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Madrid, en el del Ministerio de la Guerra, en el militar de Segovia, en el de nuestro Ministerio de Estado y en el de la « Torre do Tombo » de Lisboa.

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Todos los datos coinciden en presentarnos á Espronceda rico, de buena presencia, niño mimado de la sociedad más distinguida, y de mucho talento, pero muy impresionable; no reuniendo condiciones para poder sustraerse á la influencia del medio y concurriendo en él todas las más abonadas para ser un fiel reflejo de las costumbres y de las ideas de su tiempo; tiempo que comprende el período más intensamente revolucionario de España y de toda la humanidad civilizada, tanto en el terreno político como en el filosófico y el literario.

LA EPocA DE ESPRONCEDA

Para que el lector pueda penetrar hasta que punto fué mi biografiado hijo del ambiente de su tiempo, y para que aprecie mejor su carácter, su vida y sus obras, empezaré el estudio de Espronceda por examinar el cuadro histórico dentro del cual se desarrolla y desenvuelve desde que nace hasta que deja de existir.

3.
* x.

Desde 18o8 hasta 1842 se consolida la independencia de América y se transforma Europa en sus luchas con Napoleón y por virtud de las semillas que había sembrado la Revolución francesa, las que no tardaron en germinar en todas las naciones del viejo y del nuevo mundo, llegando á su apogeo después de la restauración.

El modesto oficial de Artillería que figuraba como uno de tantos en las jornadas del 2o de Junio y del 1o de Agosto de 1792, en París, que revelaba su genio militar en el sitio de Tolón, arroiando de la plaza á los ingleses, y que, por su amistad con Barrás, salvaba á la Convención, ametrallando á los sediciosos en la escalinata de la iglesia de San Roque, no tarda mucho tiempo en ser el victorioso General que derrota á los austriacos en Montenotte, Millesimo, Dego, Mondovi, Lodi, Castiglione, Arcola y Mantua, y á los egipcios en Alejandría, ante los Pirámides, en el Cairo y en Siria, y que, con la aureola del vencedor, se apodera del gobierno de Francia, mediante el golpe del 18 Brumario, que lo eleva en el acto á primer cónsul, más tarde á cónsul vitalicio, y, por último, á Emperador. El que debía su rápido encumbramiento á los azares de la revolución, unidos á los laureles de la guerra, no podía prescindir de ésta y, en vez de devolver la paz al mundo, continuó peleando contra toda Europa, venciendo en 18o 5 á los austriacos en Ulm y á los rusos en Austerlitz, y en 18o6 á los prusianos en Jena. En 18o7 vence otra vez á los rusos en Friedland; y, para vencer á Inglaterra y arruinar su vida económica, decreta el bloqueo continental. Portugal le desobedece, y entonces firma con el Gobierno de Carlos IV el tratado secreto de Fontainebleau, por el que España dió paso franco á los veintisiete mil hombres de Junot, que invadieron el reino lusitano, y la flota española se unió á la francesa, con la cual fué deshecha en Trafalgar. Tras de Junot atraviesa Murat los Pirineos y se establece en Madrid, donde permanece mientras se desarrollan los tristes sucesos de Aranjuez, los no menos desdichados de Bayona y los tan sangrientos como gloriosos del día 2 de Mayo (del mismo año en que nació Espronceda) con que se inauguró la guerra de la independencia española en cuya batalla de Bailén fueron vencidas, por primera vez, las hasta entonces invencibles tropas imperiales. Desde entonces comienza á eclipsarse la estrella del gran Emperador, que en la posterior guerra de Austria es herido, aunque levemente, en Eckmuhl, y después del incendio de Moscow (cuando invade los dominios de Alejandro) ve deshacerse su ejército de las naciones entre la nieve de las estepas rusas. A continuación es derrotado en Leipzig; y más tarde invaden á Francia las fuerzas de sus enemigos coligados, que entran en París y obligan al coloso á redactar su abdicación y á trasladarse á la isla de Elba, de donde regresa á poco para volver á perturbar el mundo durante cien días más, al cabo de los cuales es vencido en Waterloo y conducido como prisionero á la isla de Santa Elena, donde hubo de morir. Desde que Brunswick penetró en Francia por encargo de Austria y Prusia, ó para mayor precisión, desde que Dumouriez lo detuvo en Valmy hasta la batalla de Waterloo, todas las energías de todos los pueblos europeos se concentraron en la lucha contra el francés, y toda su política estuvo supeditada, primero á la revolución y luego á Bonaparte, cuyos hermanos y parientes llegaron á reinar en España, en Italia, en Nápoles y en Westfalia. Después de Waterloo pasó la influencia al Austria, y al genio de la guerra de Napoleón siguió el de la diplomacia de Metternich, verdadero dictador del Congreso de Viena (y de los internacionales sucesivos), donde los vencedores de Francia arreglaron á su gusto el mapa de Europa, sin tener para nada en cuenta las condiciones de los países ni las aspiraciones de los habitantes sobre cuya suerte decidieron. Enemigo Metternich de las ideas democráticas, que la Revolución francesa había difundido, patrocinó el pensamiento de Alejandro de Rusia para la constitución de una Santa Alianza entre los soberanos interesados en mantener el absolutismo; mas, á pesar de todos sus esfuerzos, las doctrinas liberales continuaron ganando terreno é imponiéndose en todos los pueblos.

Desde la restauración hubo en Europa dos modos distintos de concebir el Gobierno : el absolutista y el constitucional. Cada país tuvo sus partidos contrapuestos, mantenedores de estos respectivos ideales; pero mientras los del primero perdieron, poco á poco, el campo, los del segundo lo fueron ganando cada vez más, como lo demuestra un ligero analisis de cada una de las naciones en que se luchaba. En Francia se acentuó la contienda más que en parte alguna; esforzándose Luis XVIII y Carlos X en robustecer la autoridad del trono con perjuicio de los constitucionales, que acabaron por destituir al segundo, en la famosa revolución de Julio de 183o (en la que tomó parte Espronceda), proclamando á Luis Felipe de Orleans, por sus ofrecimientos liberales, y destronándolo también el 48, por empeñarse después en no cumplirlos. Mazzini, refugiado á la sazón en Francia, cuando los emigrados españoles y de otras naciones absolutistas se agitaban en París, organizó (enfrente de la Santa Alianza de los reyes) la sociedad secreta titulada la Joven Europa, que se proponía derribar todos los tronos, convirtiendo á cada Estado en una república independiente. Su divisa era Libertad, Igualdad, Humanidad. Un Dios, un soberano, el pueblo, la ley de Dios; y en todas las naciones se formaron partidos con aquel programa, apareciendo la Joven Polonia, la Joven Rusia, la Joven Alemania y la Joven Italia. En Inglaterra (á donde también fué á parar Espronceda), sucedió á la reacción, que había dominado hasta el año 2o, la era de la libertad que inauguró Jorge IV, y secundaron Guillermo IV, y Victoria, ayudados por los ministerios de Canning, Wellington, Grey y Melbourne-Russell, quienes en la política interior, favorecieron á los constitucionales españoles y portugueses y contribuyeron á la independencia de Grecia, y en la política interior abolieron el juramento del Test, emanciparon á los católicos ingleses, reformaron la ley electoral, persiguieron la esclavitud de los negros y abordaron la reforma social. En Alemania, y á pesar de los decretos represivos de Metternich, se establecieron constituciones liberales en Wurtenberg, Baden, Baviera y Weimar. La Dieta de Francfort se manifestó también liberal, y en 1832 se celebró la fiesta del Mayo alemán. La Hungría se empezó á agitar por el regimen constitucional y la prensa libre, desde la Dieta del 32, y el célebre revolucionario Kossuth conmovió el Imperio con sus campañas nacionalistas. En Prusia fué espantosa la reacción, durante los años que abarca la vida de nuestro poeta; pero aquella reacción era compensada por el aumento del bienestar material y el fomento de la instrucción pública, á la que contribuían en la Universidad de Berlín teólogos como Schleiermacher, jurisconsultos como Savigny, geógrafos como Ritter y filósofos como Hegel. En Italia, la patria de Mazzini, no obstante la política de León XII y de Pío VI, surgieron las revoluciones liberales de Nápoles, Bolonia, Rumania, las Marcas, Parma, Modena y Roma, robusteciéndose el partido de la Joven Italia, cuyo programa fijaron Gioberti, Balbo y D'Azeglio. En Rusia se mantuvo el orden hasta ocurrir la muerte de Alejandro; pero al sucederle Nicolás estalló la revolución de 1825, organizada por los nobles, que hubieran preferido tener por soberano á Constantino; más fué sofocada en el acto, y durante el reinado de aquel Czar simbolizó el Gobierno moscovita el absolutismo más exagerado enfrente de la Europa liberal; consagrando toda su atención á las guerras de Turquía con motivo de la independencia de Grecia y de las luchas de Mahomed contra el pachá de Egipto Mehemed-Alí. En Polonia estalló la revolución en 183o, siendo Espronceda uno de tantos emigrados de los que se alistaron en París para ir á derramar su sangre por la independencia de aquel pobre pueblo. Turquía sufrió también violentas revoluciones y empezó á desmembrarse por esta época. Por dos veces se intentaron allí reformas liberales: la una por Mahmud, que fué vencido por los viejos turcos, y la otra por el ministro de Abdul-Medjid Reschid Bajá que dió una carta constitucional en 1839 y reformó el Código penal en 184o. Mahmud había sido derrotado por Mehemed-Alí en las campañas de Siria y Anatolia, y gracias á Metternich no fué depuesto Abdul-Medjid, á quien se le aseguró en el trono por el Tratado de los Estrechos y el posterior de Londres de 1841. Mas ya se habían declarado independientes Grecia, Servia, Moldavia y Valaquia.

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