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Montemolin, limitaba el número de los candidatos á la mano de la Reina Isabel, segun el principio fijado, á uno de los dos hijos del Infante D. Francisco. La Reina madre en sus deseos seguia camino distinto, y del todo independiente. Consideraba como irrealizable el casamiento de su hija con el conde de Montemolin; y no miraba, ni miró nunca, con ardoroso afan la combinacion con ninguno de los dos hijos de su hermana, porque este proyecto se habia complicado años hacia con pasiones é intereses políticos, en que no habia estado muy de acuerdo la madre de la Reina con la familia de su hermana. Así que desecha la combinacion Trapany, se decidió positivamente en favor de la candidatura del príncipe Leopoldo de Cobourg, y dió á este propósito pasos directos. Alarmar debieron estos, y alarmaron grandedemente al gabinete francés viendo próximo á frustrarse su principio irrevocable de no aceptar para marido de la Reina de España á un príncipe aleman; pero el ministerio inglés no podia ni participar de esta alarma, ni admitir sin contradiccion el precedente de querer abrogarse la Francia el derecho de imponer condiciones tan restrictas á un pais independiente como lo era España, prescribiéndole la familia dentro de la cual habia necesariamente de elejir esposo para su soberana. Conmovió precisamente el fondo de este asunto la controversia suscitada oficialmente por una nota de Lord Aberdeen al duque de Sotomayor, en la que no se hacia mencion directa ni indirecta de lo que parecia haberse resuelto definitivamente en Eu; pero al paso que Lord Aberdeen amparó el ejercicio del libre derecho que tenia la España de casar á su Reina con quien mejor la pareciese, fiel á su compromiso, no dejó de reconocer y recomendar al gabinete español las ventajas efectivas de preferir á un príncipe de la familia de Borbon, descendiente de Felipe V; llevando Lord Aberdeen tan adelante su diestra lealtad, que dió conocimiento al gobierno francés de los recientes deseos y pasos del de Madrid en favor del príncipe Leopoldo de Cobourg. En tan superior posicion se hallaba el ministerio Tory respecto del de Francia, cuando el cambio de gabinete en Inglaterra vino á desnaturalizar enteramente toda la cuestion, conmoviéndola en sus fundamentos. Ningun hombre conocedor de los principios fundamentales de los gabinetes de París y de Lóndres en el año de 1846 pudiera abrigar duda siquiera, de que, sin la variacion de ministerio inglés, hubiese pensado el Rey de los franceses variar en lo mas mínimo la conducta y los acuerdos que con el go— bierno británico habia tomado de una manera tan solemne y sagrada. Mientras el candidato para marido de la Reina de España hubiese sido elejido entre los descendientes de Felipe V, y que por parte de la Inglaterra no se hubiese protejido ni apoyado claramente otro alguno que no tuviera las condiciones esenciales apetecidas por la Francia, no es posible que esta se hubiese separado acerca de la persona elejida, ni se hubiera tampoco apartado del acuerdo de Eu respecto del casamiento del duque de Montpensier con la Infanta, habiéndose resignado á esperar que la Reina hubiese tenido sucesion, ó al menos aplazádole por algun tiempo. La condicion mesurada y pacífica, llámese leal, ó califíquese de casi tímida, que habia acompañado siempre á la conducta observada por el Rey de los francéses desde su adveni— miento al trono en julio de 1830 en todas las cues— tiones exteriores, es una verdadera garantía para poder sustentar que no se habria desviado de sus propios principios en la época á que estos sucesos se refieren, si hubiese continuado Lord Aberdeen en la direccion de los negocios extranjeros de Inglaterra, con quien el acuerdo de Eu se habia verificado. En justo é inexcusable homenaje á la verdad es menester convenir en que la entrada de Lord Palmerston en el ministerio de relaciones exteriores, en el cual reemplazó á Lord Aberdeen, fué la sola y única causa de desnaturalizarse y variar las condiciones esenciales, en que la cuestion del matrimonio de la Reina de España se hallaba tan sólidamente colocada por las dos potencias de Francia é Inglaterra. Mas Lord Palmerston durante su administracion anterior deseoso de conservar en la península una supremacía de influencia sobre la Francia, habia equivocado notablemente los medios de conseguirlo; y con el calor comun de sus opiniones ardientes, volvió á sus mismos deseos, sin haber rectificado ninguno de sus anteriores errores: empezó con grave desacierto por no tener en cuenta, ni el influjo del tiempo transcurrido, ni las diferencias esenciales que por los acontecimientos posteriores á su salida del poder habian ocurrido en España, los cuales en verdad habian variado la fisonomía de todos los elementos influyentes en los negocios públicos. Prescindiendo, pues, de tan graves consideraciones, reprodujo completamente todas sus ideas antiguas, cada vez mas contento de la exactitud de ellas relativamente á nuestros asuntos. Volvió con mas pasion que prudencia á poner en juego para conseguir un influjo en nuestro pais superior al que creia ejercer la Francia, que fué siempre su sueño dorado durante su anterior ministerio, los mismos medios, absolutamente los mismos, que le habian dado por resultado la pérdida completa de su influencia y de su consideracion en España. La cuestion, pues, de la boda de la Reina la mezcló el ministro inglés lastimosamente con la cuestion de política general que le preocupaba, y le mantenia siempre bajo la impresion de ideas notablemente erradas. Nada hay mas cierto que, si Lord Palmerston no se hubiese apresurado á renovar sus antiguos medios de influjo en España, y no hubiera confundido la cuestion de la boda de S. M. con la de la política, conservando aquella en el mismo terreno y con las mismas condiciones en que la habia dejado Lord Aberdeen, las cosas habrian pasado completamente de otra manera. Pero siguió con notable equivocacion Lord Palmerston una línea de conducta impropia de la alta capacidad, que mi amistad personal con el noble Lord

se hace un deber de reconocer; verdad es que lo mismo ha sucedido mas de una vez á los hombres mas distinguidos de todos los paises, cuando han tratado de asuntos de España. Mas los resultados debian ser precisamente los que han sido. La importante serie de documentos diplomáticos que, aunque conocidos de todo el mundo, dejarian incompleto este trabajo sino hicieran parte de su Apéndice (1), demuestran hasta la evidencia esta verdad. Lord Palmerston desde sus primeras notas se desentendió, y aun puso en duda las actuaciones diplomáticas que en Eu habian pasado, y los solemnes acuerdos allí habidos entre los soberanos y los ministros de relaciones exteriores inglés y francés. Hizo aun mas al fijar, hipotéticamente candidatos á la mano de la Reina Isabel: cometió el error de no hacer ninguna especie de mencion del duque de Montpensier, dando con esto motivo, ó al menos pretexto plausible, al gabinete francés para suponerse desobligado de los compromisos que se habian contraido en Eu entre Lord Aberdeen y Mr. Guizot. Tampoco era mejor terreno, para combatir la boda de la Infanta Doña Luisa con el duque de Montpensier, el elegido por Lord Palmerston, buscando apoyo para ello en las envejecidas estipulaciones de Utrecht, ni en las renuncias de la casa de Francia, pues no se trataba directa ni indirectamente de la reunion de las dos coronas de España y Francia, único objeto de las renuncias: mil veces mejor hubiera sido

(1) V. documentos 17 y siguientes.

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