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CAPÍTULO III.

De cómo el Conde hizo saber á D. Martin de Córdoua, Señor del Albay da, y Diego Ponce de Leon esta sancta jornada, que al presente se le ofrecia

para África.

Pues como ya en otro capítulo pasado digimos, en el cual se dió relacion cómo S. M. del Emperador y Rey D. Cárlos, nuestro señor, dió licencia al muy ilustre señor conde de Alcaudete para hacer esta sancta jornada: venido á su villa de Montemayor, despues de haber reposado por espacio de breves dias, acordó congregar para este sancto camino, como hombre prudente en estos negocios de guerra, todos sus amigos y parientes, los más que él pudiese, considerando que, para tan alta jornada, era necesario el ayuda y favor de los aliados, amigos, propincuos y buenos parientes; y para poner esto en efecto determinó de enviar sus cartas y mensajeros á la cibdad de Córdoua, á D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, primo hermano suyo, y Diego Ponce de Leon, y á otros muchos parientes y amigos, los nombres de los cuales aquí no van expresados. Visto por D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, y Diego Ponce, ponen por obra y en efecto su camino á la villa de Montemayor. Sabida por el Conde su venida, con mucha alegría y placer los rescibió, y despues de baber reposado de su camino les dió parte de la sancta jornada que se le ofrecia; en el cual parlamento se hallaron presentes: D. Alonso de la Cueva, Comendador de la villa de Bedmar y Aluanchez, y D. Hernando de los Rios, Señor de Hernan Nuñez; y rogándoles y encargándoles, como á buenos y católicos cristianos en tal tiempo le acompañasen, pues iba honra y memoria , hazañas y hechos de todos sus antepasados; y en especial á D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, y como á más propincuo pariente y persona que habia de poner vida y hacienda; el cual dicho D. Martin respondió: «por cierto, señor, quisiera yo que la salud de mi persona estuviera en aquella dispusicion que otros tiempos solia tener, y que haya ocasion para que yo esto diga, no es oculto á nadie, porque ella misma dice y manifiesta mi necesidad, como tengo dicho, de salud; pero ruego yo á Dios, Nuestro Señor, me la dé, y no permita que más me agrave, porque si es así yo prometo á vuestra Señoría de no faltar en esta sancta jornada con mi persona, hacienda, amigos y criados.» El Conde se levantó y lo abrazó, agradeciéndole mucho su voluntad, porque sabia que habia de ser el cumplimiento muy abundante, y lo mismo hizo Diego Ponce de Leon, y así se despidieron y volvieron á la cibdad de Córdoua á sus casas.

No contento el Conde con esto, pasados algunos dias, y no muchos, considerando que D. Martin de Córdoua, Señor del Albayda, es persona tan valerosa, y que era justo volverle á visitar y traerle á la memoria esta jornada, acordó personalmente salir de su villa de Montemayor y venir á la cibdad de Córdoua, derecho á se apear en casa del dicho D. Martin de Córdoua, para de nuevo traerle á la memoria esta sancta jornada y que no hubiese falta de su compañía, porque el camino es honoroso, en el cual, su principal intento es la honra y servicio de Dios y de su Rey, y vengar la injuria que se hizo á los cristianos en aquella que dicen del rio de Tibida. Sabida la venida de su Señoría, de nuestro Capitan general, se holgó D. Martin de Córdoua mucho, así como era razon, con la venida de tal huesped, y entre las otras cosas que se platicaron fué de nuevo pedirle hubiese por bien la aceptacion que aceptado habia deste camino y jornada, y que así de nuevo se lo pedia y rogaba y encargaba como á deudo principal y persona valerosa, porque iria muy honrado con la presencia de su persona. A esto respondió D. Martin de Córdoua: «De nuevo torno á decir á vuestra Señoría, que qui. siera yo estar con tan buena dispusicion que pudiera servir á vuestra Señoría, como es mi voluntad; mas aunque mi mala dispusicion me excusa, como es notorio, no plega á Dios que para tan sancta jornada haya dilacion, ni ocupacion, ni cosa que parte sea para que se deje de cumplir la intencion y deseo de vuestra Señoría, porque para camino tan ventu. roso, en el cual Dios, Nuestro Señor, ha de ser servido, y la fama y honra de nuestra española nacion pase adelante, y los triunfos y vitorias de nuestro gran César de nuevo á la memoria de los infieles y reinos africanos venga, y el furor y fuerzas de su muy furibunda mano, á su noticia llegue, y los hechos y hazañas de los antepasados de nuestra nacion, y las maravillas que la limpia y generosa sangre de los de vuestro linaje, agora, de nuevo, con este hecho, en los corazones y en la

memoria de los nuestros de nuevo se sepa, justo es que todos los deudos de vuestra Señoría, y yo, como uno dellos, acompañemos su persona, y para esto nos aparejemos con todo lo necesario; y así, por la parte que á mí toca, de aquí digo que yo iré y porné luego por obra lo necesario para el camino; y desto que tengo dicho, vuestra Señoría esté seguro». Con este dicho se conformó Diego Ponce de Leon, su primo, y otros amigos y deudos del Conde. Esto hecho, el Conde, con mucha alegría, con ellos se holgó aquel dia, en el cual se platicaron muchas cosas tocantes á su jornada; y así, otro dia se partió muy alegre á su villa de Montemayor, en la cual estuvo por espacio de algunos dias, dando órden á lo necesario para 'su camino, en los cuales dias fué visitado de muchos caballeros de diversas partes.

CAPÍTULO IV.

De cómo el Conde mandó hacer sus banderas y estandartes, y de los colores

y escudos dellas.

Reparado el muy Ilustre Señor de los profundos y grandes trabajos pasados en

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