Romancero general, o, Colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII, Volumen 2

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M. Rivadeneyra, 1851
 

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Página 81 - ¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida; moro que en tal signo nace no debe decir mentira.
Página 605 - Al bello sol que adoro enjuta ya la ropa, nos daba una cabana la cama de sus hojas. Esposo me llamaba, yo la llamaba esposa, parándose de envidia la celestial antorcha. Sin pleito, sin disgusto, la muerte nos divorcia: ¡ay, de la pobre barca que en lágrimas se ahoga!
Página 81 - Yo te agradezco, Abenámar, aquesa tu cortesía. ¿Qué castillos son aquellos?; Altos son y relucían." — — "El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita; los otros los Alixares, labrados a maravilla. El moro que los labraba, cien doblas ganaba al día, y el día que no los labra otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía; el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.
Página 526 - Dos maravedís de luna alumbraban a la tierra; que, por ser yo el que nacía, no quiso que un cuarto fuera. »Nací tarde, porque el sol tuvo de verme vergüenza, en una noche templada entre clara y entre yema. »Un miércoles con un martes tuvieron grande revuelta, sobre que ninguno quiso que en sus términos naciera.
Página 605 - Pasaron ya los tiempos cuando lamiendo rosas el céfiro bullía y suspiraba aromas. Ya fieros huracanes tan arrogantes soplan, que salpicando estrellas, del sol la frente mojan. Ya los valientes rayos de la vulcana forja en vez de torres altas abrasan pobres chozas. Contenta con tus redes a la playa arenosa mojado me sacabas; pero vivo, ¿qué importa? Cuando de rojo nácar se afeitaba la aurora, más peces te llenaban que ella lloraba aljófar. Al bello sol que adoro...
Página 85 - Adelante, caballeros, — que me llevan el ganado; si de algún villano fuera, — ya lo hubiérades quitado; empero alguno está aquí — que le place de mi daño; no cumple decir quién es, — que es el del roquete blanco.
Página 605 - ¿Qué importa que te ciñan ramas verdes, o rojas, que en selvas de corales salado césped brota? Laureles de la orilla solamente coronan navios de alto bordo que jarcias de oro adornan. No quieras que yo sea, por tu soberbia pompa, Faetonte de barqueros que los laureles lloran. Pasaron ya los tiempos cuando lamiendo rosas el céfiro bullía y suspiraba aromas.
Página 420 - Cuando quieren escribir Piden prestado el tintero. Sin ser pobres ni ser ricos, Tienen chimenea y huerto; No los despiertan cuidados, Ni pretensiones, ni pleitos. Ni murmuraron del grande, Ni ofendieron al pequeño; Nunca, como yo, firmaron Parabién, ni pascua dieron. Con esta envidia que digo, Y lo que paso en silencio, A mis soledades voy, De mis soledades vengo.
Página 37 - Yo me estaba allá en Coimbra que yo me la hube ganado, cuando me vinieron cartas del rey don Pedro, mi hermano, que fuese a ver los torneos que en Sevilla se han armado. Yo maestre sin ventura, yo maestre desdichado, tomara trece de muía, veinte y cinco de caballo, todos con cadenas de oro y jubones de brocado: jornada de quince días en ocho la había andado.
Página 451 - ... este mi marido ya no le puedo sufrir, que me da muy mala vida, cual vos bien podéis oír.

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