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des. Por relación de aquellos frailes, quisieron ir o enviar allá, con armada de mar y tierra, don Antonio Mendoza, virrey de la Nueva España, y don Fernando Cortés, marqués del Valle, capitán general de la mesma Nueva España y descubridor de la costa del sur; mas no se concertaron, antes riñeron sobre ello, y Cortés se vino a España y el virrey envió a Pedro de Alvarado, que tenía los navios arriba dichos, para concertarse con él. Fué Alvarado con su armada al puerto, creo, de Navidad, y de allí a Méjico por tierra. Concertose con el virrey para ir a Sibola, sin respecto del perjuicio e ingratitud que usaba contra Cortés, a quien debía cuanto era. A la vuelta de Méjico fuese por Jalisco para remediar y reducir algunos pueblos de aquel reino, que andaban alzados y a las puñadas con los españoles. Llegó a Ezatlán, do estaba Diego López de Zúñiga haciendo guerra a los rebeldes; fuése con él a un peñol donde estaban fuertes muchos indios. Combatieron los nuestros el peñol, y rebatiéronlos aquellos indios de tal manera que mataron treinta y les hicieron huir; y como estaban en alto y agro, cayeron muchos caballos la cuesta abajo. Pedro de Alvarado se apeó para mejor desviarse de un caballo que venía rodando derecho al suyo, y púsose en parte que le paresció estar seguro; mas como el caballo venía tumbando de muy alto, traía mucha furia

у presteza. Dió un gran golpe en una peña, y resurtió adonde Pedro de Alvarado estaba, y llevóle tras si la cuesta abajo, día de San Juan del año de 41, y dende a pocos días murió en Ezatlán, trecientas leguas de Cuauhtemallán, con buen sentido y juicio de cristiano. Preguntado qué le dolía, respondía siempre que la alma. Era hombre suelto, alegre y muy hablador; vicio de mentirosos. Tenía poca fe con sus amigos; y así le notaron de ingrato y aun de cruel con indios. Pasó muy mozo a las Indias; y porque llevaba un sayo y capa que le dió en Badajoz un su tío, del hábito de Santia

go, le llamaban muchos el Comendador; y así, cuando vino a España procuro y hubo el hábito de aquella orden, por que de veras se lo llamasen. Estuvo en Cuba; fué con Juan de Grijalva, y después con Fernando Cortés, a la Nueva España, en cuya conquista y guerras tuvo los cargos que la historia mejicana cuenta. Fué mejor soldado que gobernador. Casó por dispensación con dos hermanas, habiendo conoscido la primera, que fueron doña Francisca y doña Beatriz de la Cueva, y de ninguna tuvo hijos. Dejó por ellas a Cecilia Vázquez, honradísima mujer, para ganar, como ganó, el favor de Francisco de los Cobos, secretario privado del emperador. Pocas veces suceden bien tales casamientos. No quedó hacienda ni memoria dél, sino ésta y una hija que hubo en una india, la cual casó con don Francisco de la Cueva.

CCX

La espantosa tormenta que hubo en Cuauhtemallán, donde murió

doña Beatriz de la Cueva.

Hizo doña Beatriz de la Cueva grandes extremos, y aun dijo cosas de loca, cuando supo la muerte de su marido. Tiño de negro su casa por dentro y fuera. Lloraba mucho; no comía, no dormía, no quería consuelo ninguno; y así, diz que respondía a quien la consolaba, que ya Dios no tenía más mal que hacerle; palabra de blasfemia, y creo que dicha sin corazón ni sentido; mas paresció muy mal a todos, como era razón. Hizo las honras pomposamente y con grandes llantos y lutos. Empero, en medio de aquella tristeza y extremos entró en regimiento y se hizo jurar por gobernadora: desvarío y presunción de mujer y cosa nueva entre los españoles de Indias. Comenzó a llover

día de Nuestra Señora de Setiembre, y llovió reciamente aquel y otros dos días siguientes; después de los cuales bajó del volcán, a dos horas de media noche, una avenida de agua tan grande y furiosa, que derribó muchas casas de la ciudad, y la del adelantado la primera. Levantóse al ruido la doña Beatriz, y por devoción y miedo entróse a un oratorio suyo con once criadas. Subióse encima del altar y abrazose con una imagen, encomendándose a Dios. Cargó la fuerza del agua y derrocó aquella cámara y capilla, como a otras muchas de la casa, y ahogólas: fué muy gran desdicha, porque si ella estuviera queda en la cámara donde dormía no muriera, ca no se hundió, por tener mejores cimientos que las otras; y en quedar en pie aquello se tuvo a milagro por lo que había dicho y hecho. Todos son secretos de nuestro gran Dios, y dicen nuestras lenguas lo que sienten nuestros juicios. Unos escapan por huir del peligro, y otros mueren, como hizo esta señora. Murieron seiscientas personas en la ciudad, de aquella tormenta, y casa hubo en que se ahogaron cuarenta, y muchas que muy gran trecho se las llevaba enteras y en peso la corriente. Llevó también algunas personas de una casa a otra, y como venía muy crescida y con impetu, traía piedras y peñas tamañas como grandes cubas y como carabelas, que derribaban cuanto encontraban; las cuales quedaron allí para testimonio de tanto estrago. Vieron andar en la plaza y calles una vaca por medio del agua, con un cuerno quebrado y en el otro una soga rastrando, que arremetía a los que iban a socorrer la casa de doña Beatriz, y a un español que porfiaba lo atropelló dos veces, y no pensó escapar de sus pies y del cieno. Estaba otro español caído en tierra con su mujer y encima una gran viga: pasó por allí un negro no conoscido; rogáronle que les quitase la viga y ayudase a levantar. El negro preguntó si era Morales el caído, y como le dijo que si, alzó la viga, sacó al marido,

dejó ahogar la mujer y fuése corriendo por el agua y lodo. También cuentan que vieron por el aire y oyeron cosas de gran espanto. Pudo ser;_empero con el miedo todo se mira y piensa al revés. Tuvieron creído muchos que aquel negro era diablo, y la vaca, una Augustina, mujer del capitán Francisco Cava, hija de una que por alcahueta y hechicera azotaron en Córdoba; la cual había hechizado y muerto allí en Cuauhtemallán a don Pedro Portocarrero porque la dejaba, siendo su amiga; y el don Pedro traía siempre a cuestas o en ancas, cuando iba cabalgando, una mujer, y decía que no se podía valer de aquella carga y fantasma; y estando malo para morir, porfiaba que sanaria si Augustina lo viese; mas nunca ella lo quiso hacer, por enojo que dél tenía o por deshacer aquella ruin fama.

CCXI

Jalisco.

De Tecoantepec miden novecientas y treinta leguas hasta el cabo del Engaño, costeando el mar Bermejo; las cuales descubrieron Cortés y sus capitanes en diversos tiempos y navíos, salvo ciento y cincuenta leguas que descubrió Nuño de Guzmán en la costa de Jalisco. Fué Nuño de Guzmán gobernador en Panuco y presidente de Méjico; de donde, porque le quitaban del cargo por querellas que dél hubo, salió a conquistar a Jalisco, año de 31, con docientos y cincuenta caballos y quinientos españoles, muchos de los cuales llevó apremiados. Pasó por Mechuacán, do tomó al rey Cazoncin diez mil marcos de plata y mucho oro bajo, y otros seis mil indios para carga y servicio de su ejército y viaje, y aun lo quemó con otros muchos indios principales, por que no se pudiese quejar. Entró

luego en la provincia de Jalisco, y conquistó a Centliquipac, Chiametlán, Tonalla, Cuixco, Chamola, Culhuacán y otras tierras, en que le mataron hartos españoles, ca son valientes y muchos allí. Día le vino de pelear con veinte mil; mató también él y cativó asaż indios. Llamó a Centliquipac la Mayor España; a Jalisco, la Nueva Galicia, por ser región áspera y de gente recia. Pobló allí a Compostella, porque conformase el nombre con la de España; pobló en Tonalla a Guadalajara, por ser el natural de la nuestra; pobló las villas del Espíritu Santo, Concepción y Sant Miguel, que cae a treinta y cuatro grados. En Chiametlán visten las mujeres hasta en pies. Los hombres van con mantas cortas y traen zapatos de cuero, y llevan la carga en palos sobre los hombros, y una vez se rebelaron porque los cargaban en las espaldas, teniéndolo por afrenta. Ellas casi en todo este reino son grandes y hermosas; ellos, recios y belicosos: sus armas son como en Méjico; empero no traen los señores y capitanes arma ninguna en la guerra, sino unos bastones con que sacuden al que no pelea o se desmanda o nò guarda orden. Cuando no tienen guerra siguen la caza, que son gentiles flecheros. Es la tierra fértil y rica de plata y de cera y miel. Adoran ídolos, comen hombres y usan otros malos pecados. Prendieron a Nuño de Guzmán por quejas y agravios, y pusieron una audiencia de cuatro alcaldes, a la manera de nuestra Galicia. El primer obispo de Jalisco fué Pero Gómez de Malaver.

CCXII

Sibola.

Ponen trecientas y veinte leguas del cabo del Engaño a Sierras Nevadas, que son lo postrero por allí que hasta agora sabemos, las cuales descubrieron capita

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