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instaló en el Hotel de Ville y restableció la guardia nacional, dando el mando de ella á Lafayette. Luis Felipe fué nombrado lugarteniente general del reino del que no tardó en ser monarca (el 9 de Agosto inmediato), bajo la promesa de aceptar la bandera tricolor y el régimen parlamentario. Hasta 184o fué su gobierno verdaderamente constitucional; pero á partir de esta fecha quiso hacerlo personal, y también perdió la corona en la revolución de Febrero del 48. La revolución de Julio repercutió en toda Europa, y el Gobierno de España, alarmado, tomó toda clase de medidas para evitar el contagio; mas no pudo impedir que los emigrados de Londres se trasladasen unos á Gibraltar y otros al Mediodía de Francia, y que empezasen á organizar expediciones militares para traer la libertad á su patria. Uno de los primeros en pisar el suelo español fué el coronel De Pablo, que penetró por la parte de Valcarlos, llevando entre sus valientes á Espronceda. El general Eraso le salió al encuentro, con más de mil hombres entre soldados y voluntarios realistas. El invasor, que sólo contaba con doscientos combatientes, sabedor de que las primeras tropas con que iba á batirse pertenecían á su antiguo regimiento de Voluntarios de Navarra, creyó que arengándolas las atraería á su bando, y procuró dirigirles la palabra; pero la contestación á su discurso fué una descarga de los realistas, que le hizo caer mortalmente herido. Y á pesar de los prodigios de valor que realizó Espronceda, quien, sólo con un puñado de hombres, detuvo el ímpetu de las fuerzas absolutistas, no pudo impedir que los vencedores se apoderaran del cadáver de su ilustre jefe, cuya trágica muerte cantó el poeta en sentidos versos. Después de muerto De Pablo, invadió Valdés la Navarra por el pueblo de Urdax, siguiéndole los generales Mina, Butrón y López Baños, el coronel Iriarte, el jefe de Estado Mayor O'Donnell, y Jauregui. Todos fracasaron; no teniendo mejor suerte el general Palencia y el coronel Guerra, que penetraron en Aragón; ni Miranda, San Miguel, Chacón y Grases, que entraron en Cataluña; ni Milans, Brunet y Baijes en la Junquera; ni Antonio Rodríguez Bordas en Galicia.

Los emigrados en Gibraltar, no queriendo ser tachados de cobardes y esperando tener más suerte que los de Francia, organizaron á su vez otras expediciones no menos desgraciadas, puesto que costaron la vida al anciano coronel Manzanares, á D. José María Torrijos (cuya muerte también cantó Espronceda, lo mismo que la del temerario De Pablo), á D. Francisco Fernández Golfín, á D. Manuel Flores Calderón y á otros muchos ilustres proscritos.

La reacción se acentuó en España hasta el extremo de ordenarse la clausura de las Universidades. sustituyéndolas con una escuela de tauromaquia que, con carácter oficial, se abrió en Sevilla.

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Al estudiar las luchas entre absolutistas y liberales, comprendió Cristina que su suerte iba ligada á la de éstos, y empezó á protegerlos. Los dos bandos se distinguieron desde entonces con los nombres de cristinos y carlistas. El rey vacilaba entre dejar la corona á su hija Isabel, respetando la Pragmática sanción de Carlos IV, ó dejarla á su hermano Carlos, invocando la ley Sálica importada por Felipe V.

Al fin triunfaron los derechos de su hija, en lo que no tuvo pequeña parte la infanta Do Luisa Carlota.

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Ante los repetidos fracasos de las intentonas de los emigrados y perdida la esperanza de poder ser útil á la causa de la libertad española, Espronceda volvió la vista á la desgraciada Polonia, la que (irritada contra el despotismo de Nicolás quién, al sucederá su padre Alejandro, dejó de convocar la Dieta y empezó a gobernar autocráticamente) se sublevó al contagio de la revolución de Julio, proclamando la destitución de la dinastia Romanoff y la anexión de la Lituania. Emisarios polacos recorrieron las cortes de las grandes potencias en demanda de protección, y el Gobierno francés, á cuya política convenía entonces fomentar las sublevaciones extranjeras, procuró favorecerlos, no solo con sus simpatías, sino enviándoles algunos jefes distinguidos, como el general de caballería Hellerman, y otros generales extranjeros, y fomentando la formación de un regimiento de franceses y emigrados que deseaban ir á salvar la Polonia.

Espronceda se alistó en aquella cruzada de espíritus generosos; mas cuando ésta se hallaba dispuesta á partir, se reconcilió Luis Felipe con el Czar, y mandó detener y prender á los mismos que antes empujara al combate.

En España adquiere gravedad la enfermedad del Rey, que, próximo á morir, encarga á Cristina el despacho de los negocios públicos. Ésta se apresura á decretar una amnistia que abre las cárceles á los presos y las fronteras á los emigrados, y ordena vuelvan á funcionar todas las Universidades.

Al fin muere Fernando VII el 29 de Septiembre de 1833, y los partidarios del infante D. Carlos se lanzan á las armas, provocando la guerra civil. Apoyan á D. Carlos, en el interior, las Provincias Vascongadas, el clero regular y secular y algunos militares y, en el exterior, las potencias del Norte, D. Miguel de Portugal y los reyes de Nápoles y Roma. Defienden á Isabel II la clase media, los hombres acaudalados, algunos nobles, las grandes poblaciones y casi todo el ejército, con la protección de Francia é Inglaterra.

Encargada de la Regencia Doña María Cristina, la desempeñó con los Ministerios de Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa, conde de Toreno, Mendizábal, Istúriz, Calatrava y Pérez de Castro, hasta que la sustituyó Espartero, después de haber puesto término á la guerra reconciliándose con Maroto en el abrazo de Vergara.

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Espronceda aprovechó la segunda amnistia de 1833 para volverá la patria, cuando ya no podía tener la dicha, que tanto había anhelado da abrazar á su padre, fallecido el 1 de Enero de aquel mismo año"; y al poco tiempo de llegar ingresó en el Cuerpo de Guardias de Corps, continuando el cultivo de las letras y asistiendo al Parnasillo del café de la plaza de Santa Ana, con Vega, Escosura, Ortiz, Pezuela, Santos Alvarez, Villalta, Ros de Olano, Álvarez López y otros, que formaban los grupos de líricos, dramáticos, críticos y prosistas, entre los que se cruzaban con frecuencia acerados epigramas. Cuando Espronceda llegó á Madrid, residía su madre en una casa de alquiler de la calle de San Miguel no 3 (aunque poseía una de su propiedad en las calles de Espoz y Mina, I, y de la Cruz 32, Manzana no 2o9 o) y con ella se fué á vivir el poeta, poniéndole cuarto aparte á Teresa (que le había seguido en la repatriación) en el no I de la misma calle 3. Esta mujer, soberanamente hermosa, al decir de los cronistas y á juzgar por un retrato que de ella se conserva, quedó en una situación violenta al no seguir habitando bajo el mismo techo que su amado. Y éste, en lugar de tratarla con el recato y el respeto de una esposa, como le había ofrecido, procuró exhibirla en todos los sitios públicos, haciendo gala de su trofeo de conquistador. Tal conducta dió lugar á que, como dice Rodríguez Solís o, « empezaran á formarse algunas nubes en el hermoso cielo de los dos amantes, hasta hacer estallar la tormenta. Irritada por la soledad en que Espronceda se veía forzado á dejarla; celosa por estas ausencias, que ella juzgaba otras tantas infidelidades; herida en su amor propio, llegó un día en que Teresa lo quiso todo ó nada. Hermosa como era, otros muchos hombres la galanteaban, entre ellos algunos amigos de Espronceda. Los celos de Teresa llegaron á tal grado de exaltación, que ofreció á uno de esos amigos de su amante huir con él si mataba á Espronceda.

1. Apéndice no 3, H. 2. Todos los biógrafos dicen que los padres de Espronceda poseían dos casas en Madrid, una en la calle de la Cruz y otra en la de Majaderitos. En Madrid no poseían más que la de la calle de Espoz y Mina no 1, antiguo 2o moderno, sita en la esquina de la calle de la Cruz donde estaba señalada en el no 32. — Apendice no 5, A. 3. Apéndice no 6. Partida de bautismo de Blanca. 4. Obra citada, págs 154 á 156.

«Al fin Teresa adoptó un día un partido extremo que creyó para ella salvador. Huyó del lado de Espronceda, fugándose á Valladolid. Espronceda fué en su busca y la trajo de nuevo á su lado, pero Teresa había jugado con fuego... y, después de su fuga, los lazos que la unían á Espronceda quedaron relajados y próximos á romperse. Espronceda no tuvo ya para ella aquellas delicadas atenciones, aquellas encantadoras armonías, aquellos sublimes pensamientos. Teresa lo comprendió y lloró su desgracia con lágrimas de sangre. Durante los graves sucesos políticos que precedieron á la caida de Isturiz, Espronceda, jefe de un motín ocurrido á la salida de la Plaza de Toros, tuvo que esconderse, librándose por milagro de las garras de la policía. Su íntimo amigo D. R. del B. le salvó, llevándole á esconder á la casa de un comisario de policía, conocido suyo, que habitaba en la calle de la Flora...

« Allí escribió las célebres composiciones El Verdugo y El Mendigo, que su amigo el Sr. B. llevó al periódico la Revista Española, del Sr. Carnerero. Teresa no podía acompañar á Espronceda en esta vida de sobresaltos, y hubo de quedar en su casa de la calle del Olmo...

« Aunque las visitas de Teresa eran comprometidas, pol que muy bien podía ser espiada por la policia, al fin le vió, aunque pocas veces, para no despertar las sospechas del Gobierno. A causa de estas visitas y de ciertos sucesos ocurridos en aquellos días, terminaron por completo y para siempre los amores de Teresa y Espronceda. »

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