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Vela Núñez por ganar la gracia de Pizarro, y para más engañarle puso en poder del guardián de Sant Francisco veinte y cinco mil castellanos, y juróle sobre una hostia consagrada, delante el mesmo fraile, de no lo descobrir, ca Vela Núñez se recelaba mucho de lo que fué; y dende a tres o cuatro días lo dijo a Pizarro. El le mandó que continuase el trato para saber quiénes eran con Vela Núñez. Prendieron algunos, que con tormento confesaron el negocio, y degollaron a Vela Núñez sin darle tormento, que lo tuvo en mucho, y más aína que muchos querían, a persuasión del licenciado Caravajal, que le temía por haber usado de crueldad con su hermano Blasco Núñez.

CLXXV

Ida del licenciado Pedro Gasca al Perú.

Como el emperador entendió las revueltas del Perú sobre las nuevas ordenanzas y la prisión del virrey Blasco Núñez, tuvo a mal el desacato y atrevimiento de los oidores que lo prendieron y a deservicio la empresa de Gonzalo Pizarro; mas templó la saña por ser con apelación de las ordenanzas, y por ver que las cartas

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Francisco Maldonado, que Tejada muriera en la mar, echaban la culpa al virrey, que rigorosamente ejecutaba las nuevas leyes sin admitir suplicación, y también porque le había él mesmo mandado ejecutarlas, sin embargo de apelación, informado o engañado que así cumplía al servicio de Dios, al bien y conservación de los indios, al saneamiento de su conciencia y augmentación de su rentas. Sintió eso mesmo pena con tales nuevas y negocios, por estar metido y engolfado en la guerra de Alemania y cosas de luteranos, que mucho le congojaban; mas conociendo cuánto le

iba en remediar sus vasallos y reinos del Perú, que tan ricos y provechosos eran, pensó de enviar allá hombre manso, callado y negociador, que remediase los males sucedidos, por ser Blasco Núñez bravo, sin secreto y de pocos negocios; finalmente, quiso enviar una raposa, pues un león no aprovechó, y así escogió al licenciado Pedro Gasca, clérigo de Navarregadilla (1), del Consejo de la Inquisición, hombre de muy mejor entendimiento que dispusición y que se había mostrado prudente en las alteraciones y negocios de los moriscos de Valencia. Dióle los poderes que pidió y las cartas y firmas en blanco que quiso. Revocó las ordenanzas y escribió a Gonzalo Pizarro, desde Venlo, en Alemaña, por hebrero de 1546 años. Partió, pues, Gasca con poca gente y fausto, aunque con título de presidente, mas con mucha esperanza y reputación. Gastó poco en su flete y matalotaje, por no echar en costa al emperador y por mostrar llaneza a los

que

del Perú con él iban. Llevó consigo por oidores a los licenciados Andrés de Cianca y Rentería, hombres de quien se confiaba. Llegó al Nombre de Dios y, sin decir a lo que iba, respondía a quien en su ida le hablaba conforme a lo que dél sentía, y con esta sagacidad los engañaba, y con decir que si no le recibiese Pizarro se volvería al emperador, ca él no iba a guerrear, que no era de su hábito, sino a poner paz, revocando las ordenanzas y presidiendo en la Audiencia. Envió a decir a Melchior Verdugo, que venía con ciertos compañeros a servirle, no viniese, sino que se estuviese a la mira. Ordenó algunas otras cosas y fuése a Panamá, dejando allí por capitán a García de Paredes con la gente que le dieron Hernando Mejía y don Pedro de Cabrera, capitanes de Pizarro, porque se sonaba cómo

(1) En la provincia de Avila, partido del Barco de Avila. Otros dicen que fué natural de Navarredondilla, de la misma rovincia de Avila. (Nota D.) р

franceses andaban robando aquella costa y querían dar sobre aquel pueblo; mas no vinieron, ca los mató el gobernador de Santa Marta en un banquete.

CLXXVI

Lo que Gasca escribió a Gonzalo Pizarro.

Como Gasca llegó a Panamá, entendió mejor el estado en que la armada estaba y lo que se decía de Pizarro. Negociaba de callada cuanto podía, y viendo las fuerzas de Pizarro, que o se tenían de deshacer con otras mayores o con maña, escribió a Quito, a Nicaragua, a Méjico, a Santo Domingo y a otras partes por hombres, caballos y armas, y envió al Perú a Pedro Fernández Paniagua, de Plasencia, con cartas para los cabildos, haciéndoles saber su llegada con revocación de las ordenanzas, y dióle una carta del emperador para Gonzalo Pizarro, de creencia, en que disimulaba sus cosas, y otra suya muy larga y llena de razones y ejemplos, para que, dejando las armas y gobernación, se pusiese en manos del emperador, cuya suma era que traía revocación de las ordenanzas, perdón de todo lo pasado, comisión de ordenar los pueblos, con parecer de los regimientos, en provecho de los españoles e indios, licencia de hacer conquistas donde los que no tenían tuviesen repartimientos, oficios у

de comer, y que no confiase en los que hasta allí le habían seguido y amado, por cuanto lo dejarían, con el perdón que les daba el rey, o le matarían por servir a su alteza; y también le apuntó guerra si la paz

despreciaba.

CLXXVII

El consejo que Pizarro tuvo sobre las cartas de Gasca.

Entró Paniagua en Los Reyes y dió a Pizarro los despachos de Gasca a tiempo que solo estaba. Pizarro lo trató mal de palabra y no le mandó sentar, de que Paniagua se afrentó. Envió a llamar a Cepeda, que Francisco de Caravajal aun no era venido de los Charcas, para comunicalle las cartas. Cepeda, hallando enojado al uno y corrido al otro, hizo sentar a Paniagua y reprehendió a Pizarro, el cual le respondió, riendo: Por Nuestra Señora que me enojé porque me dijo que no podría salir con lo que había empezado.» Cepeda se salió, de que hubieron platicado un buen rato sobre muchos negocios, llevó consigo a Paniaga y aposentole en casa de Ribera el viejo, donde fue muy regalado, y le dió caballos en que anduviese, que era amigo de correr una carrera y parecer bien a caballo. Hubo muchos corrillos con la venida de Paniagua, y cada uno decía lo que deseaba. Pizarro no dió crédito a las cartas de Gasca ni a las palabras de Paniagua, creyendo muy cierto que todas eran para engañarlo. Llamó todas las personas principales, leyóles las cartas, pidióles sus pareceres, juró sobre una imagen de Nuestra Señora que cada uno podía decir libremente su parecer, y propuso el caso. No se confiaron todos; y así no hablaron muchos dellos con libertad, que ran, o si hubiera cartas de Hinojosa, que se dieran; Pizarro se ponía sin duda ninguna en manos de Gasca, porque no estaba allí Francisco de Caravajal para estorbar, lo, que era quien le aconsejaba se hiciese rey sin curar del rey.

más altercaron fué si dejarían llegar a Gasca o no, y dónde lo matarían, o allí después de venido, no haciendo lo que quisiesen ellos, o en Pa

si osa

Lo que

namá. El parecer más común fué que no le dejasen llegar, por ser así la voluntad de Pizarro, que tenía su esperanza en Hinojosa, y aun su fuerza. Algunos dijeron que también sería bueno despoblar a Panamá y Nombre de Dios, con otros muchos lugares, para que los reales no tuviesen comida ni servicio, y apoderarse de cuantos navios hubiese en toda la mar del Sur, para que nadie pudiese entrar en el Perú, y echar quinientos o más arcabuceros en Nicaragua, Guatimala, Tecoantepec y Jalisco, que levantasen por Pizarro la Nueva España y todas aquellas provincias, confiando hallar favor en muchos pobres y descontentos; y si no lo hallasen, robar y quemar los pueblos de la marina, para que tuviesen harto en sus duelos sin curar de los ajenos; empresa peor que la comenzada. Estando, pues, todos conformes, respondieron juntos en una carta, que así lo quiso Pizarro por autorizar su negocio, y que viese Gasca cómo toda la tierra era con él, y por estar înás seguro dellos, pues metían prendas firmando la respuesta. Firmaron la carta sesenta o más hombres principalísimos, y Cepeda el primero, como teniente general de Pizarro en guerra y en justicia.

Muy magnífico señor: Por cartas del capitán de la flota Pedro de Hinojosa supimos la venida de vuestra merced y el buen celo que trae al servicio de Dios nuestro señor y del emperador y al bien desta tierra. Si fuera en tiempo que no hubieran acontecido tantas cosas en esta tierra como han, después que a ella vino Blasco Núñez Vela, fuera bien, y todos holgáramos. Mas, empero, habiendo habido tantas muertes y batallas entre los que vivos somos y los que murieron, no solamente no sería segura la entrada de vuestra merced en estos reinos, pero sería total causa que del todo se asolasen. Ninguno hay de parecer que vuestra merced entre en ellos, ni aun sabemos si podríamos escapar la vida al que otro dijese, ni sería parte para ello el señor gobernador Pizarro, según en lo que todos

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