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ejército, los nombres de los cuales aquí no quiero declarar, pusieron en plática al Conde que se quemase el saco que la gente en la cibdad habia habido, y se matasen los esclavos, porque era imposible salir con ello. No obstante esto, salimos de la cibdad de Tremecen á las ocho de la mañana, y salió el avanguardia delante, y luego el artillería, bien aderezada, como ya dijimos, con 200 gastadores, y luégo el bagaje, el cual era mucho, por respecto de los prisioneros y camellos. En salir este bagaje del Olivar fué mucha la distancia del tiempo, de manera que dejando su Señoría la guarda que fué necesario en la cibdad y en las torres, para que todo el campo fuese recogido, porque esta vigilancia tuvo siempre su Señoría, de manera que, si fuese posible, ninguno peligrase; los caballeros ya dichos volvieron de nuevo al Conde y dijeron que la avanguardia y la batalla eran ya salidas de la cibdad, y no podian cubrir el bagaje, y que aún no era acabado el dicho bagaje de salir de la cibdad y alojamiento ya dicho, que era las Ollerías, que su Señoría mandase poner remedio, porque por ninguna vía se podia defender si los moros acometiesen.

El Conde, visto esto, y, como estos caballeros tanto le apretaban, llamó á D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, y dijo lo que aquellos caballeros decian, y la dificultad que ponian en la defensa del bagax, á lo cual D. Martin de Córdoua dijo al Conde: «Señor, por ninguna manera vuestra señoría permita que tal se platique, porque vuestra señoría lleva gente tan honrada, que con el ayuda de Dios lo defenderán muy bien; digo más, que no nos pueden hacer mayor dañó los enemigos del que nosotros nos haríamos, si eso se hiciese; acuérdese vuestra señoría que es rebiznieto de Martin Alonso, el Alférez que despues se dijo del buey cojo, el cual renombre le quedó de una batalla que ganó en Granada sacando una gran cabalgada de la vega. (Este misterio deste buey cojo será declarado en la genealogía del Conde, que será en el fin desta historia.) Y, pues vuestro bisabuelo con tanto trabajo este renombre ganó, ¿con cuánta más razon vuestra señoría debe conservar lo que se lleva del saco desta cibdad de Tremecen, pues la hazaña es muy mayor, pues fué vencido Rey y ganado reino? pues la cibdad se deja, justo es que el despojo que della se lleva dé testimonio del hecho en toda parte de Spaña; y pues de todas las partidas della hay soldados, y desta manera los soldados con muy mayor ánimo pelearán defendiendo su hacienda, y si se hiciese lo que estos caballeros han dicho, creerán que vuestra señoría sabe alguna cosa de tan gran peligro que se ha de perder todo, y esto seria ocasion que se les enflaqueciese el ánimo, de manera, que con liviana causa volverian las espaldas, y así seria mayor la guerra que nosotros mismos nos haríamos que la que los enemigos nos hiciesen peleando.» Y con esto mandó el Conde que acabase de salir el bagax, y salió su Señoría del Conde y D. Martin de Córdoua con él, y desde a un rato que el bagax era ya salido de los callejones, fuera de las heredades de la cibdad de Tremecen, comenzó á salir la retaguardia de la dicha cibdad, en la cual venia D. Francisco de Córdoua, tercero hijo del Conde, y D. Mendo de Benavides, su sobrino, y D. Alonso de Villaroel, Maestre de campo; y salidos de la cibdad, los moros que dentro quedaban, que eran de la parte del rey Muley-Ababdila, cerraron las puertas de la cibdad.

Esto, proveido, pasó el Conde adelante á la vanguardia con la gente de á caballo y su estandarte, porque habian

parescido algunos moros; y el olivar y callejones eran largos y peligrosos; y así, salido el bagax fuera, y la retaguardia en el callejon del olivar, sin pensar que moros nos estorbasen nuestro camino, porque los que parescian no eran parte, y ya aquestos se les habia hecho la salva con un tiro de artillería que el Conde mandó asestar á un cerrillo donde los moros se habian mostrado; y digo que el Conde propio cabalgó encima del tiro, porque yo lo ví, y lo asestó, y fué de tal manera que ellos no se quisieran haber hallado allí.

Así como los moros de la cibdad cerraron las puertas de la cibdad, aquella hora se mostraron muchos ballesteros y escopeteros en mucha cantidad, y otros muchos peones y gente de á caballo entre los olivares, y salieron al camino, los cuales comenzaron á pelear con la retaguardia, y del llano donde se asestó el tiro á los moros, vimos una gran grita dentro en el olivar, de las grandes que nos habian dado, y la retaguardia comenzó a jugar el arcabucería apresuradamente, y pidieron caballos á muy gran priesa: visto esto por su Señoría del Conde, mandó tocar la trompeta, y como buen Capitan animoso, da la vuelta al socorro, haciendo rostro á los enemigos, porque otra cosa allí no se podia hacer, por respecto del olivar ser tan espeso; ésta era la ventaja que nos tenian no poder los nuestros juntarse con ellos; cuando el Conde llegó, estaba la batalla tan trabada, que era maravilla. Mandó su Señoría llamar la gente suelta, con la cual iba la gente del campo de Orán, que serian hasta 400 tiradores de arcabuceros y ballesteros: eran los moros muchos, porque pasaban de más de 3.000 lanzas y 15.000 peones; es el olivar tan grande, que todos estaban puestos en celada dentro en él sin ser sentidos. Pelearon los moros de caballo y de pié con tanto ánimo, que no lo sé decir, porque duró. esta batalla del Olivar, desde las diez horas de la mañana hasta las cinco de la tarde, cosa brava y pocas veces vista en nuestros tiempos, que eran las seis horas pasadas y no se conocia mejoría ni victoria de una parte á otra: los de nuestro ejército lo hicieron tan bien, que fué maravilla, porque jugó el artillería tan bien que era cosa de espanto; pelearon con tanto ánimo, que los moros, si son preguntados, dirán cómo les fué; y como el Conde, como ya dijimos, volvió al socorro de la retaguardia, visto que por los callejones no podian aprovechar, ántes le comenzaban á herir alguna gente de

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