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la cual estaban por capitanes el oidor Cepeda y Juan de Acosta. Estando, pues, así todos con semblante de pelear, jugaba el artillería de ambas partes; la de Pizarro se pasaba por alto, y la de Gasca tiraba como al hito; y así acerto de los primeros tiros una pelota al toldo de Pizarro y matole un paje, por lo cual abatieron las tiendas los indios con mandamiento de Caravajal, el cual, que iba con los arcabuceros a escaramuzar, envió a decir a Pizarro que se apercibiese a la batalla, pensando que le acometerían los de Gasca con la furia y desorden que los de Centeno y Blasco Núñez; pero Hinojosa estuvo también quedo, porque se lo aconsejaban los que de Pizarro se le pasaban, afirmando que sin pelear vencerían. Estaban los ejércitos a tiro de arcabuz, y recogían Mendoza y Centeno, que a ese propósito se adelantaron un poco, los que se pasaban, entretanto que los unos y los otros arcabuceros escaramuzaban. Pedro Martín de Cecilia y otros alanceaban los que se iban de Pizarro; mas no podían detenerlos, ca se pasaron de un tropel treinta y tres arcabuceros, y luego arrojaron las armas en el suelo muchos, diciendo que no pelearían; y en breve se deshicieron los escuadrones. Y así embelesaron Pizarro y sus capitanes, que ni pudieron pelear ni quisieron huir, y fueron tomados a manos, como dicen. Preguntó Pizarro a Joan de Acosta qué harían, y respondiendo se fuesen a Gasca. «Vamos, dijo, pues, a morir como cristianos»; palabra de cristiano y ánimo de esforzado. Quiso rendirse antes que huir, ca nunca sus enemigos le vieron las espaldas. Viendo cerca a Villavicencio, le preguntó quién era; y como respondió que sargento mayor del campo imperial, dijo: «Pues yo soy el sin ventura Gonzalo Pizarro»; y entrególe su estoque. Iba muy galán y gentilhombre, sobre un poderoso caballo castaño, armado de cota y coracinas ricas, con una sobrerropa de raso bien golpeada y un capacete de oro en la cabeza, con su barbote de GÓMARA: HISTORIA DE LAS INDIAS.-T II.

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lo mesmo. Villavicencio, alegre con tal prisionero, lo llevó luego, así como estaba, a Gasca, el cual, entre otras cosas, le dijo si le parecía bien haberse alzado con la tierra contra el emperador. Pizarro dijo: «Señor, yo y mis hermanos la ganamos a nuestra costa, y en querella gobernar como su majestad lo había dicho no pensé que erraba.» Gasca entonces dijo dos veces que le quitasen de allí, con enojo. Dióle en guarda a Diego Centeno, que se lo suplicó. De la manera que dicho es venció y prendió Gasca a Gonzalo Pizarro. Murieron diez o doce de Pizarro y uno de Gasca. Nunca batalla se dió en que tantos capitanes fuesen letrados, ca fueron cinco licenciados, Cianca, Ramírez, Caravajal, Cepeda y Gasca, caudillo mayor, el cual iba en los delanteros con su zamarra, ordenaba la artillería y animaba los de caballo que corriesen tras los que huían. Fray Rocha lo acompañaba con una alabarda en las manos, y los obispos andaban entre los arcabuceses forzando los arcabuceros contra los tiranos y desleales. Saquearon al real de Pizarro, y muchos soldados hubo que tomaron a cinco y a seis mil pesos de oro, y mulas y caballos. Uno de Pizarro topó una acémila cargada de oro; derribó la carga y fuése con la bestia, no mirando el necio los líos.

CLXXXVI

La muerte de Gonzalo Pizarro por justicia.

Envió Gasca luego al Cuzco a Martín de Robles con su compañía que prendiese los huídos y guardase la ciudad de saco y fuego. Cometió la causa de Pizarro y de los otros presos al licenciado Cianca y mariscal Alvarado, los cuales, haciendo su proceso, sentenciaron trece dellos a muerte por traidores, y ejecutaron

la sentencia otro día de la batalla. Sacaron a Gonzalo Pizarro a degollar en una mula ensillada, atadas las manos y cubierto con una capa. Murió como cristiano, sin hablar, con gran autoridad y semblante. Fué llevada su cabeza y puesta en la plaza de Los Reyes, sobre un pilar de mármol, rodeado de una red de hierro, y escripto así: «Esta es la cabeza del traidor de Gonzalo Pizarro, que dió batalla campal en el valle de Xaquixaguana contra el estandarte real del emperador, lunes 9 de abril del año de 1548. Así acabó Gonzalo Pizarro, hombre que nunca fué vencido en batalla que diese, e dió muchas. Diego Centeno pagó al verdugo las ropas, que ricas eran, por que no lo desnudase, y lo enterró con ellas en el Cuzco. Ahorcaron y descuartizaron a Francisco de Caravajal, de Ragama; a Joan de Acosta, Francisco Maldonado, Joan Vélez de Guevara, Dionisio de Bobadilla, Gonzalo Morales de Almajano, Joan de la Torre, Pedro de Soria, de Calatañazor; Gonzalo de los Nidos, que le sacaron la lengua por el colodrillo, y otros tres o cuatro. Azotaron y desterraron muchos a las galeras y al Chili. Francisco de Caravajal estuvo duro de confesar. Cuando le leyeron la sentencia que lo mandaban ahorcar, hacer cuartos y poner la cabeza con la de Pizarro, dijo: «Basta matar.» Fué Centeno a verle la noche antes que lo matasen, y él hizo que no lo conocía; y como le dijeron quién era, respondió que, como siempre lo había visto por las espaldas, no lo conocía, dando a entender que siempre le huyó. Largo sería de contar sus dichos y hechos crueles; los contados bastan para la declaración de su agudeza, avaricia e inhumanidad. Había ochenta y cuatro años; fué alférez en la batalla de Rávena y soldado del Gran Capitán, y era el más famoso guerrero de cuantos españoles han a Indias pasado, aunque no muy valiente ni diestro. Dicen por encarecimiento: «Tan cruel como Caravajal»; porque de cuatrocientos españoles que Pizarro mató fuera de

batallas, después que Blasco Núñez entró en el Perú, él los mató casi todos con unos negros que para eso traía siempre consigo. Murieron casi otros mil sobre las ordenanzas, y más de veinte mil indios llevando cargas e huyendo a los yermos por no las llevar, do perecían de hambre y sed. Por que no huyesen, ataban muchos dellos juntos y por los pescuezos, y cortaban la cabeza al que se cansaba o adolecía, por no pararse ni detenerse; cosa que los buenos podían mirar y no castigar.

CLXXXVII

El repartimiento de indios que Gasca hizo entre los españoles.

En siendo degollado Pizarro, se fué Gasca al Cuzco con todo el ejército para dar asiento en los negocios tocantes al sosiego y contento de los españoles, al bien y descanso de los indios y al servicio del rey y de Dios, que lo más principal era. Como llegó, derribaron las casas de Pizarro y de otros traidores y sembráronlas de sal, y pusieron otra piedra con letras que dicen: «Estas casas eran del traidor de Gonzalo Pizarro.» Envió Gasca al capitán Alonso de Mendoza con gente a los Charcas a prender los pizarristas que allí huido habían y traer los quintos y tributos del rey. Envió eso mesmo a Grabiel de Rojas, a Diego de Mora y a otros, por toda la tierra, a recoger las rentas y quinto real. Hizo un pueblo entre el Cuzco y el Collao, que llaman Nuevo. Despachó al Chili a Pedro de Valdivia con la gente que seguirle quiso, y al capitán Benavente a su conquista, tierra hacia Quito, y rica de ganado y minas de oro. Proveyó a Diego Centeno para las minas de Potosí, que caen en los Charcas y que son las mejores del Perú, y aun del mundo, ca de un quintal de mineral sale medio de plata y

mucho más, y una cuesta hay allí, toda veteada de plata, que tiene media legua de alto y una de circuito. Dió licencia que se fuesen a sus casas y pueblos todos los

que tenían vecindad, vasallos y hacienda. Era todo esto para desecharlos de sí, que lo fatigaban pidiéndole repartimientos y en qué vivir. Salióse, pues, a Apurima, doce leguas del Cuzco, y allí consultó el repartimiento con el arzobispo de Los Reyes, Loaisa, y con el secretario Pero López, y dió millón y medio de renta, y aun más, a diversas personas, y ciento y cincuenta mil castellanos en oro, que sacó a los encomenderos. Casó muchas viudas ricas con hombres que habían bien servido al rey. Mejoró a muchos que ya tenían repartimientos, y tal hubo que llevó cien mil ducados por año, renta de un príncipe, si no se acabara con la vida; mas el emperador no la da por herencia. Quien más llevó fué Hinojosa. Fuése Gasca a Los Reyes por no oir quejas, reniegos y maldiciones de soldados, y aun de temor, enviando al Cuzco al arzobispo a publicar el repartimiento y a cumplir de palabra con los que sin dineros y vasallos quedaban, prometiéndoles grandes mercedes para después. No pudo el arzobispo, por bien que les habló, aplacar la saña de los soldados a quien no les alcanzó parte del repartimiento, ni la de muchos que poco les cupo. Unos se quejaban de Gasca porque no les dió nada; otros, porque poco, y otros, porque lo había dado a quien desirviera al rey y a confesos, jurando que lo tenían de acusar en Consejo de Indias; y así, hubo algunos, como el mariscal Alonso de Alvarado y Melchior Verdugo, que después escribieron mal del al fiscal, por vía de acusación. Finalmente, platicaron de amotinarse, prendiendo al arzobispo, al oidor Cianca, a Hinojosa, a Centeno y Alvarado, y rogar al presidente Gasca reconociese los repartimientos y diese parte a todos, dividiendo aquellos grandes repartimientos o echándoles pensiones, y si no, que se los tomarían

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