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carne de caballos, que para eso degollaban, aunque valían a mil y más ducados. Llovióles muchos días ceniza, que lanzaba el volcán del Quito a más de ochenta leguas, el cual echa tanta llama y trae tanto ruido cuando hierve, que se ve más de cien leguas, y según dicen, espanta más que truenos y relámpagos. Abrieron a manos buena parte del camino: tales boscajes había. Pasaron también unas muy nevadas sierras, y maravilláronse del mucho nevar que hacía tan debajo la Equinocial. Heláronse allí sesenta personas; y cuando fuera de aquellas nieves se vieron, daban gracias a Dios, que dellas los librara, y daban al diablo la tierra y el oro, tras que iban hambrientos y muriendo. Hallaron muchas esmeraldas y muchos hombres sacrificados, ca son los de allí muy crueles, idólatras, viven como sodomitas, hablan como moros y parescen judios.

CXXVII

Cómo Almagro fué a buscar a Pedro de Alvarado.

Quizquiz, capitán de Atabaliba, viendo enajenarse el imperio de los ingas, procuró restaurarlo cuanto en su mano fué, ca tenía gran autoridad entre los orejones. Dió la borla a Paulo, hijo de Guaynacapa. Recogió mucha gente que andaba descarriada con la pérdida del Cuzco y púsola en la provincia que llaman Condesuyo, para dañar los cristianos. Pizarro envio allá a Hernando de Soto con cincuenta caballos; mas cuando llegó era partido Quizquiz a Jauja con pensamiento de matar y robar los españoles que allí estaban con el tesorero Alonso Riquelme. Acometiólos, mas defendiéronse. Fué Pizarro avisado desto, y despachó corriendo a Diego de Almagro con muchos de caballo, ca le mucho escocía haber dejado en Jauja gran di

nero con chico recado, y también para que fuese, después de socorrido Jauja, a saber de Pedro de Alvarado, que tenía nueva cómo venía al Perú con mucha gente; y, o no consentirle desembarcar, o comprarle la armada. Fué, pues, Almagro, juntose con Soto y corrieron entrambos de Jauja a Quizquiz: y con tanto se partió para Tumbez a mirar si venía o andaba por aquella costa Pedro de Alvarado con su flota. Supo allí como Alvarado desembarcara en Puerto Viejo. Volvió a Sant Miguel por más hombres y caballos, y caminó a Quito. En llegando allá se le sometió Benalcázar. Comenzó a capitanear, conquistó algunos pueblos y palenques de aquel reino que no se habían podido ganar; pasó el río de Liribamba con mucho peligro, por ir muy crescido y por haber quemado los indios la puente, los cuales estaban a la otra ribera con armas. Peleó con ellos, venció y prendió al capitán, que le dijo cómo a dos jornadas de allí estaban quinientos cristianos combatiendo un peñol del señor Zopozopagui. Almagro envió luego siete de caballo a ver si aquello era verdad, para proveer lo que conviniese siendo Alvarado o alguno otro que quisiese usurpar aquella tierra. Alvarado cogió los siete corredores, informóse dellos muy por entero de todo lo que Francisco Pizarro había hecho y hacía y del mucho oro y gente que tenía y cuántos eran los españoles que con Almagro estaban. Soltólos, y acercóse al real de Almagro, con propósito de pelear con él y echarlo de allí. Almagro que lo supo, temió; y por no arriscar su vida y su honra si a las manos viniesen, ca tenía doblada gente menos, acordó irse al Cuzco y dejar allí a Benalcázar, como primero estaba. Filipillo de Pohechos, que descontento y enojado estaba, se pasó al real de Alvarado con un indio cacique y le dijo la determinación de Almagro; y si le quería prender, que fuese luego aquella misma noche y hallaría poca resistencia, y él sería la guía. Ofrecióle asimesmo de acabar con los seño

res y capitanes de toda aquella tierra que fuesen sus amigos y tributarios, que ya lo había recabado con los que tenía presos Almagro. Holgó Alvarado con tales nuevas; caminó con su gente, y fué a Liribamba con las banderas tendidas y orden de pelear. Almagro, que sin gran vergüenza suya no podía partirse, esforzó sus españoles, hizo dos escuadras dellos y aguardó los contrarios entre unas paredes, por más fuerte. Ya estaban a vista unos de otros para romper, cuando comenzaron muchos de ambas partes a decir: «Paz, paz.> Estuvieron todos quedos, y pusieron treguas por aquel día y noche para que se viesen y hablasen entrambos capitanes. Tomó la mano del negocio el licenciado Caldera, de Sevilla, y concertólos así: que diese Alvarado toda su flota, como la traía, a Pizarro y Almagro por cien mil pesos de buen oro, y que se apartase de aquel descubrimiento y conquista, jurando de nunca volver allá en vida dellos; el cual concierto no se publicó entonces por no alterar los de Alvarado, que bravos y deseosos eran; antes dijeron que habían hecho compañía en todo, con que Alvarado prosiguiese el descubrimiento por mar y ellos las conquistas de tierra; y con esto no hubo escándalo ninguno. Aceptó Alvarado este partido, por no ver tan rica tierra como le decían; y Almagro ganó mucho en darle tantos di

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No tuvo Almagro de qué pagar los cien mil pesos de oro a Pedro de Alvarado por su armada en cuanto se halló en aquella conquista, aunque hubieran en Caramba un templo chapado de plata, o no quiso sin Pizarro, o por llevarlo primero donde no pudiese desha

cer la venta, así que se fueron ambos a Sant Miguel de Tangarara. Alvarado dejó muchos de su compañía a poblar en Quito con Benalcázar, y llevó consigo los más y mejores. Benalcázar pasó mucho trabajo en su conquista, así por ser la gente muy guerrera, que también pelean con honda las mujeres como sus maridos. Almagro y Alvarado supieron en Tumebamba cómo Quizquiz iba huyendo de Soto y de Juan y de Gonzalo Pizarro, que lo perseguían a caballo, y que llevaba una gran presa de hombres y ovejas (1), y más de quince mil soldados. Almagro no lo creyó, ni quiso llevar los cañares que se le ofrecían dar en las manos a Quizquiz con todo su ejército y cabalgada. Cuando llegaron a Chaparra toparon a deshora con Sotaurco, que iba con dos mil hombres descubriendo el camino a Quizquiz, y prendiéronle peleando. Sotaurco dijo cómo Quizquiz venía detrás una gran jornada con el cuerpo de ejército, y a los lados y espaldas cada dos mil hombres recogiendo vituallas, que así acostumbraba caminar en tiempo de guerra. Aguijaron presto los de caballo, por llegar a Quizquiz antes que la nueva. Era el camino tan pedregoso y cuesta abajo, que se desherraron casi todos los caballos. Herráronse a media noche con lumbre, y aun con miedo no los tomasen los enemigos embarazados. Otro día en la tarde llegaron a vista del real de Quizquiz; el cual, como los vió, se fué con el oro y mujeres por una parte, y echó por otra que muy agra era toda la gente de guerra con Guaypalcón, hermano de Atabaliba. Guaypalcón se hizo fuerte en unas altas peñas, y echaba galgas, que dañaron mucho a los nuestros. Mas fuese luego aquella noche, porque se vió sin comida y atajado. Corrieron tras él los de caballo y no lo pudieron desbaratar, aunque le mataron algunos. Quizquiz y Guaypalcón se juntaron y se fueron a Quito, pensando que pocos o ningunos españoles que

(1) Son estas ovejas las llamas del Perú. (Nota D).

daron allá, pues venían alli tantos. Hubieron un reno cuentro con Sebastián de Benalcázar, y fueron perdidosos. Dijeron los capitanes a Quizquiz que pidiese paz a los españoles, pues eran invencibles, y que le guardarían amistad, pues eran hombres de bien, y no tentase más la fortuna, que tanto los perseguía. El los amenazó porque mostraban cobardía, y mando que le siguiesen para rehacerse. Replicaron ellos que diese batalla, pues les sería más honra y descanso morir peleando con los enemigos que de hambre por los despoblados. Quizquiz los deshonró por esto, jurando castigar los amotinadores. Guaypalcón entonces le tiró un bote de lanza por los pechos; acudieron luego con hachas y porras otros muchos, y matáronlo; y así acabó Quizqniz con sus guerras, que tan famoso capitán fué entre orejones.

CXXIX

Alvarado da su armada

у
recibe cien mil

pesos

de oro.

A pocas leguas de camino, ya que Quizquiz iba huyendo, toparon nuestros españoles su retaguarda, que como los vido se puso a defender que no pasasen un río. Eran muchos, y unos guardaron el paso y otros pasaron el río por muy arriba a pelear, pensando matar y tomar en medio los cristianos. Tomaron una serrezuela muy áspera por ampararse de los caballos. Y allí pelearon con ánimo y ventaja. Mataron algunos caballos, que con la maleza de la tierra no podían revolverse, e hirieron muchos españoles, y entre ellos a Alonso de Alvarado, de Burgos, en un muslo, que se le pasaron, y aina mataran a Diego de Almagro. Quemaron la ropa que no pudieron llevar. Dejaron quince mil ovejas y cuatro mil personas que por fuerza llevaban,

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