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Juntó muchas balsas en que pasar a ella con gran ejército. El gobernador que allí estaba por Guaxcar, inga y señor de todos aquellos reinos, armó todos los isleños y una gran flota de balsas. Salióle al encuentro y dióle batalla, y vencióla, como eran los suyos más diestros en el mar que los enemigos, o porque Atabaliba fué mal herido en un muslo peleando, y convínole retirarse, y luego irse a Caxamalca a curar y a juntar su gente para ir al Cuzco, donde su hermano Guaxcar estaba con gran ejército. El gobernador de Puna, de que supo su ida, fué a Túmbez y saqueólo. No desplugo nada a Pizarro ni a sus españoles la disensión y revuelta entre los hermanos y reyes de aquellas tierras; y habiendo de pasar a ellas, quisieron ganar la voluntad y amistad del Atabaliba, que más a mano les caía, y enviaron a Túmbez los seiscientos cativos, que prometían hacer mucho por ellos; mas como se vieron libres, propusieron la obligación de su libertad, diciendo como los cristianos se aprovechaban de las mujeres y se tomaban cuanta plata y oro topaban, y lo hacían barrillas, con lo cual in dinaron el pueblo contra ellos. Embarcose, pues, Pizarro en los navios para Túmbez; envió delante tres españoles con ciertos naturales en una balsa a pedir paz y entrada. Los de Túmbez rescibieron aquellos tres españoles devotamente, ca luego los entregaron a unos sacerdotes que los sacrificasen a cierto ídolo del Sol, llamado Guaca; llorando, y no por compasión, sino por costumbre que tienen de llorar delante la Guaca, y aun guaca es lloro, y guay voz de recién nascidos. Cuando los navios llegaron a tierra no había balsas para salir, que las trasportaron los indios como se pusieron en armas. Salió Pizarro a tierra en una balsa con otros seis de caballo, que ni hubo lugar ni tiempo para más; y no se apearon en toda la noche, aunque venían mojados, como andaba mareta, y se les trastornó la balsa al tomar tierra, no la sabiendo regir. Otro día salieron los demás a

placer, sin que los indios hiciesen más de mostrarse, y volvieron los navios por los españoles que habían quedado en Puna, y Francisco Pizarro corrió dos leguas de tierra con cuatro de caballo, que no pudo haber habla con ningún indio. Asentó real sobre Túmbez e hizo mensajeros al capitán, rogándole con la paz y amistad; el cual no los escuchaba y hacía burla de los barbudos, como eran pocos, y dábales cada día mil rebates con los del pueblo, y mataba con los que fuera tenía los indios de servicio que por yerba y comida salían del real, sin rescebir daño ninguno. Pizarro hubo ciertas balsas, en que pasó el río con cincuenta de caballo una noche, sin que fuese de los enemigos sentido. Anduvo por mal camino y espesura de espinares, y amaneció sobre los enemigos, que descuidados estaban en su suerte. Hizo

gran
daño

y matanza en ellos y en los vecinos por los tres españoles que sacrificaran. El gobernador entonces vino de paz y se le dió por amigo,

y aun dió un gran presente de oro y plata y ropa de algodón y lana. Pizarro, que tan bien había acabado esta guerra, pobló a Sant Miguel en Tangarara, riberas de Chira. Buscó puerto para los navíos, que fuese bueno, y halló el de Paita, que es tal. Repartió el oro, y partiose para Caxamalca a buscar a Atabaliba.

CXIII

Prisión de Atabaliba.

Viendo Pizarro tanto oro y plata por allí, creyó la grandísima riqueza que le decían del rey Atabaliba; y concertando las cosas de la nueva ciudad de Sant Miguel y sus pobladores, se partió a Caxamalca. Atrajo de paz en el camino los pueblos que llaman Pohechos, por medio de Filipillo y de su compañero Francisqui

llo, que eran de allí y sabían español. Entonces vinieron ciertos criados de Guaxcar a pedir su amistad y favor contra Atabaliba, que tiránicamente se le alzaba con el reino, y le prometieron grandes cosas si lo hacía. Pasaron nuestros españoles un despoblado de veinte leguas sin agua, que los fatigó. En subiendo la sierra toparon con un mensajero de Atabaliba, que dijo a Pizarro se volviese con Dios a su tierra en sus navíos, y que no hiciese mal a sus vasallos ni les tomase cosa ninguna, por los dientes y ojos que traía en la cara; y que si ansi lo hiciese le dejaría ir con el oro robado en tierra ajena, y si no, que lo mataría y despojaría. Pizarro le respondió que no iba a enojar a nadie, cuanto más a tan grande principe, y que luego se volviera a la mar, como él lo mandaba, si embajador no fuera del papa y del emperador, señores del mundo; y que no podía sin gran vergüenza suya y de sus compañeros volverse sin verle y hablarle a lo que venía, que eran cosas de Dios y provechosas a su bien y honra. Atabaliba vió por esta respuesta la determinación que los españoles llevaban de verse con él por mal

por bien; pero no hacía caso dellos, por ser tan pocos, y porque Maicabelica, señor entre los pohechos, le había hecho cierto que los extranjeros barbudos no tenían fuerzas ni aliento para caminar a pie ni subir una cuesta sin ir encima o asidos de unos grandes pacos, que así llamaban a los caballos, y que ceñían unas tablillas relucientes, como las que usaban sus mujeres para tejer. Esto decía Maicabelica, que no había probado el corte de las espadas y presumía de gran corredor, ejercicio y prueba de indios nobles

y esforzados; empero otra cosa publicaban los heridos de Túmbez que en la corte estaban; así que Atabaliba tornó a enviar otro mensajero a ver si caminaban todavía los barbudos y a decir al capitán que no fuese a Caxamalca si amaba la vida. Respondió Pizarro al mensajero como no dejaría de llegar allá. Entonces el

indio le dió unos zapatos pintados y unos puñetes de oro, que se pusiese, para que Atabaliba, su señor, lo conociese cuando a él llegase; señal, a lo que se presumió, para le mandar prender o matar sin tocar en los demás. El los tomó e dijo riendo que así lo haría. Llegó Pizarro con su ejército a Caxamalca, y a la entrada le dijo un caballero que no se aposentase hasta que lo mandase Atabaliba; mas él se aposentó sin volverle respuesta, y envió luego al capitán Hernando de Soto con algunos otros de caballo, en que iba Filipillo, a visitar a Atabaliba, que de allí una legua estaba en unos baños, y decirle cómo era ya llegado, que le diese licencia y hora de hablalle. Llegó Soto haciendo corvetas con su caballo, por gentileza o por admiración de los indios, hasta junto a la silla de Atabaliba, que no hizo mudanza ninguna aunque le resolló en la cara el caballo y mandó matar a muchos de los que huyeron de la carrera y vecindad de los caballos; cosa de que los suyos escarmentaron

у

los nuestros se maravillaron. Apeóse Soto, hizo gran reverencia y díjole а lo que

iba. Atabaliba estuvo muy grave, y no le respondió del a él, sino hablaba con un su criado, y aquél con Filipillo, que refería la respuesta al Soto. Decían que se enojó dél porque se llegó tanto con el caballo, caso de gran desacato para la gravedad de tan grandísimo rey. Fué luego Fernando Pizarro, y hablóle por ser hermano del capitán, respondiendo en pocas palabras a las muchas; y por conclusión dijo que sería buen amigo del emperador y del capitán si volviese todo el oro, plata y otras cosas que había tomado a sus vasallos y amigos y se fuese luego de su tierra, y que otro día siguiente sería con él en Caxamalca para dar orden en la vuelta y a saber quién era el papa y el emperador, que de tan lejas tierras le enviaban embajadores y requirimientos. Fernando Pizarro volvió espantado de la grandeza y auctoridad de Atabaliba y de la mucha gente, armas y tiendas que había en su

real, y aun de la respuesta, que parecía declaración de guerra. Pizarro habló a los españoles, porque algunos ciscaban con ver tan cerca tantos indios de

guerra, esforzándolos a la batalla con ejemplo de la vitoria de Túmbez y Puna. En esto y en aderezar sus armas y caballos pasaron aquella noche, y en asestar la artillería a la puerta del tambo por do había de entrar Atabaliba; y como día fué, puso Francisco Pizarro una escuadra de arcabuceros en una torrecilla de ídolos que señoreaba el patio. Metió en tres casas a los capitanes Fernando de Soto, Sebastián de Benalcázar y Fernando Pizarro, que general era, con cada veinte de caballo; y él se estuvo a la puerta de otra con la infantería, que, sin los indios de servicio, serían hasta ciento y cincuenta. Mandó que ninguno hablase ni saliese a los de Atabaliba hasta oir un tiro o ver el estandarte. Atabaliba animó también los suyos, que braveaban y tenían en poco los cristianos, y pensaban hacer dellos, si peleasen, un solemnísimo sacrificio al Sol. Puso a su capitán Ruminagui con cinco mil soldados por la parte que los españoles les entraron en Caxamalca, por, si huyesen, que los prendiese o matase. Tardó Atabaliba en andar una legua cuatro horas: tan de reposo iba, o por cansar los enemigos. Venía en litera de oro, chapada y aforrada de plumas de papagayos de muchas colores, que traían hombres en hombros, y sentado en un tablón de oro sobre un rico cojín de lana guarnescido de muchas piedras. Colgabale una gran borla colorada de lana finísima de la frente, que le cubría las cejas y sienes, insignias de los reyes del Cuzco. Traía trecientos o más criados con librea para la litera y para quitar las pajas y piedras del camino, y bailaban y cantaban delante, y muchos señores en andas y hamacas, por majestad de su corte. Entró en el tambo de Caxamalca, y como no vió los de caballo ni menear a los peones, pensó que

de miedo. Alzóse en pie, y dijo: «Estos rendidos están.»

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