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dos de la sucesion porque estuvieran ó sus antecesores hubieran estado casados con descendientes del duque de Orleans? ó en otros términos ¿el derecho cierto é incon— testable de los descendientes de Felipe V al trono de Es— paña debia estinguirse porque esos descendientes se hubiesen enlazado á una familia que ha renunciado á los suyos? Evidentemente, esta tésis no es sostenible y basta para poner de manifiesto cuan errada es, enunciarla con precision.

Tal es por consiguiente la sustancia de la nota inglesa puesta en sus términos verdaderos y esenciales. En este argumento y solo en él se funda la protesta.

En principio pues está desnudo de todo fundamento. Los hechos prueban que la Europa ha pensado siempre así. En mi despacho del 5 de este mes os he citado tres ejemplos de matrimonios contraidos entre descendientes de Felipe V y príncipes de otras ramas de la casa de Borbon que habian renunciado al trono de España, y podria multiplicar estos ejemplos. Nunca se habia, no diré sostenido, pero ni pensado, que por consecuencias de estos matrimonios y como si la incapacidad que resulta de las renuncias fuese un hecho contagioso que se comunicase así de una rama á otra, estos descendientes de Felipe V hubiesen perdido sus derechos á la corona de España. No tiene hoy mas fundamento el sostener esto; porque la situacion creada por el casamiento de la Infanta con el señor duque de Montpensier no cambia absolutamente en nada la que fundó el tratado de Utrecht y que ha recibido así de hecho como de derecho, la adhesion de toda la Europa.

Despues de doce años de guerras, la Europa, é Inglaterra la primera entre las potencias europeas, creyeron que un nieto de Luis XIV y sus descendientes podrian sentarse en el trono de España, sin que peligrase el equilibrio europeo, mientras los nietos de Luis XIV se sentaran en el trono de Francia. Este grado de parentesco entre las dos coronas y los lazos que podian resultar de ellos entre los dos estados fueron aceptados plenamente á principios del último siglo por todas las potencias; y las garantías consignadas en el tratado de Utrecht para precaver la reunion en la misma cabeza de las coronas de España y Francia, les parecieron suficientes para sus intereses legitimos. Este es el derecho público de Europa, la situacion aceptada y arreglada en nombre del equilibrio europeo. Repito que los matrimonios que acaban de verificarse no alteran nada esta situacion, que no agregan nada á los grados de parentesco de las coronas de Francia y España; que no disminuyen en nada las garantías estipuladas por los tratados contra la union de estas dos coronas, y que no podrian por consiguiente dar legítimamente lugará ninguna protesta fundada en estos tratados y en el derecho público europeo. Tened á bien, señor conde, dar lectura á Lord Palmerston de este despacho.=GUIzoT.

IV.
LORD PALMERSTON AL MARQUES DE NORMANBY.
Foreing-office 31 de octubre de 186.

MILORD:

El gobierno de S. M. habria visto con gusto terminar las comunicaciones que han tenido lugar entre los dos gobiernos con motivo de los matrimonios españoles, con el despacho de M. Guizot fecha en 5 del corriente, y cuya

copia me ha sido trasmitida el 8 por el conde de Jarnac, si esta comunicacion no contuviese algunos alegatos y argumentos que el gobierno de S. M. no puede dejar enteramente sin respuesta.

El despacho de M. Guizot, lo mismo que el que dirige á V. E. al cual me contesta, trata de dos cuestiones: el casamiento de la Reina de España y el de la Infanta. Tengo muy poco que decir sobre la primera, y no me ocuparé de ella sino en cuanto tenga que tocarla al tratar de la segunda, y para expresar el voto síncero y ferviente del gobierno de S. M. de que esta union pueda contribuir á la dicha de la Reina y al bien estar del pueblo es— pañol. Es cierto que el gobierno de S. M. para contestar á las reiteradas solicitudes del gobierno español con motivo del matrimonio de la Reina, habia encargado al ministro de S. M. en Madrid, que recomendase otra combinacion, y habia invitado al gobierno francés á apoyar esta recomendacion. Pero al dar este consejo al gobierno español, el de S. M. británica no pretendió imponerle su eleccion, como parece darlo á entender el despacho de M. Guizot. El gobierno de S. M. no pedia mas, y nunca esperó que el gabinete francés recomendase esclusivamente el candidato que parecia preferible al primero. Sabiamos perfectamente, que si este candidato no era aceptado por la corte de España, el gobierno francés recomendaria otro, y yo declaré expresamente al conde de Jarnac, respondiendo á una pregunta que me dirigió, que el gobierno de S. M. habia dado ya su opinion, y no tomaria partido, en caso de que esta opinion no prevaleciese ni en pro ni en contra del otro candidato que el gobierno francés propusiera en seguida. Pero el hecho sobre que he llamado la atencion en mi precedente despacho es el siguiente: que mientras que á fines de agosto me mantenia el conde de Jarnac, como lo hacia M. Guizot con V.E., en la esperanza de que el conde Bresson recibiria órden de recomendar de acuerdo con Mr. Bulwer al candidato que el gobierno inglés deseaba indicar; con condicion de que en caso de que fuese rechazado este candidato, Mr. Bulwer recibiria órden de no oponerse á las recomendaciones que hiciera el conde Bresson en favor del otro; el conde Bresson, obrando en virtud de instrucciones que le habian sido enviadas de antemano de París, decidia la cuestion en Madrid contra el primer candidato. El gobierno de S. M. piensa que los ministros franceses habrian podido darle parte de estas instrucciones, en vez de continuar discutiendo las condiciones de una accion comun, de que, como resulta de dichas instrucciones, ya no podia tratarse. En cuanto á los puntos sobre que el gobierno francés espresaba entonces el deseo de una mútua y completa inteligencia, y que ahora parece dar á entender que el gobierno de S. M. no participaba de estas disposiciones, debe observarse que el gobierno de S. M. comunicó dos veces al francés las instrucciones enviadas á Mr. Bulwer, la primera in ertenso, y la segunda en sustancia; mientras que ninguna comunicacion semejante de las instrucciones enviadas al conde Bresson, ha sido nunca hecha al gobierno de S. M. No solamente no respondió el gobierno francés á esta muestra de confianza del británico, sino que hizo uso de ella con un objeto enteramente contrario al espíritu con que le habia sido dada; y aunque M. Guizot declara que Mr. Bresson no ha hecho uso de una manera pública ni oficial de mis instrucciones de 19 de julio á Mr. Bulwer, instrucciones cuya copia, comunicada confidencialmente á M. Guizot, fue trasmitida inmediatamente por él á M. Bresson; no niega, sin embargo, que el conde haya hecho uso de ellas de un modo no autorizado por el gobierno de S. M., al cual, y solo al cual, pertenecia determinar el uso que se debia hacer en Madrid de sus propias instrucciones al ministro de S. M. cerca de aquella corte. M. Guizot insiste en las primeras fases de estas negociaciones, y admite que desde su principio declaró espontáneamente el Rey de los franceses que no pretendia obtener la mano de la Reina de España para ninguno de sus hijos, y que deseaba que la Reina escojiese un esposo entre los descendientes de Felipe V, clasificaba que como lo hizo observar muy bien entonces el gobierno francés, excluia especialmente á todos los miembros de la familia real de Francia. Pero seguramente estas declaraciones se referian á un principio, y no solamente á una persona. La objecion cuya validez reconocia en ellas S. M. el rey de los franceses, era no que uno de sus hijos fuese esposo de Isabel de Borbon, sino que fuese esposo de la Reina de España: y el principio de esta objecion no debe restringirse en su aplicacion al matrimonio de uno de sus hijos con la soberana reinante, sino que debe aplicarse evidentemente tambien á un matrimonio con la heredera inmediata de la corona. ¿Acaso el gobierno de S. M. es el solo que profesa esta doctrina? ¿Acaso es hoy la primera vez que se presenta? De ningun modo. Es una doctrina virtualmente admitida por el mismo Rey de los franceses en una época anterior. En efecto, M. Guizot alude en su despacho á ciertos empeños sobre los cuales habria dado á entender el gobierno francés en 27 de febrero de 1846, que si sucedia cierto acontecimiento, se consideraria libre y desembarazado de ellos. ¿Cuáles eran estos empeños? Era desde luego el contraido originaria y espontáneamente por S. M.

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