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mo objeto produce en otros una impresion diferente, y les disgusta, no lo estrañamos mucho, porque se sabe que la sensibilidad es diversa, y que no se debe disputar sobre sensaciones. ¿Sucede lo mismo cuando un objeto no solo agrada, sino que lo juzgamos bello? Cuando, por ejemplo; se pronuncia, que tal figura es noble y bella, que ese nacimiento ú ocaso del sol es bello, que el desinteres y la generosidad son bellas, que la virtud lo es tambien, si se nos contradice la verdad de semejantes juicios, no nos conformamos tan fácilmente, como ántes; no admitimos el disentimiento como un efecto inevitable de las diferentes semisibilidades; no se apela á nuestra sensibilidad, que naturalmente se termina en uno mismo; se apela, sí, á una autoridad que impone á uno propio como á los demas, á la de la razon. Se cree cada cual con derecho de acusar el error del que contradice su juicio; porque ya este juicio no reposa sobre una cosa variable é individual, como una sensacion grata ó penosa. Lo agradable se limita para nosotros al recinto de nuestra propia organizacion, segun la salud ó la enfermedad, el estado de la atmósfera, nuestros nervios. Pero no sucede lo mismo con la belleza, esta como la verdad, no nos corresponde á nosotros, es un bien comun, es del dominio publico de la humanidad; nadie puede disponer de ella arbitrariamente; y cuando decimos, esto es verdadero, esto es bello, no es la impresion particular y variable de nuestra sensibilidad la que espresamos, sino el juicio absoluto que impone la razon á todos los hombres.

Confúndase la razon con la sensibilidad; redúzcase la idea de lo bello á la sensacion de lo agradable, el gusto no tiene ley, la distincion de bueno y del mal gusto queda abolida. Si no me agrada el Apolo de Belvedere se me dice que no tengo gusto; ¿Qué es esto? ¿No tenemos todos sentidos? ¿El objeto que admiran otros no obró sobre mí como sobre ellos? ¿La impresion que esperimento no es tan efectiva como la que esperimentan los demas? En qué consiste que estos tienen razon, no haciendo mas que espresar la impresion que reciben, y que yo no la tengo, verificando exactamente lo mismo! ¿Consiste en que son mas en número que no yo! Pero el número de votos no influye nada aquí. Si se define lo bello lo que produce en los sentidos una impresion agradable, una cosa que gusta, aunque no se verificase esto sino en un solo hombre, aunque el resto del género humano la encontrase horriblemente fea, debe llamarse sin embargo legítimamente bella por el que recibe una impresion agradable, pues que por su parte satisface á la definicion. Así no hay verdadera belleza, y sí solo bellezas variables, relativas, de circunstancias, de costumbre, de moda, y todas estas bellezas, á pesar de sus diferencias, serán todas legítimas, con tal de que encuentren sensibilidades á quienes agraden. Y como nada existe en el mundo, en la infinita diversidad de nuestras disposiciones, que no pueda agradará alguien, no habrá nada que no sea bello, ó por mejor decir, no habrá ni bello ni feo, y la Vénus de los Hotentotes será lo mismo que la de Médicis. Lo absurdo de las consecuencias demuestra lo absurdo del principio. No hay mas que un solo medio de evadirnos de ella el rechazar el principio, y reconocer que el juicio de lo bello es absoluto, y como tal, radicalmente diferente de la sensacion. En fin, y este es el último escollo de la filosofía que saca todas nuestras ideas de los sentidos, no existe en nosotros mas que la idea de una belleza imperfecta y finita, y al mismo tiempo que admiramos las bellezas reales que nos presenta la naturaleza, no nos elevamos á la de una belleza superior que Platon llama muy bien la idea de lo bello, y que siguiéndolo, todos los hombres de un gusto delicado, todos los artistas denominan lo ideal? ¿Si establecemos grados en la belleza de las cosas, no es porque los comparamos, muchas veces sin pararnos en ello, á este ideal que es la medida y la regla para nosotros sobre todas las bellezas particulares? ¿Cómo esta idea de la belleza absoluta envuelta en todos nuestros juicios sobre lo bello, como esta belleza ideal, que no podemos realizar. pero que nos es imposible dejar de concebir, nos será revelada por la sensacion, por una facultad variable y relativa como los objetos que percibe Despues de haber distinguido la idea de lo bello de la sensacion de lo agradable, podemos acercarnos á un fenómeno de otro órden, que depende tambien de la idea de lo bello, y le está unido por lazos tan íntimos, que los mejores jueces los han confundido. ¿No es cierto que al mismo tiempo que se juzga que este ó el otro objeto es bello, se siente tambien su belleza; esto es, se esperimenta á su vista una emocion deliciosa, y que es uno atraido á este objeto por un sentimiento de simpatía y de amor. En otros casos se juzga de otro modo, y se esperimenta un sentimiento contrario á este. La aversion acompaña al juicio de lo feo, como el amor al de lo bello, Miéntras mas bello es el objeto, mas vivo es el goce que procura al alma, mas profundo el amor sin ser apasionado. En la admiracion el juicio domina, pero animado por el sentimiento. La admiracion se acrecienta hasta el punto de imprimir en el alma un movimiento, un ardor que parecen esceder los límites de la naturaleza humana: este grado supremo de la admiracion y del amor se llama entusiasmo. La filosofía de la sensacion no esplica el sentimiento como la idea de lo bello, sino desnaturalizándolo: lo confunde con la sensacion agradable; de consiguiente para ella el amor á la belleza no es mas que el deseo. No hay teoría que contradigan mas los hechos. Lo primero la emocion íntima afecta á la percepcion de lo bello se distingue de la sensacion agradable en que esta emo. cion es posterior al juicio de lo bello, y que la sensacion le precede. En segundo lugar ¿qué es el deseo! Un movimiento del alma, que tiene por fin, oculto ó manifiesto, la posesion de su objeto. Pero el sentimiento de lo bello no tiende á la posesion, La admiracion es por su naturaleza respetuosa, miéntras que el deseo se dirige á profanar su objeto. El deseo es hijo de la necesidad. Supone en el que lo esperimenta una carencia, un defecto, y hasta en cierto punto un sufrimiento. El sentimiento de lo bello es la propia satisfaccion de sí mismo. El deseo es fogoso, impetuoso, adolorido. El sentimiento de lo bello, libre de todo apetito, y al mismo tiempo de todo temor, eleva é inflama el alma, y puede arrebatarla hasta el entusiasmo sin hacerle esperimentar la turbacion de las pasiones. El artista no apercibe mas que lo bello, en lo que el hombre sensual no advierte sino el atractivo ó el horror. En un bajel combatido por la tempestad, cuando los pasageros tiemblan á la vista amenazadora de las olas encrespadas, y al estrépito del rayo que retumba sobre sus cabezas, el artista queda absorto á la contemplacion de este sublime espectáculo. Vernet se hace amarrará un mástil para contemplar mas tiempo la tormenta en su belleza magestuosa y terrible. Luego que le asalta el miedo, cuando participa de la emocion comun, desaparece el artista, y no queda mas que el hombre. El sentimiento de lo bello es tan poco el deseo, que el uno y el otro se escluyen. Yo tomaré un ejemplo vulgar. Ante una mesa cargada de comidas y de vinos deliciosos, se despierta el deseo de gozar, mas no el sentimiento de lo bello. Pero supongo que en lugar de fijarme en el placer que me prometen todas estas cosas presentadas á mi vista, considero únicamente el modo con que están ordenadas y dispuestas en la mesa, y toda la simetría del banquete, entónces podrá sobrevenir el sentimiento de lo bello en cierto grado; mas, seguramente no será ni la necesidad ni el deseo de apropiarme esta simetría y este órden. Lo propio de la belleza no es de irritar ni de inflamar el deseo, sino de purificarlo y de ennoblecerlo. Miéntras mas bella es una muger, no de esa belleza comun y grosera que Rubens anima en vano con su ardiente colorido, sino de la belleza ideal que la antigüedad y la escuela romana y florentina han conocido solas, al aspecto de esta noble criatura, se templa mas el deseo por un sentimiento esquisito y delicado, algunas veces has

ta se reemplaza por un culto desinteresado. Si la Vénus del Capitolio ó la Santa Cecilia escitan, en uno deseos sensuales, este no está dispuesto para sentir lo bello. El sentimiento de lo bello es pues especial, como la idea de lo bello es simple; pero este sentimiento único en sí mismo ¿no se manifiesta mas que bajo una sola forma, y no se aplica sino á un solo género de belleza? Aquí tambien, y como siempre, interroguémos á la esperiencia. Cuando tenemos á la vista un objeto cuyas formas están perfectamente determinadas, y cuyo conjunto sea fácil de abrazar, una bella flor, una bella estatua, un templo antiguo; de una mediana magnitud, cada una de nuestras facultades se fija en este objeto, y reposa en él con una satisfaccion sin mezcla: nuestros sentidos perciben fácilmente sus pormenores, nuestra razon penetra la feliz harmonía de todas sus partes. Cuando este objeto ha desaparecido, nos lo representamos distintamente en su conjunto: tan determinadas y precisas son sus formas. El alma al contemplarlo esperimenta un júbilo dulce y tranquilo, una especie de embeleso. Considerémos, por el contrario, un objeto con formas indecisas é indefinidas, y que sin embargo sea muy bello: la impresion que esperimentamos es sin duda un placer, pero de otro órden. Este objeto no hiere todas las partes de nuestra comprension como el primero. La razon le concibe, pero los sentidos y la imaginacion se esfuerza en vano para llegará sus últimos limites: nuestras facultades se agrandan, se hinchan por decirlo así, para abrazarlo: pero se les escapa y las sobrepuja infinitamente. El placer que esperimentamos proviene de la grandeza misma de este objeto; pero al mismo tiempo semejante grandeza, hace nacer en nosotros yo no sé que sentimiento melancólico, por su misma desproporcion con nosotros. A la vista del cielo estrellado, de la mar inmensa, de montañas gigantescas, la admiracion está mezclada de tristeza. Porque estos objetos, finitos en realidad como todo el mundo, nos parecen infinitos en la impotencia en que estamos de comprender su inmensidad, é imitando lo que verdaderamente no tiene límites, despiertan en nosotros la idea de lo infinito, esta idea que exalta y confunde á la vez nuestra inteligencia. El sentimiento correspondiente que esperimenta el alma es un placer Se VerO. Estos son dos sentimientos muy diferentes: por esto se les han designado nombres distintos; el uno ha sido llamado singularmente el sentimiento de lo bello, el otro el de lo sublime. Interviene tambien en la percepcion de lo bello otra facultad no ménos necesaria que el juicio y el sentimiento, que les anima y los vivifica, la imaginacion. Cuando la sensacion, el juicio, el sentimiento se han producido en mi con motivo de un objeto esterior se reproducen aun en la ausencia del mismo objeto esto es la memoria. La memoria es doble: no solamente me acuerdo que he tenido á la vista un cierto objeto, lo que me sugiere la idea de lo pasado; sino tambien me represento este objeto ausente, tal como estaba, como lo ví, lo sentí, lo juzgué: el recuerdo es entónces una imágen. En este último caso la memoria se ha denominado memoria imaginativa. Este es el fondo de la imaginacion; pero la imaginacion es mas todavía. El entendimiento aplicándose á las imágenes proporcionadas por la memoria, los descompone, escoge entre sus diversos rasgos, forma de ellos combinaciones é imágenes nuevas: Sin este nuevo poder: la imaginacion seria cautiva en el círculo de la memoria, miéntras debe disponer á su arbitrio de lo pasado y de porvenir, de lo real y de lo posible. ¿El don de afectarse fuertemente por los objetos y reproducir las imágenes desvanecidas y el poder de modificar estas imágenes para componer otras, apura lo que los hombres llaman imaginacion? No, ó á lo ménos, si son estos con efecto los elementos propios de la imaginacion, necesario es que alguna otra cosa se añada y los fecundice, á saber el sentimiento de lo bello en todo género. En este focus se enciende y se conserva el ardor de grande imaginacion. ¿Bastaba á Corneille, para componer á Horacio haber leido á Tito Livio, representarse vivamente muchas de sus escenas, penetrar los principales rasgos, y combinarlos felizmente! Necesitó tambien el sentimiento, el amor de lo bello, sobre todo del bello moral: le fué preciso pues aquel gran corazon de donde salieron las palabras del viejo Horacio. Ya es pues claro que no ha de limitarse la imaginacion á las imágenes propiamente dichas, y á las ideas que se refieren á objetos físicos, en los términos que la palabra parece exigirlo. Acordarse de los sonidos, escoger entre ellos, combinarlos para obtener efectos nuevos: no es tambien esto imaginacion, aunque el sonido no sea una imágen! El verdadero músico no posee ménos la imaginacion que el pintor. Se concede al poeta imaginacion cuando retraza las imágenes de la naturaleza, ¿se le rehusará esta misma facultad cuando retraza sentimientos? ¿Pero ademas de las imágenes y de los sentimientos, el poeta no emplea encumbrados pensamientos de justicia, de libertad, y de virtud, en una palabra de todas las ideas morales? ¿Podrá decirse que en esas pinturas morales, ya graciosas, ya enérgicas, no hay imaginacion? Se ve cual es la estension de la imaginacion; no tiene límites. Su carácter distintivo es agitar fuertemente el alma á la vista de todo objeto bello; y de agitarlo tan fuertemente con el solo recuerdo, y hasta á la idea de un objeto imaginario. Se le

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