que se descuidase su Señoría de aquello, que hasta entonces no veia por qué poder dejarse de hacer. Luégo, desde á un poco, envió de nuevo el Conde á Tovilla, su mayordomo, que dijese á D. Martin que parase en todo caso; y D. Martin de Córdoua le dijo: «Direis á su Señoría, como ya, bendito Dios, está tomada la puente, y cómo los moros no tuvieron lugar de llegar, aunque se dieron buena priesa.» Cuando esto vieron los moros de caballo, júntanse más de 6oo lanzas, y pónense fuera del olivar con nuevo semblante de guerra y defension de los peones. Visto esto, vuelve de nuevo á ellos el Conde, como buen caudillo, diciendo á los suyos: «¡Ea, señores, Sanctiago y á ellos!» Los moros hicieron rostro con grande ánimo hasta juntar con el escuadron de los nues

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