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los nobles de Gijon...

MUWUZA.

Los mas altivos gimen en el castillo aprisionados bajo algunos pretestos especiosos, y ya no temo el brio de su brazo, que oprimen y enflaquecen las cadenas. Mi cautela alejó de aquí á Pelayo, y el zelo de Tarif sabrá burlarse de sus solicitudes, prolongando la conclusion de una embajada inútil: si pretende Rogundo temerario alegar la razon de sus derechos, no sabré yo oprimirlo ó aplacarlo? Y cuando en fin todo ese feroz pueblo osare resistirme, los soldados que le guarnecen salvarán mi intento. La menor inquietud pondrá á mi lado los moros que se esparcen á la orilla del golfo de Cantabria. A congregarlos partió Kerin, y volverá muy presto. Nada me da temor. Si con halagos puedo vencer el pecho de Dosinda, será feliz mi suerte; mas si tantos desvelos no la obligan; si no logro la posesion de su adorable mano, tiemble de mi furor España toda. Esto ha de ser: Achmet á este palacio debes tii conducirla de mi órden: vé á decirla mi amor y mis cuidados, implora su piedad; mas sobre todo, si no bastan el ruego y el engaño, usarás del poder y la violencia. Kerin llega. Ya es tiempo ; retiraos,

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KSRIH.

He corrido, señor, en vuestro nombre desde la triple ara que el romano Apuleyo erigió en honor de Augusto, hasta el último puerto colocado sobre el inquieto Océano de Asturias. ¡ I.as tropas sarracenas , que á su cargo tiene el fuerte Alahor en esta costa, se van ya de su órden congregando, y estarán prontas al primer aviso: impacientes y altivos los^soldados esperan vuestra órden.

MUHUZA.

Yo agradezco

tu celo y obediencia, y entretanto que tomo otras medidas , ve al castillo, arregla su custodia, y á palacio vuelve despues á preparar la guardia. Sobre todo, Kerin , sigue los pasos de Rogundo, y observa sus acciones: Achmet de lo demas podrá informaros.

ESCENA V.

MUNUZA.

En fin, bella Dosinda, estos desvelos , síntomas de un afecto arrebatado, te abrirán un camino para el trono. Yo aspiro á ser tu esposo ; mas mi mano no osaria enlazarse con la tuya si no ganase un cetro. Ah ! si al halago de empuñarle se ablandan tus desdenes , dichosa la inquietud que le consagro.

De Gijon los soberbios moradores te verán en mi corte, y á mi lado, ceñida la diadema; en tu presencia doblarán la rodilla; y enlazados de nuevo los leones y las lunas , serán en mis insignias el espanto de los pechos rebeldes. Miserable del que á mi amor se oponga temerario!

FIN DEL ACTO PRIMERO.

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

DOSINDA, INGUNDA.

Gran salon del palacio de Munuza. Dosinda desde el fondo del teatro se va acercando al frente de la escena coo mucha pausa y con semblante lloroso y afligido; lngunda la sigue, demostrando tambien su sentimiento con algunos ademanes de compasion.

[donde estoy ? A qué mansion odiosa
(me han traído? Sin fuerza y sin aliento
puedo apenas mover con tardo paso
los fatigados y dolientes miembros.
Para este nuevo susto, cruel destino ,
me vuelves á la vida? Ah! yo preveo
los terribles combates que prepara
ámi inocencia un opresor violento.
Ah , hermano infeliz ! Ah , triste amante!
el dolor que amenaza á vuestro pecho
redobla la amargura del que sufro.

1NGUNDA.

Templad vuestro dolor, señora , el cielo
concede á mi lealtad en este trance
el que pueda asistiros. De mí afecto
oid la voz.

DOSINDA.

Ingunda, no interrumpas
el curso de las lágrimas que vierto;
combatida de angustias y temores ,
solo hallará en el llanto algun remedio
mi triste corazon.

INCIINDA.

Pero, señora,

no os dejeis oprimir'del sentimiento: yo os miro enternecida; vuestro llanto, vuestro dolor es justo , os lo confieso; pero en vez de ceder á esta desgracia, es forzoso pensar en el remedio. Una atrevida órden de Munuza os tiene en su palacio; sus intentos pueden conjeturarse: sin embargo yo no creo, señora , que violento olvide en un instante cuanto debe á vos y á D. Pelayo : sus deseos tal vez aspiran solo...

Doianu.

Calla, Ingunda,

no aumentes mi dolor. El mas violento insulto cometido en mi persona no me hará recelar? Tus ojos vieron con qué estremos de furia y de violencia me condujo su guardia: ni mis ruegos humildes, ni mis lágrimasjamargas pudieron reprimir el vil intento del inflexible Achmet. Abandonada de mi familia , sola, sin consuelo, y en un mortal desmayo sumergida , rt este odioso palacio me trajeron los crueles ministros de su órden; y cuando vuelvo á recobrar mi aliento... Oh, Dios! mira qué objetos se presentan á mis ojos. Y qué, temer no debo que Munuza atropelle mi decoro? Ah! despues de este arrojo sus intentos quizá pronto... Mas quién en esta angustia querrá darme favor? Querido dueño! Triste Rogundo! Adónde está tu brio? El honor de Dosinda está en gran riesgo; tu rival menosprecia su decoro, y tú no la defiendes? Qué, un perverso se atreverá á insultar á la que adoras?

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