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CLXIV

De cómo Gonzalo Pizarro se hizo gobernador del Perú.

Al tiempo que pasaba en Los Reyes lo que dicho es entre Blasco Núñez y los oidores, se aderezó Gonzalo Pizarro en el Cuzco de lo que menester hubo para la jornada que comenzaba. Partiose para el virrey, publicando ir a suplicar de las ordenanzas, como procurador general del Perú, mas otro tenía en el corazón, y aun lo mostraba en la gente y artillería que llevaba, y en que no quiso acetar los partidos del virrey, que le hacía el provincial. Uno de los cuales era que por

el otorgamiento de la suplicación de las ordenanzas hiciesen al emperador un buen presente, y otro, que pagasen los gastos hechos sobre aquel caso. De Xaquixaguana se le huyeron a Pizarro Grabiel de Rojas, Pedro del Barco, Martín de Florencia, Juan de Saavedra, Rodrigo Núñez y otros; mas cuando llegaron a Los Reyes

estaba ya preso el virrey. Grande alboroto causó la ida de aquellos en el real de Pizarro, que eran principales hombres, y aun el Pizarro temió mucho. Volvió al Cuzco, rehízose de más gente y para la pagar tomó dineros y caballos a los vecinos que se quedaban. Dejó por su lugarteniente a Diego Maldonado, y caminó para Los Reyes. Topó a Pedro de Puelles y a Gómez de Solís, que le dieron grande ánimo y esperanza, con la mucha gente que levaban. Vió los despachos del virrey, que llevaba Baltasar de Loaisa, clérigo de Madrid; a Gaspar Rodríguez y a otros, ca se los tomaron los Caravajales cuando de Los Reyes huyeron. Vino Loaisa por un perdón o salvoconducto para muchos que se querían pasar al virrey y temían, y a dar aviso del camino, gente y ánimo que Pizarro traía. El virrey se le dió para todos, salvo para

Pizarro, Francisco de Caravajal y licenciado Benito de Caravajal, y otros así; de que mucho se enojaron Pizarro y su maestre de campo; y dieron garrote a Gaspar Rodríguez, Felipe Gutiérrez y Arias Maldonado, que se carteaban con el virrey. Este fué el comienzo de la tiranía y crueldad de Gonzalo Pizarro. Quemó dos caciques cerca de Parcos, y tomó hasta ocho mil indios para carga y servicio, de los cuales escaparon pocos, con el peso y trabajo. Espantó a Zárate y a Lorenzo de Aldana, según poco ha contamos, y amenazó a los oidores si no lo hacían gobernador, que era muy contrario al pleito homenaje que no mucho antes les enviara con el provincial fray Tomás de Sant Martín y con Diego Martín, su capellán; donde juraba como su voluntad ni la de los suyos era de apelar solamente de las ordenanzas y obedecer a la Audiencia como a señora, e informar al emperador de lo que a su majestad cumplía, contándole toda verdad; y que si por sobrecarta mandase guardar y ejecutar sus nuevas leyes, que lo haría llanamente aunque viese perder la tierra y los españoles, y que de solo virrey se temía, por ser hombre recio y favorecedor de las cosas de Almagro. Muchos tuvieron este homenaje por engaño. Llegó Pizarro a la ciudad de Los Reyes y asentó real a media legua, como si la hubiera de cercar y combatir. Pidió la gobernación, amenazando el pueblo; los más que dentro estaban querían que se diesen, temiendo la muerte o el saco, y porque deseaban desterrar para siempre las ordenanzas por aquella vía. Cepeda quisiera darle batalla, pues ya no le aprovechaban mañas, por estar suelto el virrey; requirió la gente y capitanes, y como le dijeron que no la podían dar, por habérseles ido a Pizarro muchos de sus soldados, ni convenía al servicio del rey ni a la seguridad de la tierra, por las muertes que haber podía, lo dejó. Entró Francisco Caravajal en la ciudad, sin contradición ninguna de noche. Prendió a Martín de Florencia, Pedro de Barco y

Juan de Saavedra, y ahorcólos, porque dejaron a Pizarro, y aun por tomar sus repartimientos, que muy buenos eran; y dijo que así haría a los que no quisiesen al señor Pizarro por gobernador. Mucho temor puso esta crueldad a muchos, y sospecha en algunos, y en otros deseo de Blasco Núñez; y todos en fin dijeron

que recibiesen por gobernador a Gonzalo Pizarro. Cepeda rehusaba, por quedar él en el gobierno y por no saber cómo lo trataría Gonzalo Pizarro. Mas empero, como no podía ofender ni resistir al contrario, y temía más al virrey, que libre andaba, que no a otro ninguno, fué del parescer que todos. Entró, pues, Gonzalo Pizarro en la ciudad de Los Reyes por orden de guerra, con más de seiscientos españoles bien armados, llevando su artillería delante, y con más de diez mil indios. Plantó los tiros en la plaza, y hizo alto allí con los soldados. Envió por los oidores, que estaban en audiencia en casa de Zárate, por estar enfermo, y dióles una petición, firmada de Diego Centeno y de todos los procuradores del Perú, que con él venían, en la cual les pedían que hiciesen gobernador a Gonzalo Pizarro, por cuanto así cumplía al servicio del rey, sosiego de los españoles y bien de los naturales. Ellos entonces le dieron una provisión de gobernador con el sello real, y a los cabildos otra para que le obedeciesen por consejo y voto de los oficiales del rey y de los obispos del Quito, Cuzco y Reyes y del provincial de los dominicos, y tomáronle pleito homenaje que dejaría el cargo en mandándolo el emperador, y que ejercitaría el oficio bien y fielmente a servicio de Dios y del rey y al provecho de los indios y españoles, conforme a las leyes y fueros reales. Pizarro lo juró asi, y dió fianzas dello ante Jerónimo de Aliaga. Protestaron del nombramiento y elección los oidores Cepeda y Zárate, diciendo cómo lo habían hecho de miedo, y asentáronlo en el libro de acuerdo. Tejada dijo que lo hacía de su voluntad y no

forzado, ca temió que lo matarían si contradecía, aunque sospecharon algunos que se hablaban con Pizarro y que todo aquello era fingido.

CLXV

Lo que Gonzalo Pizarro hizo en siendo gobernador.

Proveía oficios Gonzalo Pizarro y despachaba negocios por audiencia, en nombre del rey; empero, recelándose mucho de Cepeda, ca pensó que la prisión del virrey fuese_trato doble, pues ya estaba suelto y hacía gente en Túmbez con el oidor Juan Alvarez, y porque Juan de Salas, el licenciado Niño y otros, por congraciarse, le decían cuán mañoso, entendido y animoso era, y que lo prendería o mataría cuando menos pensase, ca por eso sustentó la gente de guerra y procuró darle batalla, y así dicen que entendía mejor que todos los del Perú la guerra y gobernación. Dicen también como Francisco de Caravajal, que gobernaba al gobernador, y otros capitanes del ejército trataron de matar los oidores, y nombradamente a Cepeda, temiendo que, o los mataría o desprivaría si tuviese cabida con el gobernador. Pizarro dijo que tenía por amigo a Cepeda, y que los otros no eran para nada; pero que lo tentasen, preguntándole algo en la consulta de lo que a él y a ellos tocase, y si respondiese a su gusto, que se fiasen dél, y si no, que le matasen. Fué Cepeda avisado desto por Cristóbal de Vargas, regidor de Lima, y por don Antonio de Ribera, cuñado y alférez de Pizarro, y hablaba en las consultas tan a favor de ellos, que luego ganó la gracia del gobernador y vino después a mandarlo todo y a tenerlos debajo el pie y tener ciento y cincuenta mil ducados de renta. No se daba Pizarro buena maña en conten

tar la gente, y así se le huyeron en un barco Iñigo Cardo,

Pero Antón, Pero Vello, Juan de Rosas y otros, y se fueron al virrey, que hacía gente en Tumbez, y hubo sobre ello algún bullicio, y Francisco de Caravajal ahogó al capitán Diego de Gumiel en su casa una noche, y lo sacó después a degollar a la picota, diciendo que con aquello escarmentaría, y lo colgó con un título a los pies: «por amotinador». Paresce que había hablado libremente contra el gobernador y maestro de campo, y reprehendido a un soldado que entrando en Los Reyes matara a un señor indio con arcabuz por su pasatiempo, el cual miraba la entrada de Pizarro en una ventana de Diego de Agüero. Tomó Pizarro cuarenta mil ducados de la caja del rey, con acuerdo de los oidores, oficiales y capitanes, para pagar

los soldados, diciendo que los pagaría de sus rentas, y que lo hacía también por tenerlos sujetos, pues metían prendas, votando que los tomase y diese para contra el rey. También dicen que repartió un empréstito entre los que tenían indios para sustentación del ejército; proveyó a muchos, de quien se confiaba, por sus tenientes, como fueron Alonso de Toro al Cuzco, Francisco de Almendras a los Charcas, Pedro de Fuentes a Arequipa, Hernando de Alvarado a Trujillo, Jerónimo de Villegas a Piura, Gonzalo Diez al Quito, y otros a otras villas; muchos de los cuales hicieron por el camino robos y muertes. Armó el navío do estaba preso Vaca de Castro, para enviar a Tumbez contra el virrey; mas Vaca de Castro se fué con él a Panamá, enviando a decir a Pizarro con un Hurtado cuán mal lo había hecho en hacerse gobernador y en descoyuntar con tormentos a sus criados Bobadilla y Pérez, por saber del tesoro que no había. Sacó también Pizarro poderes de todos los cabildos para el doctor Tejada y Francisco Maldonado, que los escogió por sus procuradores para enviar al emperador sobre la revocación de las ordenanzas y por confirmación del

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