Poética española

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Didot, 1834 - 482 páginas
 

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Página 249 - ¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ru'ido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!
Página 250 - El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido; los árboles menea con un manso ruido, que del oro y del cetro pone olvido.
Página 182 - Quien mira el gran concierto de aquestos resplandores eternales, su movimiento cierto, sus pasos desiguales, y en proporción concorde tan iguales: La luna cómo mueve la plateada rueda, y va en pos de ella la luz do el saber llueve, y la graciosa estrella de amor...
Página 86 - Hipogrifo violento Que corriste parejas con el viento ¿Dónde, rayo sin llama. Pájaro sin matiz, pez sin escama, Y bruto sin instinto Natural, al confuso laberinto Destas desnudas peñas Te desbocas, arrastras y despeñas?
Página 231 - Bañóte en su color sangre divina de la deidad que dieron las espumas; y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo hacer menos violento el rayo agudo? Róbate en una hora, róbate licencioso su ardimiento el color y el aliento; tiendes aun no las alas abrasadas, y ya vuelan al suelo desmayadas. Tan cerca, tan unida está al morir tu vida, que dudo si en sus lágrimas la aurora mustia tu nacimiento o muerte llora.
Página 304 - Un soneto me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal [aprieto : catorce versos dicen que es soneto ; burla burlando van los tres delante. Yo pensé que no hallara consonante, y estoy a la mitad de otro cuarteto; mas si me veo en el primer terceto, no hay cosa en los cuartetos que me es[pante. Por...
Página 302 - Imagen espantosa de la muerte, sueño cruel, no turbes más mi pecho, mostrándome cortado el nudo estrecho, consuelo solo de mi adversa suerte. Busca de algún tirano el muro fuerte, de jaspe las paredes, de oro el techo, o el rico avaro en el angosto lecho haz que temblando con sudor despierte.
Página 150 - Trace fiero ; tú, Dios -de las batallas, tú eres diestra salud y gloria nuestra. Tú rompiste las fuerzas y la dura frente de Faraón, feroz guerrero ; sus escogidos príncipes cubrieron los abismos del mar, y descendieron, cual piedra, en el profundo, y tu ira luego los tragó, como arista seca el fuego.
Página 303 - ... reverencia, gima a los pies del vencedor injusto? Vemos que vibran victoriosas palmas manos inicuas; la virtud gimiendo del triunfo en el injusto regocijo. Esto decía yo, cuando riendo, celestial ninfa apareció, y me dijo, ciego, ¿es la tierra el centro de las almas?
Página 250 - Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto; que con la primavera de bella flor cubierto ya muestra en esperanza el fruto cierto.

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