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Por el sentido de este párrafo, pudiera deducirse que Blanca quedó desamparada y en la miseria y que el Sr. Conde de las Navas realizó la obra de caridad de hacerse cargo de ella, para educarla á sus espensas; y, como esto no fué así, conviene hacer constar que Espronceda dejó á su hija una casa (la ya citada de la calle de Espoz y Mina no I antiguo, 2o moderno, y de la Cruz 32) cuya renta no bajaba de seis mil pesetas y que el Sr. Conde se encargó de la niña no por un acto de misericordia sino como su Tutor y Curador ; siendo los albaceas testamentarios del padre, el mismo Sr. Conde y los Sres D. Juan Antonio Delgado, D. Eugenio Moreno Lopez y el Patriarca de las Indias o.

Tampoco necesitó el Conde colocarla en el Colegio de Tepa, por que ya estaba, en vida de su padre, en dicho Establecimiento de educación de señoritas, de la calle de Hortaleya, á cargo de la Sra. de Aguilar 5.

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Como respecto á la fecha de la muerte de Espronceda han existido las mismas dudas (aunque menos explicables en escritores como el P. Blanco y otros) que respecto á la de su nacimiento, no estará de más transcribir aquí la certificación correspondiente, que dice :

Yo el Doctor Don Carlos Rivadeneira, Presbitero, Cura Ecónomo de la Parroquia de San Sebastian de Madrid, certifico: Que en el libro cuarenta y cuatro de Difuntos, folio ciento veinte y seis vuelto, se halla la siguiente partida: = D. José de Espronceda. = Como Teniente mayor de Cura de la Parroquia de San Sebastian de esta M. H. Villa de Madrid, Provincia de su mismo nombre, mandé dar sepultura en el día de la fecha al cadáver de José de Espronceda, natural de Almendralejo, Provincia de Badajoz, de treinta y cuatro años de edad, de estado soltero, Secretario de la Legacion de Holanda y Diputado à Cortes por la provincia de Almeria, hijo del brigadier

1. Apendice no 5, A. 2. Apendice no 5, C. 3. Apendice no 5, C.

D. Juan de Espronceda y de Da María del Carmen Delgado, su mujer : falleció en 23 de Mayo de mil ochocientos cuarenta y dos, de una inflamación en la laringe, según certificacion del facultativo; hizo testanmento, y fueron testigos Ramon Nuñez y Antonio Miranda dependientes de esta parroquia. Y para que conste lo firmo á veinticuatro del mes y año referidos. = Antonio Pérez Arcas. = Concuerda con su original á que me remito. = Y para que conste lo firmo y sello en San Sebastian de Madrid á quince de Marzo de 19o8 = Doctor Carlos de Rivadeneira.

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El entierro se verificó, en efecto, el 24 de Mayo, con toda solemnidad y gran concurrencia, dando cuenta de él todos los periódicos, entre ellos El Corresponsal del que reproduzco el siguiente relato :

Vamos á cumplir un deber tan sagrado como triste, á tributar el último homenaje á la memoria de aquel que sólo algunas horas han bastado para robarlo á su patria, á la amistad y á la gloria. Por más que nuestras lágrimas empañen el papel en que escribimos, querennos dar á nuestros lectores una copia pálida seguramente, del espectáculo que ayer presenció Madrid.

Eran las cuatro y media de la tarde y un inmenso concurso llenaba el templo de San Sebastian, donde se hallaba depositado el cadáver de Espronceda, agolpándose en la Plaza del Angel y calles contiguas. Veíanse entre aquellos miles de personas cuanto encierra de noble y distinguido Madrid. El Congreso de los diputados iba casi en cuerpo : de las notabilidades literarias faltaria alguna; y finalmente, al lado de nuestros más ilustres artistas mirábanse jóvenes de la grandeza, oficiales del ejército y de la milicia, comisiones del Ateneo y del Liceo, senadores, generales, individuos del cuerpo diplomático, todos reunidos al pueblo, que no era el último en llorar la muerte de uno de sus nobles y generosos hijos. M. Viardot, esposo de la señora Paulina Garcia, representaba la literatura francesa en el cortejo fúnebre de un poeta cuya gloria es europea ciertamente.

El féretro fué colocado en un carro vestido de negro, conducido por cuatro caballos cubiertos con paños del mismo color. Sobre él veíanse esparcidas multitud de flores arrojadas de los balcones de la carrera, especialmente desde la balaustrada del Teatro del Príncipe.

1. Ninguno de estos nombres aparece en el testamento. Apendice no 5, C, pág. 46o ¿Serían testigos de la inscripción ó del entierro o

Algunos pobres de San Bernardino precedían al acompañamiento; los senadores y diputados por Almeria marchaban al lado del carro fúnebre, y los señores Patriarca de las Indias, Delgado y parientes del difunto, juntamente con el señor Presidente del Congreso y los señores conde de las Navas y Moreno, componían el duelo. Una música de la milicia nacional lo cerraba, y multitud de coches caminaban detras.

En extensas y silenciosas filas pasó la comitiva fúnebre por la calle de las Huertas, del Príncipe, Carrera de San Jerónimo, Plazuela de Cervantes, por frente del Jardin Botánico, hasta tocar á la puerta de Atocha. Llegados todos al cementerio de la sacramental de San Nicolás, entró el féretro en el reducido templo donde se apiñaba un inmenso concurso, rezándose el Oficio de difuntos. Desde allí, y antes de ir á ocupar el nicho en que yace, los señores que conducían el féretro lo pasaron al modesto albergue donde se guardan las cenizas de nuestro inmortal Calderon. En aquel augusto y santo recinto y á presencia de una docena de entrañables amigos del nuevo genio español, fué abierta la caja, y el Sr. Morraci, cogiendo una de las coronas de laurel que adornaban la urna donde se encierran los restos del autor de La vida es sueño, manifestó, á nombre de las tres personas que tuvieron el noble y patriótico pensamiento de trasladar las cenizas del gran poeta á aquel sagrado lugar, que ofrecía hoy aquella corona á D. José de Espronceda, en tanto que la posteridad concedía otra á su eterna memoria. El cadaver vestía un frac negro, y nosotros, que teníamos el triste deber de hallarnos en aquel recinto, queríamos devorar con nuestros llorosos ojos aquel semblante tan triste, tan pálido como cuando vivía; aquel semblante que tanto expresaba, que una vez visto es imposible olvidar.

Antes de cerrarse la losa fatal que guarda los fríos restos de Espronceda, la inmensa concurrencia oyó resonar el acento de otro poeta, que se complacía en llamarle su protector cariñoso, su inolvidable amigo, El Sr. Enrique Gil, con lágrimas que ahogaban su voz, y con una conmoción que le produjo una afeccion nerviosa, leyó los siguientes versos, oidos con una emocion silenciosa y aplaudidos vivamente por el concurso:

A Espronceda

¿Y tú tambien lucero milagroso,
Roto y sin luz bajaste
Del firmamento azul y esplendoroso,
Donde en alas del genio te ensalzaste ?
Gloria, entusiasmo, juventud, belleza
De tu gallardo pecho la hidalguia,
¿Cómo no defendieron tu cabeza
De la guadaña impia?

¿Cómo, cómo en el alba de la gloria,
En la feliz mañana de la vida,
Cuando radiantes páginas la historia
Con solicita mano preparaba,
Súbito deshojó tormenta brava
Esta flor de los céfiros querida ?
Aguila hermosa que hasta el sol subías,
Que los torrentes de su luz bebías,
Y luego en raudo vuelo
Rastro de luz é inspiracion traías
Al enlutado suelo;
¿Quién llevará las glorias españolas
Por los tendidos ambitos del mundo?
¿Quién las hambrientas olas
Del olvido y su piélago profundo
Bastará á detener? Tus claros ojos
No lanzan ya celestes resplandores;
Fríos yacen tus inclitos despojos;
Faltó el impulso al corazon y al alma :
En las ramas del sauce de tu tumba
El arpa enmudeció de los amores,
Y de tu noche en el silencio y calma
Trémula y dolorida el aura zumba!
Y yo
Yo á quien tu amor en sus potentes alas
Sacó de las tinieblas del desierto,
Que ornar quisiste con tus ricas galas,
Que gozó alegre en tu encumbrado nido
l)e tus cantos divinos al concierto
¿Qué tengo yo para adornar tu losa ?
Flores de soledad, llanto del alma,
Flores ay! sin fragancia deleitosa,
Hiedra que sube oscura y silenciosa
Por el gallardo tronco de la palma
¡Oh mi Espronceda ! ¡oh generosa sombra
¿Por qué mi voz se anuda en la garganta
Cuando el labio te nombra ?
¿Por qué cuando tu planta
Campos huella de luz y de alegría,

Y vuelves á la patria que perdiste,
Torna doliente á la memoria mía,
A mi memoria triste,
De tu voz la suavísima armonía ?
¡Ay! si el velo cayera
Con que cubre el dolor mis yertos ojos,
Menos triste de ti me despidiera ;
Blanca luz templaría mis enojos
Cuando siguiere tu sereno vuelo
Hasta el confin del azulado cielo.
Adios, adios la angélica morada
De par en par sus puertas rutilantes
Te ofrece, sombra amada;
Vé á gozar extasiada,
La gloria inmaculada
De Calderon, de Lope y de Cervantes.

Seguidamente, el elocuente diputado Sr. D. Joaquín Maria López alzó así su voz entrecortada por los sollozos : « ¡Que triste es, señores, el destino del hombre sobre la tierra Apenas hace seis meses que la voz de Espronceda resonó sobre las tumbas en versos melancólicos, para celebrar el valor y la gloria del infortunado Guardia. Entonces mi palabra se unió á la suya en honor del héroe, y hoy tengo que dirigirla al malogrado compañero. «No es extraño; por que si es triste la suerte del hombre, más triste es sin duda la suerte del génio. Este destello de la divinidad aparece de vez en cuando como una antorcha para alumbrar al mundo; pero atraviesa rápidamente el espacio cómo una exhalacion luminosa, sin dejar en pos de si más que una miserable pavesa y el doloroso recuerdo de su pasado resplandor. « Amarga es, por cierto, la prueba de esta verdad que hoy tenemos á la vista. Buscamos ansiosos al amigo, al compañero que ayer se sentaba á nuestro lado, que compartía nuestras tareas parlamentarias, y no encontramos otra cosa que sus fríos restos que nos guarda ese ataud. Cuarenta y ocho horas han bastado para segar en flor nuestras esperanzas y las del país; cuarenta y ocho horas han bastado para poner entre él y nosotros nada menos que un mundo entero y el mar sin limites de la eternidad. « Espronceda no había nacido ciertamente para vivir mucho. Su extremada sensibilidad debía hacer que sus impresiones fuesen más continuas y más profundas. Y las cosas que pasan por el alma de los hombres comunes rozando apenas y como resbalando sobre su tosca superficie, hacían en el alma del que lloramos una ancha herida, que ni el tiempo mismo podía cerrar, por que la

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