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Math, 6.

en Jesucristo y en su palabra, que buscando primero el reino de
Dios y su justicia, las demas cosas temporales les serán augmenta-
das y prosperadas, mucho mejor que si de propósito las preten-
diesen, y no confiando totalmente este negocio de criados ni de
consejeros, que a veces por ganar la voluntad de los principes, con
decir que les mejoran sus reales patrimonios, y las mas veces por-
que les corren sus propios intereses y provechos, ensanchan sus
conciencias y encargan las de sus señores, y destruyen sus reinos
y vasallos, como acaeció a los Reyes Católicos con toda su bon-
dad y santos propósitos, segun que se verá abajo en los capítulos
siguientes.

LA CLÁUSULA DEL TESTAMENTO
DE LA CATÓLICA REINA DOÑA ISABEL.

mento de la reina ca

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Item, porque al tiempo que nos fueron concedidas por la santa Sede Apostólica Cláusula del testalas Islas y Tierra firme del mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra prin- tólica Doña Isabel. cipal intencion fué al tiempo que lo suplicamos al señor Papa Alejandro VI de buena memoria, que nos hizo la dicha concesion, de procurar de inducir y traer los pueblos de ellas, y los convertir á nuestra santa fe católica, y enviar á las dichas Indias, Islas y Tierra Firme, prelados y religiosos y otras personas doctas y temerosas de Dios para instruir los vecinos y moradores de ellas en la santa fe católica, y los enseñar y dotar de buenas costumbres y proveer en ello la diligencia debida, segun mas largamente en las letras de la dicha concesion se concede y se contiene. Por ende suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi hija, y al dicho Príncipe su marido, que así lo hagan cumplir, y que este sea su principal fin, y que en ello pongan mucha vigilancia y no consientan ni den lugar que los indios vecinos y moradores de las dichas Indias y Tierra Firme ganadas y por ganar reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados. Y si algun agravio han recibido, lo remedien y provean, por manera que no se exceda en cosa alguna de lo que por las letras apostólicas de la dicha concesion nos es inyungido y mandado.

CAPÍTULO VI.

Del flaco suceso que hobo en la conversion de los indios de la isla de Santo Domingo

y de los obispos que ha tenido.

GRANDES propósitos de buenos tuvieron los Reyes Católicos (como se ha visto) cerca de la conversion y doctrina de los naturales de las Indias que se conquistaban. Y si los gobernadores y otras personas que enviaron para el efecto tuvieran su espíritu, ó se rigieran por él, no hay dubda sino que este negocio tuviera otro

en y meu parte noe å las

primero prelado de Indias.

suceso mejor del que tuvo. Pero en fin, no dejaron los buenos reyes de dar el orden y medios que para ello les pareció convenir. Y si algun descuido de su parte hobo, no seria otro sino hacer entera confianza de las personas que á las Indias enviaban, y de los consejeros que andaban a su lado; no creyendo que los que ellos tenian probados por hombres de sana intencion, la nueva ocasion del oro y el tratar con gente simple los mudaria. Como sus Altezas se hallaron en Barcelona al tiempo que Cristóbal Colon llegó con las primeras nuevas, y cosas que llevaba de las Indias, queriendo proveer, cuanto á lo primero, ministros eclesiásticos que industriasen aquellas nuevas gentes en las cosas de nuestra santa fe católica y los hiciesen cristianos, eligieron un religioso de la ór

den del bienaventurado S. Benito, hombre de letras y buena vida, Fr. Buil, catalan, llamado Fr. Buil, de nacion catalan, el cual procuraron que trujese

plenísimo poder de la Silla Apostólica para todo lo que se ofreciese, como prelado y cabeza de la Iglesia en partes tan remotas; y con él enviaron tambien una docena de clérigos doctos y expertos y de vida aprobada, y proveyéronlos de ornamentos, cruces, cálices y imágenes, y todo lo demas que era necesario para el culto divino y para ornato de las iglesias que se hobiesen de edificar. Dieron asimismo órden como las personas seglares que con ellos hobiesen de pasar á Indias fuesen cristianos viejos, ajenos de toda mala sospecha. Y así vinieron muchos caballeros y hidalgos, y entre ellos algunos criados de la casa real por dar contento á los reyes, que mostraban mucha gana de favorecer esta santa obra de la nueva conversion. Vinieron todos estos el segundo viaje que hizo Cristóbal Colon con título de Almirante de las Indias. Y llegados á la isla Española, como vieron la muestra que aquella tierra daba de mucho oro, y la gente de ella aparejada para servir, y fácil de poner en subjecion, diéronse mas á esto que a enseñarles la fe de Jesucristo. Subjetados los indios (que habria un millon y medio de ellos en toda la isla), repartiólos todos Colon entre sus soldados y pobladores y otros criados y privados de los reyes, que de España lo granjeaban, para que les tributasen como sus pecheros y vasallos, imponiendo á cada uno de los que vivian en comarca de las minas, que hinchiesen de oro lo hueco de un cascabel, y á los que no comunicaban con las minas, impuso cierta cantidad de algodon, y á otros otras cosas de las que podian dar; y esto no fuera causa de su destruicion, antes bien, tolerable tributo, si despues no entrara de rota batida la desenfrenada cobdicia, sirviéndose de

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todos los indios como de esclavos para sacar el oro: y esto no fué imposicion de Cristóbal Colon, sino invencion de algunos sus compañeros que lo comenzaron, y despues lo alentó y canonizó otro inicuo gobernador, como al cabo de este primero libro se verá. Fr. Buil y sus compañeros no dejaron de baptizar algunos indios, pero pocos; y aun aquellos (segun se sospecha) más se baptizaban por lo que les mandaban sus amos, que movidos á devocion por las obras y buena vida que en ellos veian. Antes por presumir y jactarse los españoles del nombre de cristianos, haciendo por otra parte las hazañas que hacian, fueron causa de que los indios abominasen de este nombre, como de cosa pestífera y perniciosa. Y aun hoy en dia por la misma razon lo tienen por sospechoso los que no están muy doctrinados y enseñados de cómo entre los cristianos hay muchos malos que no guardan lo que en el baptismo profesaron, y que por esto no deja de ser santa y perfecta y necesaria á las ánimas la ley de nuestro Señor Jesucristo. Estuvo Fr. Buil dos años en la isla Española, y lo mas de este tiempo se le pasó en pendencias con el Almirante, y no (segun parece) por volver por los indios y procurar su libertad y buen tractamiento, sino porque castigaba con rigor á los soldados españoles por males que hacian á los naturales, y por otras culpas que cometian. El Colon era culpado de crudo en la opinion de aquel religioso, el cual, como tenia las veces del Papa, ibale á la mano en lo que le parecia exceder, poniendo entredicho y haciendo cesar el oficio divino. El Almirante, que en lo temporal tenia el imperio, mandaba luego cesar la racion, y que á Fr. Buil y a los de su casa y compañía no se les diese comida. Llegados á estos términos, poníanse buenos de por medio que los hacian amigos, aunque para pocos dias, porque en ofreciéndose otra semejante ocasion, volvian á lo mismo, y como esta rencilla se continuase, hubo de parar en que los reyes los enviaron ambos á llamar. Y aunque hubo quejas contra Colon, prevalescieron sus servicios y trabajos, y volvió a Indias con el mismo cargo. Y para el gobierno eclesiástico fueron proveidos prelados: por obispo de Santo Domingo, Fr. García de Padilla, de la orden de S. Francisco, que fué el primer obispo de la pri- Obispo primero de mera Iglesia de Indias; y D. Pedro Juarez de Deza, por obispo cisco. de la Vega. Este pasó á su obispado y lo rigió algunos años. El Fr. García murió en España antes que pasase. Desgracia fué para los indios de aquella isla, y aun para los reyes de Castilla (cuyos vasallos eran), porque con la libertad á que estaba hecho de no

Indias, fraile franEspañola.

tractar oro ni dinero, pudiera fácilmente acertar como acertaron el obispo santo Zumárraga y los primeros doce frailes franciscos que vinieron a la Nueva España á la ciudad de México. Y fuera parte para que aquella multitud de gentes, que tan en breve fué consumida se conservara, y no fuera la peor ganancia para nuestros españoles que se dieron priesa á acaballos: á lo menos para los que

se avecindaban y pretendian perpetuarse en aquellas islas. Por Obispos de la Isla muerte de este obispo malogrado, fué electo el Maestro Alejandro

Geraldino, romano, que fué buen prelado y de sana intencion; por
cuya muerte fué proveido en obispo de ambas Iglesias, es á saber,
de Santo Domingo y de la Vega, Fr. Luis de Figueroa, prior del
monasterio de la Mejorada, de la orden de S. Gerónimo, que habia
gobernado un poco de tiempo la isla juntamente con otros dos
religiosos de la misma órden enviados por Fr. Francisco Jimenez,
cardenal y arzobispo de Toledo, el año de mil y quinientos y diez
y seis, cuando gobernaba á España. Este Fr. Luis de Figueroa,
estando ya sus bulas despachadas en Roma, antes que llegasen á
España, murió electo en su monasterio de la Mejorada. Al cual
sucedió Sebastian Ramirez de Fuenleal, presidente que habia sido
de la real audiencia de la misma ciudad de Santo Domingo, y des-
pues de obispo, tambien lo fué de esta real audiencia de México..
De aquí fué á España, donde por sus buenos y fieles trabajos le
dieron el obispado de Cuenca, y benemérito, porque ejercitó en
Indias los cargos ya dichos con mucha cristiandad y rectitud. Pro-
veyeron en su lugar, por obispo de Santo Domingo, á D. Alonso
de Fuenmayor, año de mil y quinientos y cuarenta y ocho, que poco
despues fué primero arzobispo, haciendo aquella Iglesia metrópoli
de las de Cuba y San Juan de Puerto Rico y Santa Marta; que
la de la Vega, en la misma de Santo Domingo, se habia resumido
cuando entró por obispo D. Sebastian Ramirez. Muerto Fuen-
mayor, fué electo el Dr. Salcedo, provisor de Granada, el cual
murió viniendo por la mar el año de sesenta y tres, no mucho
antes que la flota llegase á su diócesi, á cuya causa salaron su cuerpo
y lo llevaron á la ciudad de Santo Domingo, donde está enterrado.
Tras de él vino por arzobispo Fr. Andrés de Carabajal, franciscano
de la provincia de Toledo. He querido nombrarlos aquí todos jun-
tos, por haber sido prelados de la primera Iglesia de las Indias, y por-
que (si particular ocasion no se ofrece) no pienso hacer mas men-
cion de ellos. Volviendo, pues, á nuestro propósito de la conversion
de los indios que á los principios en aquella isla se hizo, no puedo

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lísimo de cristianos

y convecinas,

decir sin mucha lástima lo que hallo testificado de persona gravisima, que a todo lo sucedido se halló presente, y despues fué prelado de una Iglesia de estas Indias. El cual afirma, que ningun eclesiástico ni seglar supo enteramente alguna lengua de las que habia en aquella isla que llamamos Española, si no fué un marinero, natural de Palos ó Moguer, que se decia Cristóbal Rodriguez, el intérprete, porque sabia bien el lenguaje mas comun de aquella tierra; y que el no saber otros aquella ni las demas lenguas, no fué por la dificultad que habia en aprendellas, sino porque ninguna persona eclesiástica ni seglar tuvo en aquel tiempo cuidado de dar Descuido culpabidoctrina ni conocimiento de Dios á aquellas gentes, sino solo de en la Isla Española servirse todos de ellos, para lo cual no se aprendian mas vocablos de los que para el servicio y cumplimiento de la voluntad de los españoles eran necesarios. De solas tres personas hace memoria el sobredicho autor, que mostraron algun celo y buen deseo de dar conocimiento de Dios á aquellos indios. El primero fué un hombre simple y de buena intencion, catalan, que vino allí con el almirante Colon; al cual, porque tomó hábito de ermitaño y casi andaba como fraile, llamaron Fr. Ramon. Este supo medianamente una lengua particular de aquella isla, y de la lengua comun algo mas que otros: y empleó esto que supo en enseñar á los indios, puesto que como hombre simple no lo supo hacer, porque todo era decir á los indios el Ave María y el Pater Noster, con algunas palabras de que habia Dios en el cielo, y era Criador de todas las cosas, segun él podia dárselo a entender confusamente y con harto defecto. Los otros dos fueron frailes legos de la órden de S. Francisco, naturales de Picardía ó Borgoña, el uno llamado Fr. Juan el Bermejo ó Borgoñon, y el otro Fr. Juan Tisim, que oida la fama de los nuevos infieles, hobieron licencia de sus prelados para venirles á predicar á Cristo crucificado, en simplicidad de su buen espíritu, y hicieron lo que pudieron, que no pudo ser mucho por no ser sacerdotes ni tener autoridad ni favor, aunque por medio de ellos (como sabian alguna lengua y andaban entre los indios con aquel buen celo ) se informó el almirante de los ritos y ceremonias y maneras de sacrificios que tuvieron en su infidelidad, para dar sus relaciones a nuestros reyes católicos, los cuales estuvieron ignorantes de este gran descuido que en la conversion de los indios habia, y del estrago que por otra parte en ellos se hacia; porque por estar tan lejos y haber tanto mar en medio, no sabian de lo que acá pasaba, mas de cuanto sus criados y factores

ra

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