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por mandado de su Señoría del Conde, de manera que quedase todo recogido para la gente de guerra cristianos que en la cibdad queda, que son 1.200 hombres; y Luis de Rueda, alcaide de Orán, por General dellos con otros capitanes de infantería, los cuales quedan en guarda del Rey y de la cibdad.

Domingo, 18 deste dicho mes de Hebrero, comenzaron á venir los moros vecinos de la cibdad, en que vernian más de 300 lanzas con sus mujeres, hijos y haciendas, á los cuales mandó el Conde que se aposentasen en un lugarico de 500 casas, que estará dos millas de la cibdad, entre las huertas, y vinieron dos Xeques de la Zahara, que es más de 60 leguas desta cibdad, y trujeron gran presente al Conde de muchas cargas de dátiles y otras cosas: de aquí adelante no habia dia que no viniesen muchos caballeros moros, muy generosas personas, entre los cuales vino el Mexuar del Corci, que es alcaide de la Casa real, el Secretario mayor de los Reyes, y otras valerosas personas en mucho número. En estos dias envió un Xeque principal en este reino, llamado Rafefa-ben-Alhamel, una carta al Conde, y por ser ella tal, no es razon que quede sin que della haya memoria, porque carta tan breve y compendiosa yo no la he visto; su tenor es éste:

CARTA.

Gracias a Dios, al caballero mejor de los caballeros y Capitan de los capitanes, y que ha señoreado la mar y la tierra, y no hay quien te contradiga, en tu tiempo; el hidalgo, el honrado, el alabado, el estimado, el Señor de sus iguales y la lumbre de los de su tiempo, el Conde, Teniente del Rey de Castilla, encomiéndaseos el que desea vuestra amistad, vuestro amigo Rafefa-ben.Alhamel: despues de preguntar por vuestros negocios; vos habeis hecho lo que hacen los buenos caballeros, habeis cumplido vuestra intencion y la del Rey ; querria no me desviásedes de vos. Yo soy vuestro amigo, y las gentes dicen cada uno en su parte. Esto está en vuestras manos, y la salud es á vos.

CAPÍTULO XXXIII.

De una gran cabalgada que el Conde hizo un dia que salió de Tremecen, yendo en

su compañía el alcaide Abrahen.

Miércoles, á 21 de Hebrero, salió su Señoría al campo con hasta 150 lanzas, y, con hasta 1.000 peones, porque fué avisado del alcaide Abrahen que muchos alárabes habian venido á un lugar que está de Tremecen cinco millas, con muchos camellos, á llevar el trigo y cebada que en aquel lugar estaba, y aun que robaban á los moros que de la cibdad salian; y sabido por su Señoría, salió á la una hora, despues de medio dia, y el alcaide Abrahen con él delante; y porque es cristiano renegado, digo que iba con un sayuelo corto de terciopelo carmesí, y un alquicel blanco encima, con su toca arrebozado, y el Conde en la puerta de Fez, por donde salieron, mandó que le diesen un caballo de su caballeriza, porque el que el Alcaide llevaba no era tal; y así se hizo, que en presencia mia se apeó de su caballo y subió encima del del Conde; y aunque llegó tarde al lugar, porque ya tenian

los camellos cargados, ellos se acordarán del Conde.

Iban ya de priesa, é iba la hila de los camellos casi una legua; habia con los camellos más de 2.000 moros; como su Señoría los vió ir, arremetió diciendo: «¡Sanctiago y á ellos!» Pusiéronse luégo los moros en huida, aunque habia al pié de 300 lanzas con los camellos. Mataron 60 moros, porque no quisieron más; y en esta refriega , un escudero mancebo que se llamaba Frias, rindió á un moro, y despues de rendido, con su propia lanza del Frias le dió el moro una lanzada, de la cual murió. Y á esta sazon llegó el alcaide de Mazalquivir, García de Navarrete, y le dió al moro una tan fiera cuchillada en el hombro, que lo abrió hasta las espaldas, y allí lo dejó muerto en el suelo. Trujeron 40 captivos, y 350 camellos, y 15 ó 20 asnos. Púdose por ellos decir que vinieron por lana y fueron trasquilados. Fué tanto el gozo que el ejército hubo de ver tan honrada cabalgada, que no lo sé decir: proveyó Nuestro Señor á la necesidad que de bagax el campo tenia; y luégo, otro dia, de mañana, jueves, su Señoría mandó repartir la cabalgada, así de esclavos como de camellos: ya este dia no cabíamos de moros en la cibdad.

CAPÍTULO Xxxiv.

De lo que aconteció en los molinos, y cómo mataron al capitan Juan Carrillo y á su Alférez, los moros, con otros soldados, y de lo que el Conde

hizo sobre esto.

Y porque se verificase lo que dice el filósofo, que no hay placer sin que tenga su contera de pesar, y esto porque no sólo tienta Dios en los suyos para que se conozcan, más áun para que no se ensoberbezcan; y es que los ama como verdadero, padre, y porque quiere que merezcan; es así que, como en esta cibdad haya tanta necesidad de moliendas, desmandábanse los soldados á ir á moler; visto esto, porque no peligrasen, mandó su Señoría que cada dia fuesen dos banderas á hacer guarda en los molinos; y fueron este dia el capitan Juan Carrillo y el capitan Clavijo, y estando en los molinos, no haciendo caso de los moros, vínose á la cibdad con su bandera el capitan Clavijo, y quedó con harto poca gente Juan Carrillo; descuidados que los moros viniesen, no hicieron guardia. Descienden por un por

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