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miento que las quejas de los pueblos, que veian su ruina cercana, temiendo la destruccion de los montes de donde sacaban maderas para sus viviendas y leñas para sus hogares. Los trabajos de la Inspeccion hasta el ano de 1867 dieron menguados resultados por causas cuyo examen estana aquí fuera de lugar; desde esta época fueron más fructuosos los esfuerzos del personal que, con un celo superior á todo encomio, velaba por los intereses del Estado y de los pueblos; se obtuvo el acotamiento de los montes públicos y empezaron á sujetarse á reglamentacion los aprovechamientos. Sometidos los maderistas á las condiciones que se les imponian en las concesiones de cortas, una de las cuales era satisfacer al Tesoro público el valor de los árboles que apeaban, tasados al tenor de los tipos de la tarifa que acompañaba á cada licencia, empezaron á acostumbrarse á ver en los montes una propiedad del Estado y fué en disminucion la tala, circunscribiéndose la explotacion á puntos más concretos, y haciéndola con mayor inteligencia y esmero. No solo á la corta de maderas debe atribuirse el deplorable estado á que habian llegado los bosques situados en puntos accesibles para la fácil extraccion de aquéllas; una parte, y no la menor, en esta obra destructora, tuvieron los cainges ó quemas del arbolado hechas con objeto de utilizar el suelo así fertilizado para obtener un par de cosechas de arroz, abandonándolo despues al invasor cogon, de fácil propagacion y difícil exterminio.

La mayor parte de los ántes magníficos montes de Cebú ha sido destruida por estas quemas análogas á los Kumaris de los malabares y á los Toungya de los birmanes (1), de cuyos fatales efectos he oído quejarse amargamente á muchos agricultores de aquella isla. Y hasta en los alrededores del casi desierto puerto de Dumanquilas en Mindanao eran las humaredas de los cainges lo único que - nos anunciaba haber en sus cercanías poblacion.

En todas las islas del Sur se pierden así considerables cantidades de buenas maderas que aprovecharian para la construccion, las rancherías de moros varian su asiento, siendo la primera operacion quemar el monte en el sitio que han elegido para fijar sus cultivos un par de años, y los indios aborígenes, huyendo siempre de su contacto, son como sus precursores llevando los incendios al interior. Este asunto reclama un interes preferente por parte de las autoridades locales, cuyo celo deberia excitar la superior, como repetidas veces se ha permitido aconsejárselo la Inspeccion.

Apuntadas las causas de destruccion que han pesado sobre los montes de Filipinas sumiéndolos en un estado, que se ha visto inspiró serios y fundados temores á las autoridades, examinemos ahora si una administracion facultativa forestal puede evitarlas y funcionar en aquel país, de condiciones tan distintas á los de Europa, con ventajas para el Estado sin que su sostenimiento sea gravoso al harto agobiado tesoro de Filipinas. Esta cuestion,

(1) Pueden verse algunos interesantes detalles acerca de sus resultados para la agricultura y los montes, en el excelente artículo de J. Clavé publicado en el número de la kevue des deux mondes correspondiente al 15 de Abril de 1867 (tomo Lxv11l ).

que viene debatiéndose hace diez años, está ya resuelta; los rendimientos en dinero que hoy se obtienen de montes completamente improductivos hasta la creacion de la - Inspeccion demuestran que en vez de ser una carga al presupuesto delas islas, le proporcionan sobrantes de consideracion no escasa, si se atiende al poco incremento que se ha dado al servicio, habiéndose reintegrado ya con creces las cajas de Ultramar de las sumas que durante los primeros cuatro años costó la Inspeccion, dedicada entonces sólo á estudios puramente preparatorios. Y esto tomando únicamente en consideracion los ingresos en dinero, abstraccion hecha de los inmensos terrenos en cuya posesion se ha reivindicado el Estado en virtud de los deslindes que han tenido lugar. Si la elocuencia de los hechos ha acallado las voces que contra la Administracion de los montes públicos por el Estado se levantaran en un principio, no ha sucedido lo mismo con las que aun se oyen asegurar que el personal dá resultados en la gestion administrativa, pero que no se halla en caso de darlos facultativamente; y negada la posibilidad de éstos, se saca, como inmediata consecuencia, que encomendando el servicio á un personal puramente administrativo, se obtendria una economía no despreciable, atendida la penuria del Tesoro público de Filipinas. Es asimismo frecuente oir ensalzar la organizacion empírica que al principio fué forzoso dar á la Administracion forestal, y añadir que ningun inconveniente habria en que se f1ara la continuacion del mismo sistema á empleados exentos de conocimientos técnicos. Grandemente se equivocan los que sostienen tales ideas. Juzgan como término lo que debe sólo considerarse como introduccion al comienzo de la obra que el Cuerpo de montes está llamado á realizar en el Archipiélago.

Los principales objetos que el personal facultativo forestal de cualquier estado de Europa se propone, son: regularizar los aprovechamientos de los montes de modo que, conservando el capital que representan sus existencias leñosas, obtenga el propietario la mayor renta anual posible y constante, siendo esta última condicion de especial importancia, pues áun cuando haya sido negada por los adeptos de cierta escuela, se reconoce, sin embargo, su excelencia al considerar que de ella depende en gran parte la conservacion de los montes. Para alcanzar estos resultados preciso es poner al terreno en condiciones de que pueda dar el máximo de produccion, emprendiendo necesariamente las siembras y plantaciones que constituyen el cultivo forestal. Recordamos aún á este propósito las palabras de un profesor nuestro muy querido, célebre dasónomo de la escuela de Tharand, el cual afirmaba que una ordenacion de monte alto definitiva y hecha con arreglo á todas las prescripciones de la ciencia, supone siempre medio siglo de contínuas operaciones de selvicultura. Pero hablar de selvicultura y de ordenaciones suena á los oidos de muchos de los que se precian de conocedores del país como una utopía, limitándose á recordar con maliciosa son risa ó con hinchados panegíricos, cuando esto se dice, la prodigiosa fertilidad de aquel suelo, del cual, al oirles, parece que brotan los molaves y los tíndalos de grandes dimensiones como pueden nacer los hongos en el mantillo empapado por la lluvia (1). Lo decimos y lo repetiremos muy alto, sin temor á objeciones hechas por personas más conocedoras de los asuntos que se resuelven en los centros administrativos que de los que se conocen sólo recorriendo los montes bajo los rayos abrasadores del sol de los trópicos: la conservacion de las masas de arbolado de las islas Filipinas exige operaciones de selvicultura, como las exige la de las que pueblan las sierras de nuestra Península. La renovacion natural de un monte sometido á un método de beneficio, cualquiera que sea, lo mismo en la zona tórrida que en las templadas, requiere los cuidados del selvicultor, como los requiere la repoblacion artificial; si en el plan de cortas, parte integrante del general de aprovechamientos, no se tienen en cuenta las condiciones peculiares á cada especie de planta, no se obtiene la renovacion deseada, pues en la lucha por la vida que sostienen las distintas especies si caen las más valiosas bajo el hacha del cortador, fuerza es que se tienda á colocarlas en condiciones favorables respecto á las en que vegetan las demas menos codiciadas, sise quiere evitar su desaparicion.

En la gestion forestal del Archipiélago se deben seguir los mismos pasos que en la de los montes de las naciones de Europa se ha seguido; no hay razon alguna para va

(1) Tan comun es esta errónea opinion, que despues de escritas estas líneas se ha estampado en una serie de artículos sobre Filipinas, publicados en el periódico La Prensa, la incalificable afirmacion de producirse buenas maderas de grandes dimensiones dentro de un período de dos años. Una refutacion de aquel trabajo insertó La Epoca (número correspondiente al 25 Marzo 1874).

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