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como parages en que van á recibir el mayor bien posible y en que nada tienen que temer ni que sufrir. Pero es desconocer la índole de esta juventud el lisonjearse de que puede conducírsela al grande objeto que nos proponemos por un mismo camino, que el desenvolvimiento de sus facultades haya de verificarse de una manera igual; para esto es forzoso cerrar los ojos á la evidencia: por otra parte es un principio de derecho natural, ó por mejor decir, constituye el mismo derecho la fuerza que tiene que emplearse para compelernos al cumplimiento de nuestros deberes en los actos esternos; y si bien no ha de emplearse esta fuerza sino cuando haya infraccion de tales deberes, que esta fuerza es inútil cuando nosotros nos prestamos voluntariamente á su cumplimiento, lo mismo ha de verificarse ecsactamente en la conducta que es de observarse con los alumnos: sujetos á deberes, preciso es que los cumplan; si se niegan á ello, no divaguemos, no perdamos el tiempo en inútiles declamaciones, necesario es emplear la fuerza; desconocer esta verdad es prescindir de principios tan exactos, como acabo de establecer y frustrar el objeto de la educacion. ¿Pero hasta qué término debe estenderse esta fuerza ! Esta es toda la dificultad. La diferencia de índoles que ya he insinuado, las edades, los temparamentos, la robustez de los individuos diversifica tanto su empleo que en vano se pretendería fijar una regla general: hay penitencia, por suave que se suponga, que seria muy cruel inflijirla, á algun niño; hay otra que parece dura, que es muy saludable hacérsela tolerar á otros cuya torcida inclinacion urge mucho enderezar con violencia para que pueda crecer rectamente. Algun alumno no necesita mas que de una mirada para enrojecerse; pero otros tienen una frente de bronce, nada los altera, nada los sonroja. Escitar la aplicacion y la buena conducta por emulacicn ó por interes no deja de ser peligroso á la moral de los niños; y estimularlos á hacer el bien por el bien mismo lo comprenden las almas justas y moderadas; ¿ pero son justas y moderadas todas las almas! Lo que en general puede observarse sobre esta importante materia, es que el castigo sea proporcial á la pena y al culpable, que lo sea tambien á esta especie de faltas, que jamas sea corporal, y para evitar todo acto de violencia, forzoso es que el maestro tenga el discernimiento conveniente y no aplique á ciegas la misma pena, ó no observe la misma conducta con todos los alumnos. No es ménos importante que los padres no caigan en dos estremos que tienen las mismas consecuencias; á saber, que exijan una indulgencia para con sus hijos y no permitan que se les refrene en lo mas mínimo, sin comprender que asi los abandonan á sus malas propensiones y que pierden todos los sacrificios y los esfuerzos de la educacion y de la enseñanza; ó bien que se trasformen en acu

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sadores de sus mismos hijos y miren los colegios ó escuelas como casas de correccion, donde no solo hayan de castigarse las faltas cometidas allí, sino tambien aquellas en que hayan incurrido fuera: de esta manera hacen odiosas y temibles estas casas, donde la penalidad del estudio, la sujecion al órden y la frugalidad de la vida, presentan ya tan pocos atractivos á la

alegre juventud, que naturalmente apetece la holganza y la

libertad. Los colegios que están sujetos á la disciplina militar
tienen ya marcados los castigos, y la subordinacion y las in-
fracciones contra ella determinan bien claramente contra ella
el modo y la importancia de las penas. Las mortificaciones son
casi el único recurso que queda para los demas establecimien-
tos, y lo diré sin empacho, hay alumnos para quienes estas son
enteriormente infructuosas, los hay tambien por el contrario pa-
ra quienes son perjudiciales; pues habituándolos á castigos
que al fin no son muy molestos, y que se encuentran mil me-
dios de eludir, ó al ménos de aligerar, los empeñan en sus des-
arreglos, al principio de poca importancia, pero al fin trastor-
nos del órden establecido, y los endurece en este sistema de
oposicion que va connaturalizándose con ellos y que los pre-
dispone para ser en lo sucesivo enemigos del órden de la so-
ciedad, ademas de que tambien se pierde asi todo el fruto que
se proponen los padres, separando de su lado á sus hijos, y ha-
ciendo gastos no pocas veves en desproporcion de sus faculta-
des. Seria acaso muy saludable establecer una disciplina mi-
litar en todas las casas de educacion: el único inconveniente
que esto podria presentar es que haria demasiado obedientes
á la ley á los alumnos, y estamos en tiempos en que semejante
resultado seria un beneficio mas, y harto interesante que pro-
duciría la educacion.
Quizás algunos hallarán que me he estendido demasia-
do en esta materia, y lo que es peor, que no he sido tan
esplícito como acostumbro; pero hay mil dificultades, pues
no quisiera que se interpretasen mis palabras y se armase la
pedantería de una severidad ridícula, porque lo repito, todo
maestro que corrige del mismo modo á sus discípulos come-
te una injusticia y una necedad; y tampoco apetecería que
la impunidad hiciese malograr los beneficios de la educa-
cion, y dificultase el órden en unos establecimientos, donde
sin él nada puede aprovecharse, y cuya falta los muchachos
mismos son los primeros que la critican, y que se avergüenzan
interiormente de estar mal dirigidos, aunque por el momento
gocen y se complazcan en el desórden.
¿Son convenientes los exámenes con que se comprueba
el adelantamiento progresivo de los alumnos! Puesta la cues-
tion así, digo decididamente que no, porque no hay semejante
comprobacion. Era necesario que los examinadores fuesen

competentes, y esta circunstancia no la limito solo á la suficiencia, sino á la imparcialidad; porque son los mismos maestros los que preguntan, ó son otros de diferentes establecimientos; los primeros es claro que ya saben cuales deben ser sus cuestiones y hasta donde deben estenderse; los segundos por espíritu de cuerpo, propondrán cuestiones frívolas, ó por emulacion otras fuera de los límites de unos meros elementos. Si pregunta un estraño, por lo regular está animado de una indulgencia que no lo aparta de las dificultades, ó bien carece de la esperiencia de la enseñanza, y saliéndose de la esfera de los mismos elementos, ataca á los examinados como si hubiesen concluido ya aquellas materias. Las papeletas para que estos saquen á la suerte el punto sobre que ha de cuestionarles, no es un medio ménos ilusorio; el maestro ha arreglado de antemano las preguntas escritas en ellas y le menor variacion ya les haria desconocer el asunto de que se tratase; ademas de otras supercherías que aunque no son tan frecuentes como pretende la natural suspicacia de las gentes, no es imposible en la charlatanería y el interes que son tan comunes en todas las profesiones. Luego hay que advertir que el carácter de los mismos niños presenta otro obstáculo insuperable para discernir el verdadero mérito. Los hay tímidos sin que su suficiencia los anime; los hay tambien audaces y que la ignorancia les da mayor arrojo. Ya he indicado ántes la imposibilidad que ademas ofrece la manera de adquirir y el fin de los estudios; y todo nos hace ver que semejantes pruebas no lo son de ningun modo del saber que se ha conseguido. Cuando el ramo de enseñanza se ha concluido es ya diferente, y aunque no ha de perderse de vista que estos estudios son puramente elementales, en los que se aprende poco mas que métodos y fórmulas, y de consiguiente que las cuestiones deben hacerse dentro de este círculo, sin embargo, ya debe haber un rigor y una exactitud que nos convenza de que á lo ménos el examinando está en aptitud de ampliarlos, y que ya tiene la base sólida sobre que ha de elevarse este edificio. Pero se me replicará que entónces los institutos de enseñanza quedarán abandonados de la saludable vigilancia de la autoridad y de la no ménos importante é interesada de los padres: tan léjos estoy de esto, que yo desearia que se creasen como en Francia Inspectores de Universidad, que recorriesen siempre impensadamente los colegios y escuelas, que examinasen á puerta cerrada el estado de las clases, el procedimiento de los estudios, el adelantamiento progresivo de los discípulos, y que informasen á la autoridad competente de los males que advirtiesen, propusiesen el remedio, justificasen los adelantos y sin armarse de una severidad inoportuna ó de un espíritu de justificacion apasionado, ejerciesen su encargo con imparcialidad y moderacion; para lo que seria indispensable que los inspectores no ejerciesen la enseñanza, pues si el que examina es el rival del maestro del examinado, ya no hay probabilidad de que se ciña á estos justos términos. Los padres por otra parte tienen este derecho incontestable de intervencion; pero como rara vez lo pueden ejercer por sí mismos, seria de desear ó que se conformasen con el exámen de las personas suficientes que nombre el gobierno, ó que supieran elegir las despreocupadas, y que no pudiesen tener un fin torcido que los ilustrasen. En cuanto á los exámenes de grados universitarios las leyes toman todas las precauciones para que no se autoricen con títulos á los ignorantes, y cumpliéndolas escrupulosamente, no dejando á las pasiones ni al interes campo alguno para que frustren el saludable efecto de lo que aquellas disponen, puede asegurarse que siempre tendrán estos actos los resultados de justicia y moderacion que son tan de desearse en esta im

portante materia. Blas S. Millan.

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Seria ciertamente un trabajo curioso y acaso no indiferente para algunos ramos de las ciencias físicas y naturales la relacion cronológica de estos desastres con que la Providencia suele ostentar su invencible poder por medio del furoró desencadenamiento de los elementos de la naturaleza, de que no está exenta ninguna region del globo. Por lo ménos, estos hechos pertenecen á la historia de un pueblo, y nos parece que desenterrarlos de la profundidad de los tiempos, coordinarlos y ofrecerlos como apuntaciones útiles, será un trabajo fructuoso para los que deseen encontrar materiales de todo género en las investigaciones históricas.

No vamos á referir todas las calamidades que por nosotros han pasado, si bien tendriamos fuentes abundantes y de indudable orígen de donde tomarlas, porque esta tarea seria sumamente larga y exigiría demasiado tiempo; pero podemos hacer mencion de algunas con vista de documentos fidedignos, aunque en el intermedio de unos á otros de los acontecimientos que anotemos se hayan verificado otros que se han escapado á nuestra investigacion. Sin embargo, puede remediarse este inconveniente pues que en la série de nuestras publicaciones no será esta la única nota que insertemos sobre este particular.

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La ciudad de Cuba, único territorio en nuestra Isla á quien la naturaleza en su constitucion física y geolójica ha consignado este funesto poder de moverse en sus profundidades, como si solo á este precio debiera comprar ese tesoro que en ellas se encierra, la ciudad de Cuba, repetimos, nos ofrece en sus anales un acontecimiento para abrir la serie de calamidades ue vamos á someter á la narracion por un órden cronolójico. l 11 de Junio de 1766 sufrió en efecto el mas horrible de los terremotos que la han azotado. No tenemos á la vista los por

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