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no darle lo de Guyoacan‘, ni Guaxaca, que sin ello serán mas de 23,000 vasallos. En sus negocíaciones tiene buen oomedimiento; pero en cada una de ellas nos pone en el mayor estrecho que puede, importunándonos, y molestán— donos con sus peticiones. Sabemos que no está contento de nosotros, y harto mal sería si lo estuviese, segun son sus pasiones. »

Ni paró aquí la guerra sorda que la Audiencia de Méjico, obedeciendo quizá ú órdenes secretas emanadas de la córte, hacía al marqués y á los suyos. En un despacho que tenemos á la vista‘, los oidores se quejan de que «‘ reinan ciertos aires de comunidad, n atribuyéndolo todo a’ que Cortés había procurado con algunos del Ayuntamiento de Méjico, que le llamasen para tratar del remedio de los males de la tierra; y que para conseguir dicho objeto se había reconcilíado con sus mayores enemigos, y aún con el mismo Nuño de Guzman, que tan hostil se había manifestado en todas sus cosas. Añaden que cc pasado San Juan, es fama que piensa ir á Teguantepeque á verse con su gran amigo Alvarado, y concertar con él los medios del alzamiento y comunidad que medita, » y concluyen diciendo : que convendria mucho á la paz y sosiego de la tierra que saliesen de ella hasta seis personas, que no nombran, por ser de suyo alteradas y escandalosas, y que S. M. mandase además llamar al marqués, de quien se entiende tiene en verdad deseos de volver ’, á España « por no haberle salido las cosas como él pensaba ».

Natural era que estas y otras quejas semejantes, repro

t Carta de los oidores de la. Nueva-España á la Emperatriz, de i° de Julior de 1532, en Muñoz, tomo LXXIX, fol. M8.

’ En efecto hay de este mismo año varios despachos de Cortés suplicando se le descargue del oficio de capitan general, y se le de licencia para regresar á la Península.

duoídas en los despachos sucesivos de la Audiencía produjesen los efectos que tanto deseaban los enemigos del marqués. El Consejo resolvió, pues, limitar aún más los poderes anejos á su cargo de capitan general, declarando que la intencion de S. M. al concederselo en 1529, había sido que en níngun caso pudiese hacer la guerra sin el eon— sentimiento y aprobacion de aquel tribunal, ni quitar y poner gobernadores y tenientes en los lugares de la Nueva» España, ni entrar con su persona en campaña. Tampoco debía exímirsele del pago del los diezmos á la Iglesía, á pesar de tener, como conquistador, bula especíal para ello. Por úln timo el establecimiento de oorregídores en ciertos pueblos de su señorio, y cuyos estipendios habían de ser pagados por los mismos vasallos, era una medida en extremo gravosa á sus intereses.

Mal podían el caraoter altivo y humor independiente de Cortés doblegarse ó las exigencías de un cuerpo, compuesto principalmente de eclesiásticos y letrados, sobre todo en materías que no parecían ser de su ínoumbencía. Así es que, despuós de varías protestas y reclamaciones que fueron

infruetuosas, salió de Méjico, aburrido, y se retiró á Coadna—

vac, la moderna Cuernavaca, consagrándose exclusivamente al fomento de la agricultura y de la industría, así como al beneficio de las minas de oro y plata en sus estados. Pero la vida tranquila y campestre no podía convenir al caracter inquieto y turbulento de Cortés, fuertemente impresionado con las nuevas que cada día llegaban ó sus oídos, de ricas provincías descubíertas, así en el seno mejicano, como en el mar del Sur y golfo de Californía. Ya en 1527, dos años antes de su vuelta á España, había envíado una expedicion á las Molucas, que no logró su objeto, puesto que uno de los navios cayó en manos de Nuño de Guzman, el gobernador de Nueva-Galicía, y el otro surgió en la bahía de Banderas, donde asaltado de improviso por los indios, fué degollada toda su tripulacion. Sin desanímarse por tan fatal contratiempo, Cortés empezó á fabricar segunda armada de cinco navios; pero durante su víaje á España, el gobernador Estrada mandó derramar los indios que entendían en la construccion, y prender al mayoral y maestros puestos por aquel. de suerte que perdidas las jarcías y el velamen, y podridos los navios en el astillero, nada pudo aprovecharse de aquel armamento. Ahora, pues, mas empeñado que nunca en descubrir lo que los marinos de aquel tiempo llamaban la vuelta del Poniente, y habíéndose trasladado á Teguantepeque, en la costa del Sur, mandó labrar en 1533 dos buenos navios, llamados Concepcion y San Lazaro, cuyo mando dió á Diego Bezerra de Mendoza. Una tempestad los separó, y el San Lázaro que mandaba Hernando de Grijalba, después de una larga y penosa navegacion por costas y maves desconocidos entró en Acapulco. La tripulacion de la otra nao, que era la oapitana y se llamaba la Concepcion, tuvo suerte harto desgracíada. Concertado su piloto, Fortun Ximenez, con los marineros que la componían, y muerto por ellos el capitan Bezerra, dirigió el rumbo á la costa de Motin, en la gobernacion de Nuño de Guzman, y saltó en tierra con veinte y dos hombres, que asaltados luego por los indios, murieron todos ó sus manos. Acudiendo en seguido la gente de aquel gobernador, fué apresado el navio y robado su cargamento.

Sabedor Cortés del nuevo atentado cometido por Guzman , pidió contra él á la Audiencía; mas viendo que esta no podía ó no queria hacerle justicía, determinó tomar en sus manos la venganza de tamaño agravio, para lo cual salió en direccion á Chíametla, acompañado de unos pocos, pero fieles amigos. Allí, después de haber recobrado la nao perdida, aunque no su cargamento, esperó la llegada de tres ber

gantines, que había hecho aprestar en Teguantepeque, y se hizo á la vela hácía el punto de la costa donde mataron á Fortun Xímenez, con objeto de reconocer la bahía de Santacruz y lugares Vecinos. Mas esta expedícion, como cásí todas las que Cortés dirigió al mar del Sur, no produjo resultados, y despues de haber perdido la mayor parte de su gente, y haber él mismo estado á pique de perecer, hubo de dar la vuelta á Nueva-España, donde acababa de llegar el Virey don Antonio de Mendoza.

Todavía en 1539 Cortés Volvió á hazer nuexro esfuerzo por penetrar, como él decía, los secretos del mar del Sur. Su paisano Francisco de Ulloa fué esta Vez el encargado de llevar adelante sus proyectos. Hizose á la vela en julio con tres embarcaciones de medíano porte y víveres para seis meses,y despues de haber penetrado hasta el fondo del golfo de Californiá, ó Mar Rojo de Cortés, como le llaman los escritores de aquel tiempo, dió la vuelta costeando aquella península, dobló su punta mas meridional, y subíó hasta el 23° grado de latitud norte por su costa occidental. Hecho esto, mandó ú la Nueva-España uno de sus navios con noticías de lo que había descubierto, é hizo rumbo al norte sin que se haya vuelto á saber de él. De esta manera concluyeron las empresas maritimas de Cortés, que segun su propía confesion consumieron lo mejor de su fortuna’, habíéndose visto obligado, para pagar los aprestos de esta última, á ‘empeñar las alhajas de la marquesa, sulmjujer.

Alsiguíente año volvió á España Cortés. En 15111 acompañó al Emperador á la desgracíada expedicion de Argél. Dispersada la escuadra por una furiosa tormenta, la almí

‘ Gómara refiriéndose á esta ultima cxpédicion, dice con su acostumbrada gracia : u mas fue el ruido que las nueces; pensaba Cortés hallar por aquella costa otra Nueva-España; pero no hizo más que gastar grandes tesoros con poco fruto. n

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ranta de Castilla en que Cortés iba embarcado, hubo de dar a través con otras once galeras de Andrés Doría, en un lugar de la playa proximo á aquella ciudad. A duras penas si se pudo salvar á nado con sus dos hijos don Luis y don Martin, llevando envueltas en un paño, y ceñídas al cuerpo, varías inestimables joyas y entre otras las cinco esmeraldas famosas que valían cien mil escudos: las mismas que en la confusion y aprieto cosiguíentes al naufragio, y en medio del combate con los alárabes y moros de la playa, hubíeron de caérsele y perderse para siempre, en un gran lodazar donde los españoles se metieron ‘.

El día dos de dízíembre de i5h7 Cortés entregaba su alma á Dios en Castilleja de la Cuesta, á los 63 años cumplidos de su edad; su cuerpo, depositado primeramente en el panteon de los duques de Medina-Sidonia, en Sevilla, fué traslado en 1562 por órden de su hijo don Martin, no á Coj ohcuan (Cuyoacán) segun lo dispuesto por él mismo en su testamento, sino al convento de San Francisco en Tezcuco, desde e cual fue llevado á otro de la misma órden enla capital.

Insensiblemente,y apartándonos de nuestro principal obj eto que era dar razon puntual de los documentos contenidos en esta publicacion, nos hemos ido engolfando en consideraciones, y narrando sucesos poco conocidos hasta bosquejar cási por completo la vida del ilustre conquistador de la Nueva-España. No era tal nuestro intento, sobre todo habiéndolo ya hecho de mano maestra uno de los escritores mas notables de nuestra época, el célebre Guillermo Prescott, á quien tanto debe la historía española de los siglos XV y XVI. Pero teniendo, como hemos tenido á la vista, la rica coleccion

í La anécdota la refieren Bernal Diaz y Gómara, si bien es de advertir que este último que dice haberse hallado en aquel desastre con Cortés, al tratar de este mismo asunto en su Cronica de los Bnrbarrojas, nada diga respecto á los joyas perdidas. Vease el Memorial Histórico, tom. Vl.

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