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riarlos. Es comun opinion en Filipinas que así como desde Madrid se tiende á la asimilacion de todos los ramos de las islas con los análogos ó iguales de la Península, una vez allí se ven las cosas de distinta manera, convenciéndose hasta los más obcecados de la inconveniencia v áun de la imposibilidad de trazar esta senda á los negocios públicos. Dicen todos que es aquél un país especial en nada parecido á nuestra europea patria, y que lo que da aquí buenos resultados los produce allí fatales. No negaré que esto tenga mucho de cierto en diversos ramos, por ejemplo en la administracion de justicia, en la instruccion pública y en cuanto á derechos políticos se refiere, cuestiones ajenas á la indole del presente trabajo; pero en lo concerniente al nuestro, uno es el camino que aquí y allí se debe seguir si se quiere llegar á un buen término. Sus etapas son: proporcionar al Estado rendimientos suficientes, por lo menos, á cubrir los gastos que exigen ulteriores estudios, y á ésta ya se ha llegado; sustituir el sistema que por objeto tenía sólo este fin, con otro más justo, más equitativo, más susceptible de perfectibilidad, que es el trazado en el nuevo Reglamento; conocer científicamente la vegetacion arbórea, la distribucion de las distintas especies en las masas de monte, y de éstas en las diferentes islas, cálculo de las existencias de los bosques, condiciones biológicas de cada una de las especies más importantes —principio de la selvicultura filipina---- desde la germinacion de la semilla hasta la muerte del individuo, asociacion de especies como fundamento de las reglas de cortas que para cada caso deberán establecerse, y para su cultivo en rodales mezclados, que son los únicos que parece deben convenir en aquellos países, como lo prueban los mismos resultados obtenidos por los ingenieros ingleses en Birmania en las plantaciones de una sola especie comparados con los que dan las mixtas de várias especies; fijacion de los turnos para cada una, segun los productos que de ella convenga sacar; y, finalmente, fomento de las industrias que de las producciones de los montes se derivan, enseñando al interés privado tan sólo el camino que luego recorrerá por sí mejor que pudiera hacerlo el Estado convertido en fabricante, vigilando, sin embargo, siempre la marcha de aquellas que pudieran devastar los montes que las alimentan, como son, entre otras, las de resinaciones y carboneos. A la par de todos estos objetos no debe perderse de vista ni un solo instante el interesantísimo de la fijacion de la propiedad, que donde ésta no se asienta sobre bases firmes y segura s todo vacila. Hacer luz en el caos actual, menos tenebroso si se compara con el que hace pocos años envolvia estas cuestiones, decidir, prévio detenido pero no demasiado minucioso exámen, qué montes deben dejarse á los pueblos para que con sus productos subvengan a sus necesidades, cuáles debe conservar el Estado y cuáles pueden con ventaja del país pasar á manos de particulares es lo que debe comprenderse en esta cuestion. Y todo esto se puede hacer, y augurar con ello la prosperidad de las islas de un modo quizás algo lento, pero de seguro exito, y se puede hacer aplicando exactamente los mismos principios de la ciencia dasonómica vigentes en Europa. Estudio nuevo, sólo debe emprenderse en realidad el fitográfico y biológico de las especies arbóreas de aque

lla fora. Hecho esto, las reglas de la ciencia de montes se irán aplicando en los bosques que hoy parecen confuso laberinto como se aplican en un abetal de Sajonia cuidadosamente dividido en series y tramos por calles y callejones.

No me cansaré de repetir que este camino debe seguirse sin vacilaciones, enérgicamente y á grandes pasos. El hacha y el fuego destructores no tienen momento de reposo. El arbolado desaparece en las comarcas donde más necesario es. A tanta devastacion debe ponerse pronto y eficaz correctivo.

Los montes de Filipinas dan en la actualidad, en la mayor parte de las islas, productos más que suficientes para satisfacer las necesidades del consumo. Así como muchos se han devastado, agotando imprudentemente sus existencias, en otros no se ha llegado siquiera á su posibilidad, lo cual prueba la necesidad de que los aprovechamientos de cada monte se sujeten á un plan preconcebido y relacionado con los planes de los otros. Es regla general de la dasonomía en todos los países que las cortas anuales de un monte deben relacionarse con los tramos asignados á cada período, éstos con las series del turno, la posibilidad de las séries con la de los montes de la misma comarca, la de las distintas comarcas de un distrito entre sí, y los productos decenales de cada período con los análogos de las restantes dependientes de la misma inspeccion, así como las de las inspecciones unas con otras á fin de evitar explotaciones excesivas ó menguadas, y asegurar siempre al Estado una renta constante de antemano calculada, que es lo que tanto contribuye al pode- río del imperio aleman, cuyo engrandecimiento reciente -se debe en gran parte á la fuerza adquirida por los estados que en época no remota formaban la Confederacion germánica y llevaban a su administracion la aplicacion de principios científicos; que es refran de dichos países que al fin y al cabo lo bueno en principio da buenos resultados en la práctica.

Empréndase con fe el estudio estadístico de los montes de Filipinas en la seguridad de que ha de dar un asombroso impulso al desarrollo de la riqueza de aquellas islas, que yace hoy sumida en tan lamentable estado, viendo á sus vecinas, quizás menos favorecidas por la naturaleza, llenar con sus caudales las arcas de las metrópolis respectivas.

El mercado de Manila, el más importante sin punto de comparacion con los restantes de todas las islas, exige para su abastecimiento cantidades considerables de maderas. Los ingresos realizados hasta el dia representan en casi su totalidad, abstraccion hecha de lo que corresponde al producto de las maderas exportadas á los puertos de China, el valor de las consumidas en Manila, habiendo algunas provincias que pocos años hace eran ricas en montes y hoy se ven ya en el triste caso de proveerse de maderas de contruccion en la capital, como acontece en la de la Laguna. Muchas veces he oido quejarse á los constructores de la falta de existencias en el mercado; pero si bien es cierto que piezas de grandes dimensiones tienen que encargarse frecuentemente con anticipacionpor ejemplo las de molave de más de diez metros de longitud — lo es tambien que en absoluto no puede decirse que este mercado no esté surtido de maderas de las clases más usuales y de las dimensiones ordinarias. Los precios que alcanzan son, es verdad, bastante altos; pero hay que tener en cuenta el coste de los transportes y fletes, y la gran ganancia de los capitales dedicados al comercio. A pesar de cuanto se ha dicho en contra, y con objeto de revocar la Real órden de 28 de Diciembre de 1867 aprobando el superior decreto que sujetaba á los cortadores á abonar el justo valor de los árboles que apeáran en los montes públicos, el comercio de maderas es uno de los más productivos del Archipiélago, si bien azaroso por la informalidad de los indios en cumplir las condiciones estipuladas para la entrega de maderas labradas, á cuenta de las que les anticipa el europeo las correspondientes cantidades, y penoso si el comerciante no es un mero acopiador ó comprador en provincias, que vende en Manila y vigila por sí mismo las cortas y el acarreo de los productos.

Este mercado se sostiene perfectamente con los productos de los montes de las islas. No obstante de haberse sostenido lo contrario, las maderas extranjeras, prescindiendo del pino del Norte América destinado á arboladuras, no pueden competir en él ni en precios ni en calidad con las indígenas, que son tal vez las mejores del mundo. El molave, el ipil, el dungon, el yacal, la banabá, el pasac para construccion civil; el bétis, el dungon, la banabá, el mangachapuy, el palo-maría para construccion naval; el camagon, el ébano, el alintatao, el malatapay, la narra, el tíndalo para ebanistería, forman en primera línea. Ciertamente que sus precios son elevados, pero no

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