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baliba fué preso, o muy poco antes. Pensó al principio Atabaliba que lo mataran, y por eso no quiso matar entonces a su hermano Guaxcar. Mas como tuvo palabra de su libertad y vida por el grandísimo rescate que prometió a Pizarro, mudó pensamiento, y ejecutólo cuando supo lo que Guaxcar había dicho a Soto y Barco; lo cual en suma fué que se tornasen con él a Caxamalca, por que no le matasen aquellos capitanes, sabida la prisión de su amo, que hasta allí no lo sabían. Que no solamente cumpliría hasta la raya, empero que hinchiría toda la sala, hasta la techumbre, de oro y plata, que era tres tanto más, de los tesoros de Guaynacapa, su padre; y que Atabaliba, su hermano, dar no podría lo que prometió sin robar los templos del Sol; y, finalmente, les dijo como él era el derecho señor de todos aquellos reinos, y Atabaliba, tirano. Que, por tanto, quería informar y ver al capitán de cristianos, que deshacía los agravios, y le restituiría su libertad y reinos, ca su padre Guaynacapa le mandara al tiempo de su muerte fuese amigo de las gentes blancas y barbudas que viniesen allí, porque habían de ser señores de la tierra. Era gran señor aquél y prudente, y sabiendo lo que habían hecho españoles en Castilla de Oro, adevinó lo que harían allí si viniesen. Atabaliba, pues, temió mucho estas razones, que verdad eran, y mandóle matar, y dijo a Pizarro que muriera de enojo y pesar. Algunos dicen que Atabaliba estuvo muchos días mustio, lloroso, sin comer ni decir por qué, para descubrir la voluntad de los españoles y engañar a Pizarro; al cabo de los cuales dijo por muchos ruegos cómo Quizquiz había muerto a Guaxcar, su señor, y lloró, al parecer de todos, muy de veras. Disculpóse de aquella muerte, y aun de la guerra y prisión, diciendo que había hecho aquello por defenderse de su hermano, que. le quiso tomar el reino de Quito, y concertarse con él; que para eso le mandaba traer. Pizarro lo consoló y dijo que no tuviese pena, pues era la muerte tan natu

ral a todos, y porque les llevaría poca ventaja, y porque, informado de la verdad, él castigaría los matadores. Como Atabaliba conoció que no se daban nada por la muerte de Guaxcar, hízolo matar. Sea como fuere, que Atabaliba mató a Guaxcar, y tuvieron alguna culpa Hernando de Soto y Pedro del Barco en no lo acompañar y traer a Caxamalca, pues le toparon cerca, y él se lo rogó; pero ellos quisieron más el oro del Cuzco

que

la vida de Guaxcar, con excusa de mensajeros que no podían traspasar la orden y mandamiento de su gobernador. Todos afirman que si ellos le tomaran en su poder, no le matara Atabaliba, ni escondieran los indios la plata, oro, piedras y joyas del Cuzco y otras muchas partes; que, según la fama de las riquezas de Guaynacapa, era sin comparación muy mucho más que lo que hubieron españoles, aunque fué harto, del rescate de Atabaliba. Dijo Guaxcar cuando lo mataban: «Yo he reinado poco, y menos reinará el traidor de mi hermano, ca le matarán como me mata.»

CXVI

Las guerras y diferencias entre Guaxcar y Atabaliba

Guaxcar, que soga de oro significa, reinó pacíficamente por muerte de Guaynacapa, cuyo hijo mayor y legítimo era, en el Cuzco y todos los señoríos del padre, que muchos eran y grandes, excepto en el Quito, que de Atabaliba era. Mas no le duró mucho aquella paz, porque Atabaliba ocupó a Tumebamba, provincia rica de minas, y al Quito, vecina, diciendo que le pertenescia como tierra de su herencia. Guaxcar, que dello fué presto sabidor, envió allá un caballero por la posta a rogar a su hermano que no alterase la tierra y que le diese los orejones y criados de su padre: y a los caña

res, que así se llamaban los de allí

, guardasen la fe y obediencia que dada le tenían. El caballero retuvo los cañares en obediencia, y como vió en armas a los de Quito, envió a pedir a Guaxcar dos mil orejones para reprimir y castigar los rebeldes; y en viniendo, se juntaron con él todos los cañares, chaparras y paltas, que vecinos eran. Atabaliba, que lo supo, fué luego sobre ellos con ejército, pensando estorbar o deshacer aquella junta. Requirióles antes de la batalla que le dejasen libre la tierra que por herencia y testamento de su padre poseía; y como ellos respondieron ser de Guaxcar, universal heredero de Guaynacapa, dióles batalla. Perdióla, y fué preso en la puente de Tumebamba yendo de huída. Otros dicen que Guaxcar movió la guerra, y que duró la pelea tres días, en los cuales murieron muchos de ambas partes, y a la fin Atabaliba fué preso; por cuya prisión y vitoria hicieron los orejones del Cuzco alegrías y grandes borracherías. Atabaliba entonces, como era de noche, rompió una gruesa pared con una barra de plata y cobre que cierta mujer le dió, y fuése al Quito sin que los enemigos lo sintiesen. Convocó sus vasallos, hízoles un gran razonamiento, persuadiéndolos a su venganza; díjoles que el Sol le había convertido en culebra para salir de prisión por un agujeruelo de la cámara donde lo tenían cerrado, y prometido vitoria si guerra diese. Ellos, o porque les paresció milagro, o porque lo amaban, respondieron que muy prestos estaban a seguirle; y así allegó un muy buen ejército, con el cual volvió a los enemigos y los venció una y más veces, con tanta matanza de gentes, que aun hoy día hay grandes montones de huesos de los que allí murieron. Entonces metió a cuchillo sesenta mil personas de los cañares, y asoló a Tumebamba, pueblo grande, rico y hermoso, que junto a tres caudales ríos estaba, con lo cual le cobraron todos miedo, y él ánimo de ser inga en cuantas tierras su padre tuvo. Comenzó luego a guerrear la tierra de su hermano;

destruía y mataba a los que se le defendían, y a los que se le rendían daba muchas franquezas y el despojo de los muertos. Por esta libertad lo seguían unos, y por la crueldad otros; y así conquistó hasta Túmbez

y Caxamalca, sin mayor contradicción que la de Puna, donde, según ya conté, fué herido. Envió muy gran ejército con Quizquiz y Calicuchama, sabios, valientes y amigos suyos, contra Guaxcar, que del Cuzco venía con innumerable hueste. Cuando entrambos ejércitos cerca estuvieron, quisieron los capitanes de Atabaliba tomar los enemigos por través, y apartáronse del camino real. Guaxcar, que poco entendia de guerra, se desvió a caza, dejando ir su ejército adelante por hacia donde caminaban los contrarios, sin echar corredores ni pensar en peligro ninguno, y topó con el campo contrario en parte que huir no pudo. Pelearon él y ochocientos hombres que llevaba hasta ser rodeado de los enemigos y presos. Apenas eran rendidos, cuando a más andar venían a socorrellos; y eran tantos, que ligeramente lo libraran, matando a los de Atabaliba, si Calicuchama y Quizquiz no los engañaran diciendo estuviesen quedos, si no, que matarían a Guaxcar; y pusiéronse a ello. Entonces temió él, y mandoles soltar las armas y llegar a consejo veinte señores y capitanes los más principales de su ejército a dar medio entre él y su hermano, pues lo querían, aunque fingidamente, aquellos dos capitanes; los cuales descabezaron en llegando a los veinte, y dijeron que otro tanto harían a Guaxcar si no se iban cada uno a su casa. Con esta crueldad y amenaza se deshizo el ejército, y quedó Guaxcar preso y solo en poder de Quizquiz y Calicuchama, que lo mataron, como dicho habemos, por mandado de Atabaliba.

CXVII

Repartimiento de oro y plata de Atabaliba.

Dende a muchos días que Atabaliba fué preso, dieron prisa los españoles que lo prendieron a la repartición de su despojo y rescate, aunque no era tanto cuanto prometiera, queriendo luego cada uno su parte, ca temían no se levantasen los indios y se lo quitasen, y aun los matasen sobrello. No querían asi mesmo esperar que cargasen más españoles antes de repartillo. Francisco Pizarro hizo pesar el oro y plata; después de quilatado, hallaron cincuenta y dos mil marcos de plata y un millón y trecientos y veintiséis mil y quinientos pesos de oro, suma y riqueza nunca vista en uno. Cupo al rey, de su quinto, cerquita de cuatrocientos mil pesos. Cupieron a cada español de caballo ocho mil y novecientos pesos de oro y trecientos y setenta marcos de plata; a cada peón, cuatro mil y cuatrocientos y cincuenta pesos de oro y ciento y ochenta marcos de plata; a los capitanes, a treinta y a cuarenta mil pesos. Francisco Pizarro hubo más que ninguno, y como capitán general, tomó del montón el tablón de oro que Atabaliba traía en su litera, que pesaba veinte y cinco mil castellanos. Nunca soldados enriquecieron tanto, tan breve ni tan sin peligro, ni jugaron tan largo, ca hubo muchos que perdieron su parte a los dados y dobladilla. También se encarescieron las cosas con el mucho dinero, y llegaron a valer unas calzas de paño treinta pesos; unos borceguís, otros tantos; una capa negra, ciento; una mano de papel, diez; un azumbre de vino, veinte, y un caballo, tres y cuatro y aun cinco mil ducados; en el cual pre. cio se anduvieron algunos años después. También dió Pizarro a los que con Almagro vinieron, aunque no

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