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LIBRO DE APOLONIO.—VIDA DE SANTA MARÍA EGIPCIACA.— ADORACIÓN DE LOS REYES.

( NOTICIAS DE PIDAL. )

Con este título, en letra moderna, se halla en la actualidad en la biblioteca del Escorial un antiguo manuscrito, en que efectivamente se contienen las tres composiciones poéticas que dicho titulo expresa. Es un códice en 4.°, de papel grueso y ordinario, forrado en pergamino blanco, de unos 80 folios útiles, en letra bastante clara y limpia, que algunos creen ser del siglo xiv ó principios del xv, aunque otros juzgan que es de más antigua fecha. Nuestros bibliógrafos han conocido este antiguo manuscrito, pero en las noticias que nos dan acerca de él y de su contenido incurren en algunas inexactitudes. Rodríguez de Castro da cuenta de él en estos términos:

tA fines del siglo xn ó principios del xm se puede aplicar otro anónimo, poeta español que escribió en verso la Vida del rey Apolonio, la de santa María Egipciaca y algunos pasos de la viiia y pasión de Cristo, Señor nuestro. Estas piezas están manuscritas en la Real biblioteca del Escorial, en un códice en 4.°, con 8b folios, escrito en papel, con los títulos é iniciales de encarnado. La letra parece del siglo Xiii, y según esta antigüedad, no será violento el discurrir que su autor puede ser coetáneo del anónimo que escribió el Poema del Cid, ó muy poco posterior á él... Ademas de la historia de la venida de los santos tres Reyes, contiene este tratadito (el Poema de la Adoración) la noticia de la gracia que Dios concedió en la cruz al buen Ladrón, premio de éste y condenación de Gestas; pero, ademas de lo dicho, está también en este tratado la degollación de los santos Inocentes, la huida á Egipto , y por último, la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo. — Este códice está en III. K. 4, y en él está pintada la adoración de los.santos tres Reyes en una estampa tosquísima. >

El señor Pérez Bayer, en sus notas á la Biblioteca antigua, de don Nicolás Antonio, da también noticia de este antiguo poeta anónimo, pero con tanta inexactitud, que supone que sus obras están escritas en lemosin, lo que indica que, cuando más, sólo leyó los títulos de los poemas, y que se dejó engañar por ver en ellos alguna que otra palabra que pertenece á aquella lengua ó dialecto.

Como se ignora el nombre de su autor y el tiempo en que ha florecido, tenemos que reducirnos á meras conjeturas al tratar de averiguar la antigüedad de estas composiciones. La opinión de Castro, que las hace pertenecer á fines del siglo xn ó principios del xm, no parece que tiene otro fundamento que el suponer del mismo siglo xm el carácter de la letra del códice; pero, en mi concepto, ni la letra es de tanta antigüedad, ni las circunstancias de estos poemas, ni su versificación , ni su lenguaje permiten suponer que su autor fuese coetáneo del que escribió el Poema del Cid, ó poco posterior á él. No hay más que cotejar unos y otros versos, y se verá que los del Libro de Apolonio, por ejemplo, son ya más cultos y limados, y más sujetos á reglas fijas, que los

ande en manos de mozos, de mujeres, ni de personas rudas é incautas; porque la obscuridad, sencillez y desaliño de su estilo y sus chistes, y el modo mismo de pintar y definirlos objetos no se acomoda ya al gusto ni á las ideas de nuestra época, pudiendo asegurarse que no habrá persona de las ya indicadas, no sólo que tenga bastante constancia para leer todo este libro, mas a quien no se le caiga de la mano antes de leer ocho ó diez coplas.

Cuarta, que aun será poco leída esta obra de las gentes de letras, pues entre ellas, los que se llaman sabios desdeñan, por lo común, no sé si bien ó mal, semejante lectura; y de los puramente literatos, sólo sabrán apreciarla aquellos pocos favorecidos de Apolo, que conociendo todo el valor de la habla castellana, se afanan por recoger las preciosas riquezas que tiene cerrados en sus arcones viejos, para sacarlas á luz, en

riquecerla y presentarla, llena de gala y llena de majestad , á sus necios despreciadores.

Por tanto, no sólo soy de dictamen que se puede conceder la licencia solicitada por el señor Sánchez, sino también autorizarle para que la obra se publique entera y cual está en el presente manuscrito.

La Academia resolverá lo que tenga por más conveniente. Madrid, 23 de Junio de 1789.—Gaspar MelChor DE JOVELLANOS.

Y habiéndose conformado la Academia con esta censura , el Consejo, en vista de ella, dio licencia para que se imprima todo el texto del poeta, sin suprimir lo que había pensado el colector.

A pesar de esta censura, el señor Sánchez hizo numerosas supresiones. En esta edición, las poesías del Arcipreste se publican completas.

del Poema del Cid, y que su lenguaje es conocidamente mny posterior al que en este poema se emplea. El Libro ó Vida de Apolonio está escrito en versos alejandrinos, ó de catorce sílabas, aconsonantados de cuatro en cuatro, como los de Berceo, los de Segura, los del Arcipreste de Hita, López de Avala, etc.; y este primor, desconocido al antiguo cantor del guerrero castellano, nos prueba evidentemente que el Poema de Apolonio es de necesidad bastante posterior al del Cid. En mi concepto, pertenece ala mitad del siglo xm, como el Poema de Alejandro, con quien tiene más de una analogía, no tan sólo cu la versificación y en el lenguaje, sino hasta en el mismo fondo de la composición, á pesar de que Apolonio np es un príncipe guerrero, y de que el autor ba querido más bien pintarnos en él un Ulíses prudente y sufrido que un Aquíles ó un Alejandro. De todos modos, es inútil por ahora llevar más adelante esta investigación, cuando para ello nos faltan los datos ó indicaciones necesarias. Resta solamente dar una ligera idea de estas composiciones.

El Libro ó Poema de Apolonio, la más larga é importante de las tres, es un romance, como el mismo autor le llama, de pura invención; nada hay en él, según creo, de histórico ni tradicional. El poeta se propone como acción de su poema:

Componer un romance de nueva maestría
Del buen rey Apolonio é de su cortesía...
Como perdió la (¡ja é la mujer capdal
Como las cobró amas, ca les fué muy leyal.

Efectivamente, sólo de esto se ocupa el poema, sin mezcla de guerras, conquistas, ni otra especie de hechos de armas ó de caballería, como se echará de ver por un ligero análisis de su singular y extraño argumento.

El rey Antioco tenía una hija muy bella y solicitada de muchos príncipes, pero su bárbaro padre habia concebido por ella un criminal amor, y dilataba el casarla, proponiendo á los pretendientes un enigma de muy difícil solución. Si le aceitaba el amante, su premio sería la mano de la princesa; si no, debía ser irremisiblemente degollado. Muchos enamorados donceles habian sucumbido ya en la empresa, cuando el buen rey de Tiro, Apolonio, apasionado de la Princesa, y fundado en su mucha sabiduría, se presentó á la arriesgada prueba. Oido el enigma, le acierta con facilidad; pero en su explicación halla revelado el infame secreto de los amores de Antioco. Irritado éste con semejante contratiempo, que ponia en claro su maldad, trata de acabar con Apolonio, que huye de Tiro, avisado en tiempo, y llega á refugiarse á Tarso con sus naves, cargadas de grandes provisiones y riquezas; pero no creyéndose aún allí seguro, vuelve á hacerse de nuevo al mar, naufraga, y logra salvarse, solo y desnudo, en las playas de Pentapolin. Apolonio habia llegado al colmo de la miseria. Un pescador, á quien cuenta sus desgracias, parte con él sus vestidos y le dirige á la ciudad. Aquí se da á conocer al rey Architrastes, primero por su gran habilidad en el juego de la pelota, y después por su gran maestría en la música y en el canto. El Rey le da por maestro á su hija la hermosa Luciana; ésta se enamora perdidamente de él, se niega á aceptar la mano de los muchos príncipes que la pretenden, y enferma sin esperanza de conseguir el logro de sus amores. Por fin se descubre quién es Apolonio, y se casa con la Princesa. A este tiempo llegan nuevas de la muerte de su enemigo Antioco, y Apolonio se dispone, lleno de felicidad y de ventura, á regresar á Tiro, su patria.—En la travesía da á luz Luciana una hermosa niña, pero con tal infelicidad, que le cuesta la vida; á lo menos por muerta la juzgan Apolonio y todos los de la nave, que, persuadidos por una extraña superstición de que se pierde toda embarcación en que se halle una persona muerta, piden con instancia al Rey que la arroje al mar. Apolonio cede á esta petición, en medio del más amargo dolor; y haciendo encerrar á Luciana en un féretro perfectamente embetunado para que no penetre el agua en él, y con ella un plomo en que escribe quién es, y ruega al que la halle que le dé honrada sepultura, la arroja por fin al mar. El féretro aporta á los tres días á Efeso: un sabio médico, que moraba con sus discípulos en la playa, le recoge, y enterado del escrito, encarga á uno de sus alumnos que embalsame á Luciana. Al ir á comenzar la operación , percibe síntomas de vida en el supuesto cadáver, y á fuerza de remedios y esmero la restituyen á la vida. Luciana entonces, aguardando nuevas de su marido, se encierra con otras mujeres en un monasterio consagrado á Diana. Apolonio, en tanto, lleno de dolor, arriba á Tarso, encomienda su hija, con su aya Licorides, á Estrangiloy á su mujer Dionisia; jura no cortarse la barba ni las uñas, ni volver á Tiro, hasta que pueda casarla, y se interna en el Egipto, donde permanece trece años, sin que el poeta vuelva á hacer mención de él, hasta que al cabo de ellos se presenta en busca de su hija.

La historia de esta niña, llamada Tarsiana, forma uno de los episodios más interesantes del poema, y voy por lo mismo á detenerme algún tanto en su análisis.—Criada llana y sencillamente como si fuese hija de Estrangilo, Tarsiana se instruye, sin embargo, en la gramática y en la música , haciendo en ellas grandes progresos; su hermosura crecía con los años, y con ellos, y con su gracia y bondad, el amor de todos los tarsianos; pero muy pronto debia sonar para ella la hora del infortunio. Su aya Licorides, á quien amaba con ternura, muere, y al morir le descubre el secreto de su nacimiento y la suerte y determinación de su acongojado padre. Dionisia, envidiosa de verla preferidaá su hija, creyendo que Apolonio no volvería, y descando apoderarse de las riquezas que á Tarsiana habia dejado su padre, cae en un mal pensamiento y resuelve darle muerte. Un asesino buscado al intento va á encontrar á la infeliz niña al solitario cementerio de la playa, y la halla arrodillada sobre la sepultura de su difunta aya Licorides, á donde acude al romper el sol todas las mañanas. Mientras Tarsiana se entregaba á tan triste deber, el asesino la acomete, la coge por los cabellos, y desenvainando la espada, le anuncia su próximo fin. Llora la infeliz, y sólo le pide un breve plazo para dirigir á Dios una corta oración. Se le concede el asesino , y entonces

Encunóse la Duenya comenzó de llorar;

Senyor dixo, que tienes el sol á tu mandar,

E faces á la luna crecer é empocar,

Senyor tu me acorre por tierra ó por mar.
So en tierras ajelas sin parientes criada ,

La madre perdida, del padre-non se nada.

Yo, mal non meresciendo, he á ser mararjada,

Senyor, cuando lo tu sufres so por ello pagada.
Senyor, si la justicia quisiéredes bien tener,

Si yo non lo merezco por el mió merescer,

Algún conseio tienes para mi acorrer.

Que aqueste traydor non me pueda vencer.
Seyendo Tarsiana en esta oración,

Ovo Dios de la huérfana duelo é compasión (1).

Efectivamente, ya el asesino levantaba otra vez la espada desnuda sobre su garganta, cuando unos piratas que á la sazón pasaban en sus naves, al ver aquella infeliz escena, dan voces al malvado, que duda, vacila y al fin huye, dejando á Tarsiana en poder de los piratas, que viendo su hermosura, la llevan á Mitelena, donde la ponen en pública venta. Enamorado de su belleza el principal señor de la ciudad, Antinágoras, trata de comprarla en una gran suma; pero un mal hombre, que pensaba especular con su hermosura, ofrece otra mucho mayor, y se hace dueño de la infeliz niña, á cuya virginidad pone al dia siguiente precio. El enamorado Antinágoras se presenta el primero; pero la doncella se echa á sus plantas, las baña con sus lágrimas, le cuenta party de su historia, y logra persuadirle que respete su entereza. Lo mismo sucede con otros pretendientes, y era tal la fuerza de sus lágrimas y de su persuasión, que no sólo la respetaron, sino que le cedieron el precio que su ruin amo exigia para que con él pudiese satisfacerle y contentarle. Pero este recurso no podiaser duradero; y así la infeliz, acordándose de su destreza en la música y el canto, ofrece á su amo hacerse juglaresa y darle por este medio más ganancia que la que podia esperar de su infamia. Accede el codicioso rufián á la propuesta, y le otorga un corto plazo para que haga la experiencia de su nueva profesión. Véase cómo el poeta describe la primera salida de la linda juglaresa, y cómo nos presenta en una isla asiática un cuadro de las costumbres populares de Castilla en el siglo xm:

Luego al otro dia de buena madurguada
Levantóse la Duenya ricamente adobada,
Priso una viola buena é bien temprada,
E sallió al mercado á violar por soldada.

(1) Como observará el lector, tanto en las noticias ediciones, y no corregidos, como hemos hecho en el dadas por el señor Sánchez como por el señor Pidal, cuerpo de este volumen, publicamos los textos tal como se encuentran en sus

Comenzó unos viesos é unos sons tales,
Que trayen grant dulzor, é eran naturales.
Finchiense de homes apriesa los portales,
Non les cabie en las plazas, subiense á los poyales.

Cuando con su viola hubo bien solazado,
A sabor de los pueblos hubo asaz cantado,
Tornóles á rezar un romance bien rimado
De la su razón misma por ho habia pasado.

Fizo bien á los pueblos su razón entender,
Mas valie de cient marquos ese dia el loguer;
Fuesse el traydor pagando del mester, etc.

Mientras asi pasaba la vida y conservaba su virtud la interesante Tarsiana, su infeliz padre, cumplido el plazo que se había prefijado, vuelve á buscarla á Tarso con las señales del antiguo duelo y con la barba tremada. Su dolor no tiene limites cuando le dicen que su hija querida ha muerto y le manifiestan su sepulcro. Agobiado con este nuevo contratiempo, resuelve volverse á Tiro á morir entre los suyos, y se embarca otra vez en sus naves; pero ya se acercaba por fin el momento de las dichas. Una tempestad le arroja á Mitelena: sus gentes saltan á la playa á recuperarse de la fatiga; pero él, sumido en su dolor, permanece en lo hondo de la embarcación y prohibe severamente á los suyos que le interrumpan ó distraigan en sus tristes meditaciones. — Antinágoras entre tanto sale á solazarse fuera de Mitelena, y se halla con las gentes de Apolonio en la playa; le informan de la tristeza de su jefe, y movido á compasión, quiere consolarle y sacarle de la nave para que se alegre y conforte: ¡ vanos esfuerzos! el dolor estaba demasiado arraigado en aquel triste corazón. El bondadoso Antinágoras se acuerda entonces de la juglaresa Tarsiana, y la envia á llamar para que con sus canciones y sus romances distraiga y alegre al dolorido pasajero. — Al llegar aqui no se podrá menos de observar que la situación que el poeta del siglo Xiii nos presenta en este pasaje del poema es sumamente bella é interesante. Un padre sin consuelo por la pérdida de su hija va á ser consolado por esta misma hija, que le refiere parte de sus propias desgracias para alentarle con su ejemplo; el padre se niega á estos consuelos, obedeciendo á su dolor; la hija, conducida sin duda por un secreto instinto, insiste, redobla sus cuidados, aumenta la dulzura de sus canciones, la ternura de sus Cablas y romances, y llega á hacerse enfadosa á aquel mismo hombre que, si la conociera, vería en ella la mayor felicidad de su vida. Apolonio, para alejarla de si, la ofrece oro; pero ella lo desdeña, y se aleja desconsolada. Bien luego su instintiva ternura y los consejos de Antinágoras la hacen volver con una treta con que cree lograr su intento: tomará el oro del pasajero si éste se quiere prestar á descifrarle algunos enigmas; esto obligará al extranjero á entrar en larga con versación,-y entonces está segura de conseguir su intento. Contentísima con esta idea, corre otra vez á la embarcación, y no parece sino que el poeta del siglo Xiii, al pintar la alegre confianza de la doncella, ha querido aspirar ya, en sus rudos versos á las galas de la armonía imitativa:

Tornó al Rey Tarsiana faciendo sus trobetes,
Tocando su viola, cantando sus vesetes,
Orne bueno diz; esto que tu á mi permetes
Tántalo para ti si en razón non te metes, etc.

Apolonio, porque no se sospeche que se niega á descifrar los enigmas á fin de quedarse con el oro, ofrece responder; con gran satisfacción de Tarsiana; pero le dura poco: el sabio Apolonio acertaba en un momento el oculto sentido del enigma. Por fin, ruega á Tarsiana que desista ya de su intento, porque su dolor es más profundo de lo que ella puede persuadirse. Interesa esto más á la juglaresa, y vuelve á insistir en consolarle, valiéndose, para prolongar el coloquio, de diferentes pretextos y excusas; y queriendo hacer el último esfuerzo, echa los brazos al cuello de Apolonio. Irritado éste, y dejándose llevar de su primer impulso, la rechaza de sí, dándole un fuerte bofetón La infeliz entonces, humillada, se queja con amargura, lamenta su desgraciada suerte siempre adversa, y recuerda y refiere entre sollozos parte de sus infelicidades y miserias. Apolonio, arrepentido y confesando que erró con fellonia, escucha atónito algunas de las quejas y relaciones de Tarsiana, pero no acaba aún de persuadirse de que pueda ser su hija: para aclarar sus dudas le pregunta por el nombre de su aya, y al oir que se llamaba Licorides, su alegría se

parece á un repentino frenesí. Véase con qué viveza la describe el poeta:

Sallió fuera del lecho luego de la primera
Diciendo: ¡ Valrae Dios que eres vertut vera!

Prisola en sus brazos con muy grant alegría
Diciendo: ¡ Ay mi fija que yo por vos muría 1
Agora he perdido la cuyla que habia,
Fija, no amanesció para mi tan buen dia.

Nunqua este dia no lo cuyde veyer,
Nunqua en los mios brazos yo vos cuide tener,
Ove por vos tristicia, agora be placer,
Siempre abré por ello á Dios que agradescer.

Comenzó á llamar; venit los mios vasallos,
Sano es Apolonio, ferit palmas é cantos,
Echat las coberteras, corret vuestros caballos,
Alzat tablados muchos, pensat de quebrantallos,

Pensat como fagades fiesta grant é complida.
Cobrada é la fija que habia perdida:
Buena fué la tempesta, de Dios fué permitida
Por onde nos oviemos afer esta venida, etc.

Si no me engaña el amor común de los editores hacia las obras que publican, todo este pasaje del reconocimiento de Tarsiana es sumamente bello, y está escrito, en cuanto la rudeza de los versos y de la lengua lo permite, en hermosa y expresiva poesía.

Por ün, reconocida la hija y el amor que la tiene Antinágoras, los casa y marcha con ellos á Tiro; pero un espíritu se le aparece y le ordena que vaya á Efeso, al convento de Diana, donde completará su felicidad; va en efecto, y halla á su mujer Luciana. Desde allí parte para Tarso, donde, reunido el Concejo, hace castigar la maldad de Dionisia y Estrangilo. Llegado después á Antioquía, deja allí por reyes á Antinágoras y á Tarsiana, y lleva á Luciana á Pentapolin, á ver á su anciano padre el rey Architrastes; le nace un hijo, que deja por rey á la muerte del abuelo; premia al pescador que le habia socorrido partiendo con él sus vestidos, y se vuelve, por fin, á Tiro, su patria; con lo que acaba el poema.

Omito hacer observaciones sobre el carácter de este singular poema y sobre su bastante bien combinada estructura; los que le lean con cuidado tal vez hallarán en él sentimientos, afectos, intenciones poéticas, y otras dotes que le distingan ventajosamente de las composiciones de la misma clase y edad, y que nos valgan algún agradecimiento por haberle dado á luz. De todos modos , aunque no sea más que como monumento de la lengua y de la poesía en aquellos antiguos tiempos, es muy importante su publicación, como lo ha sido la de las demás poesías castellanas anteriores al siglo xv, que á últimos del pasado dio á luz con tanto aplauso el erudito don Tomas Sánchez.

La Vida de santa María Egipciaca no es otra cosa más que su conocida historia ó leyenda, puesta en verso; por lo que no es necesario detenerse á analizarla. Castro ha copiado en su Biblioteca los primeros versos de este poema, reputándolos sin duda por largos, en esta forma:

Oyt varones huna razón, en que non ha si Verdat non,
Escuchat de corazón, si avades de Dios perdón,
Toda es fecha de verdat, non ay ren de falsedat, etc.

Pero bien se echa de ver que lo que Castro ha tenido por un solo verso largo, son do$ cortos pareados, y que se deben leer y escribir de esta manera:

Oyt varones huna razón,
En que non ha si verdat non, etc.'

En la misma clase de verso está escrito el poema de la Adoración de los tres Reyes de Oriente, que es otra leyenda, tomada en parte de la Sagrada Escritura, y parte de las piadosas tradiciones que corrian entre los devotos de la edad media. Estos versos no tienen, por lo general, medida cierta y determinada, y ya son de siete silabas, ya de ocho, nueve ó diez, y aun á veces de

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