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sando; los cuales sentenciaron que Almagro soltase a Fernando Pizarro y restituyese al Cuzco; que deshiciesen entrambos los ejércitos, enviasen la gente a conquistas, escribiesen al emperador y se viesen y hablasen en Mala, pueblo entre Los Reyes y Chincha, con cada doce caballeros, y que los frailes se hallasen a las pláticas. Almagro dijo que holgaba de verse con Pizarro, aunque tenía por muy grave la sentencia, y cuando se partió a las vistas con doce amigos, encomendó a Rodrigo Orgoños, su general, que con el ejército estuviese a punto, por si algo Pizarro hiciese, y matase a Fernando Pizarro, que le dejaba en poder, si a él fuerza le hiciesen. Pizarro fué al puesto con otros doce, y tras él Gonzalo Pizarro con todo el campo; si lo hizo con voluntad de su hermano, o sin ella, nadie creo que lo supo. Es empero cierto que se puso junto a Mala, y que mandó al capitán Nuño de Castro se emboscase con sus cuarenta arcabuceros en un cañaveral junto al camino por donde Almagro tenía de pasar; llegó primero a Mala Pizarro, y en Ilegando Almagro se abrazaron alegremente y hablaron en cosas de placer. Acercóse uno de Pizarro, antes que comenzasen negocios, a Diego de Almagro y díjole al oido que se fuese luego de allí, ca le iba en ello la vida; él cabalgó presto y volvióse sin hablar palabra en aquello ni en el negocio a que viniera. Vió la emboscada de arcabuceros, y creyó; quejóse mucho de Francisco Pizarro y de los frailes, y todos los suyos decían que de Pilatos acá no se había dado sentencia tan injusta. Pizarro, aunque le consejaban que lo prendiese, lo dejó ir, diciendo que había venido sobre su palabra, y se disculpó mucho en que ni mandó venir a su hermano ni sobornó los frailes.

CXL

La prisión de Almagro.

Aunque las vistas fueron en vano y para mayor odio e indinación de las partes, no faltó quien tornase a entender muy de veras y sin pasión entre Pizarro y Almagro. Diego de Alvarado, en fin, los concertó, que Almagro soltase a Fernando Pizarro, y que Francisco Pizarro diese navío y puerto seguro a Almagro, que no lo tenía, para que libremente pudiese enviar a España sus despachos y mensajeros; que no fuese ni viniese uno contra otro, hasta tener nuevo mandado del emperador. Almagro soltó luego a Fernando Pizarro sobre pleitesía que hizo, a ruego y seguro de Diego de Alvarado, aunque Orgoños lo contradijo muy mucho, sospechando mal de la condición áspera de Fernando Pizarro, y el mesmo Almagro se arrepintió y lo quisiera detener. Mas acordó tarde, y todos decían que aquél lo había de revolver todo, y no erraron, ca, suelto él, hubo grandes y nuevos movimientos, y aun Pizarro no anduvo muy llano en los conciertos, porque ya tenía una provisión real en que mandaba el emperador que cada uno estuviese donde y como la tal provisión notificada les fuese, aunque tuviese cualquiera dellos la tierra y jurisdición del otro. Pizarro, pues, que tenía libre y por consejero a su hermano, requirió a Almagro que saliese de la tierra que había él descubierto y poblado, pues era ya venido nuevo mandamiento del emperador. Almagro respondió, leida la provisión, que la oía y cumplía estándose quedo en el Cuzco y en los otros pueblos que al presente poseía, según y como el emperador mandaba y declaraba por aquella su real cédula y voluntad, y que

con ella mesma le requería y rogaba lo dejase estar en paz y posesión como estaba. Pizarro replicó que, teniendo él poblado y pacífico el Cuzco, se lo había tomado por fuerza, diciendo que caía en su gobernación del nuevo reino de Toledo; por tanto, que luego se lo dejase y se fuese; si no, que lo echaría, sin quebrar el pleito homenaje que había hecho, pues teniendo aquella nueva provisión del rey era cumplido el plazo de su pleitesía y concierto. Almagro estuvo firme en su respuesta, que concluía llanamente; y Pizarro fué con todo su ejército a Chincha, llevando por capitanes los que primero, y por consejero a Fernando Pizarro, y por color que iba a echar sus contrarios de Chincha, que manifiestamente era de su gobernación. Almagro se fué la vía del Cuzco por no pelear; empero, como lo seguían, cortó muchos pasos del mal camino y reparó en Gaitara, sierra alta y áspera. Pizarro fué tras él, que tenía más y mejor gente; y una noche subió Fernando Pizarro con los arcabuceros aquella sierra, que le ganaron el paso. Almagro entonces, que malo estaba, se fué a gran prisa y dejó a Orgoños detrás, que se retirase concertadamente y sin pelear. El lo hizo como se lo mandó, aunque, según Cristóbal de Sotelo y otros decían, mejor hiciera en dar batalla a los pizarristas, que se marearon en la sierra, ca es ordinario a los españoles que de nuevo o recién salidos de los calorosos llanos suben a las nevadas sierras, marearse. Tanta mudanza hace tan poca distancia de tierra. Así que Almagro, recogida su gente al Cuzco, quebró las puentes, labró armas de plata y cobre, arcabuces, otros tiros de fuego, basteció de comida la ciudad y reparóla de algunos fosados. Pizarro se volvió a los llanos por el inconveniente que digo, y dende a dos meses a Los Reyes; empero solo, porque envió todo su ejército al Cuzco, con achaque de restituir en sus casas y repartimientos a ciertos vecinos que Almagro había despojado, y para esto hizo justi

cia mayor a Fernando Pizarro, que gobernaba el campo, siendo general su hermano Gonzalo. Fué, pues, Fernando Pizarro al Cuzco por otro camino que Almagro, y llegó allá a los 26 de abril de 1538 años. Almagro, que tan determinados los vió venir, metió los aficionados a Pizarro en dos cubos de la fortaleza, donde algunos se ahogaron, de muy apretados. Envio al encuentro a Rodrigo Orgoños con toda su gente y muchos indios, ca él no podía pelear, de flaco y enfermo. Orgoños se puso en el camino real entre la ciudad y la sierra, orilla de una ciénaga. Puso la artillería en conveniente parte, y los caballos también, que llevaban a cargo Francisco de Chaves, Vasco de Guevara y Juan Tello. Por hacia la sierra echó muchos indios con algunos españoles que socorriesen a la mayor necesidad y peligro. Fernando Pizarro, dicha la misa, bajó al llano en ordenanza, con pensamiento de tomar un alto que sobre la ciudad estaba, y que no lo aguardarían los contrarios llevando tanta pujanza. Mas como los vió quedos y con semblante de no rehusar batalla, mandó al capitán Mercadillo que con sus caballos anduviese sobresaliente, o para contra los indios contrarios, o para remediar otra cualquier necesidad; y dijo a sus indios que arremetiesen a los otros, y por allí se comenzó la batalla que llaman de las Salinas, obra de media legua del Cuzco. Entraron en la ciénaga los arcabuceros de Pedro de Vergara y desbarataron una compañía de caballos contrarios, que fué gran desmán para los de Orgoños, que, conosciendo el daño, hizo soltar un tiro, el cual mató cinco españoles de Pizarro y atemorizó los otros; pero Fernando Pizarro los animó bien y a sazón, y dijo a los arcabuceros que tirasen a las picas arboladas, y quebraron más de cincuenta dellas, que mucha falta hicieron a los de Almagro. Orgoños hizo señal de romper con los enemigos; y como se tardaban algo los suyos, arremetió con su escuadrón solamente a FerGÓMARA: HISTORIA DE LAS INDIAS. -- T. II.

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nando Pizarro, que guiaba el lado izquierdo de su ejército con Alonso de Alvarado. Esperó dos españoles con su lanza, tiró una estocada a un criado de Fernando Pizarro, pensando que su amo fuese, y metióle por la boca el estoque. Hacía Orgoños maravillas de su persona; mas duró poco tiempo, porque cuando arremetió le pasaron la frente con un perdigón de arcabuz, de que vino a perder la fuerza y la vista. Fernando Pizarro y Alonso de Alvarado encontraron los enemigos de través, y derribaron cincuenta dellos, y los más juntamente con los caballos. Acudieron luego los de Almagro y Gonzalo Pizarro por su parte, y pelearon todos, como españoles, bravísimamente, mas vencieron los Pizarros y usaron cruelmente de la vitoria, aunque cargaron la culpa dello a los vencidos con Alvarado en el puente de Abancay, que no eran muchos y queríanse vengar. Estando Örgoños rendido a dos caballeros, llegó uno que lo derribó y degolló. Llevando también uno tendido y a las ancas al capitán Rui Díaz, le dió otro una lanzada que lo mató, y así mataron otros muchos después que sin armas los vieron; Samaniego, a Pedro de Lerma a puñaladas en la cama, de noche. Murieron peleando los capitanes Moscoso, Salinas y Hernando de Alvarado, y tantos españoles, que si los indios, como lo habían platicado, dieran sobre los pocos y heridos que quedaban, los pudieran fácilmente acabar. Mas ellos se embebieron en despojar los caídos, dejándolos en cueros, y en robar los reales, que nadie los guardaba, porque los vencidos huían y los vencedores perseguían. Almagro no peleó por su indisposición; miró la batalla de un recuesto, y metióse en la fortaleza como vio vencidos los suyos. Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado lo siguieron y prendieron, y lo echaron en las prisiones en que los había tenido.

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