Poesias escogidas de Lope de Vega y de D. Juan de Jauregui

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Página 59 - Virtud y filosofía peregrinan como ciegos ; el uno se lleva al otro, llorando van y pidiendo. Dos polos tiene la tierra, universal movimiento, la mejor vida el favor, la mejor sangre el dinero. Oigo tañer las campanas, y no me espanto, aunque puedo, que en lugar de tantas cruces haya tantos hombres muertos.
Página 56 - A MIS SOLEDADES VOY... A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos. ¡No sé qué tiene la aldea donde vivo y donde muero, que con venir de mí mismo no puedo venir más lejos! Ni estoy bien ni mal conmigo; mas dice mi entendimiento que un hombre que todo es alma está cautivo en su cuerpo. Entiendo lo que me basta, y solamente no entiendo cómo se sufre...
Página 96 - Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal [aprieto : catorce versos dicen que es soneto ; burla burlando van los tres delante. Yo pensé que no hallara consonante, y estoy a la mitad de otro cuarteto; mas si me veo en el primer terceto, no hay cosa en los cuartetos que me es[pante. Por...
Página 64 - Ya fieros huracanes tan arrogantes soplan que, salpicando estrellas, del sol la frente mojan; ya los valientes rayos de la vulcana forja, en vez de torres altas, abrasan pobres chozas. Contenta con tus redes, a la playa arenosa mojado me sacabas; pero vivo, ¿qué importa? Cuando de rojo nácar se afeitaba la aurora, más peces te llenaban que ella lloraba aljófar.
Página 62 - ¿Adonde, di, te engolfas? Que no hay deseos cuerdos con esperanzas locas. Como las altas naves, te apartas animosa de la vecina tierra, y al fiero mar te arrojas. Igual en las fortunas, mayor en las congojas, pequeña en las defensas, incitas a las ondas; advierte que te llevan a dar entre las rocas de la soberbia envidia, naufragio de las honras.
Página 16 - No me da descontento el hábito costoso que de lascivo el pecho noble infama; es mi dulce sustento del campo generoso estas silvestres frutas que derrama.
Página 65 - Al bello sol que adoro enjuta ya la ropa, nos daba una cabana la cama de sus hojas. Esposo me llamaba, yo la llamaba esposa, parándose de envidia la celestial antorcha. Sin pleito, sin disgusto, la muerte nos divorcia: ¡ay, de la pobre barca que en lágrimas se ahoga!
Página 88 - Cuelga sangriento de la cama al suelo el hombro diestro del feroz tirano, que opuesto al muro de Betulia en vano despidió contra sí rayos al cielo. Revuelto con el ansia el rojo velo del pabellón a la siniestra mano, descubre el espectáculo inhumano del tronco horrible convertido en hielo. Vertido Baco el fuerte arnés afea, los vasos y la mesa derribada duermen las guardas que tan mal emplea. Y sobre la muralla coronada del...
Página 94 - Suelta mi manso, mayoral extraño, pues otro tienes de tu igual decoro; deja la prenda que en el alma adoro, perdida por tu bien y por mi daño. Ponle su esquila de labrado estaño, y no le engañen tus collares de oro; toma en albricias este blanco toro, que a las primeras hierbas cumple un [año.
Página 63 - ¿Qué importa que te ciñan ramas verdes, o rojas, que en selvas de corales salado césped brota? Laureles de la orilla solamente coronan navios de alto bordo que jarcias de oro adornan. No quieras que yo sea, por tu soberbia pompa, Faetonte de barqueros que los laureles lloran. Pasaron ya los tiempos cuando lamiendo rosas...

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