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CRÓNICA GENERAL

DE ESPAÑA.

PRELIMINAR

DE AMBROSIO DE MORALES AL LIBRO XI.

§. I.

De la mucha diversidad que hay en las maneras del contar los años, y las dificultades que desto proceden, y la órden que en esto, por lo que resta desta historia, se tendrá.

En todo lo de atrás desta corónica hasta ahora, aunque he llevado siempre bien cierta y continuada la cuenta de los años, conforme á la órden de los cónsules, y otros buenos tinos que siguen los autores en sus cuentas, mas nunca la he proseguido tan entera ni tan puntual y averiguada como yo quisiera, y algunos pudieran desear. El tener el señorío de España los romanos por todo este tiempo de atrás, y contar sus historiadores tan pocas cosas de las de acá, y el perseverar yo en mi propósito de no escribir ninguna de fuera, ha sido siempre causa que la cuenta no haya ido entera Y continuada de un año en otro, sino con grandes quiebras de pasarse muchos años sin contarse nada en ellos. Y faltando así esta parte de la continuacion y entero cumplimiento en los años, fué necesario que faltase tambien la averiguacion, que aunque se hace de muchas maneras, la mas principal se toma del conferir unos años con otros, y señaladamente de los que precedieron, y se siguieron allí luego. Así no fué descuido, ni negligencia mia esta falta, sino necesidad forzosa, que sucedió por las pocas cosas que habia para poderse referir. Ahora ya de aquí adelante será harto diferente el proceder desta corónica en la cuenta de los años con mas continuacion, y mas ordinarias averiguaciones que muestren como se lleva bien continuada la órden de los años. Esto se podrá ya hacer así, porque comenzará luego de aquí adelante á haber reyes propios de los godos y de otras naciones en España, y mas cosas para contar dellos, y así los tiempos podrán ir

TOMO 11.

continuados por los años de sus reinados, y las cosas tambien como sucedieron, darán un poco de mas continuacion. Sin esto para la certidumbre y verificacion de la cuenta se hallarán en todo esto de adelante mayores aparejos, como en todo ello se irá descubriendo.

Mas aunque yo tenga así este buen deseo y propósito de poner gran cuidado en el proseguir bien continuada y cierta esta cuenta, y la historia ya me ayude mas para ella; pero todavía la gran dificultad que hay en hacerse esto bien, y con la particularidad y certidumbre debida, es tan grande, que ni yo puedo prometer, ni nadie ha de esperar de mí todo lo que en esto parece se puede dar, sino contentarse y tener en mucho, si me aventajare un poco mas de lo comun, y hiciere en esto algo mas de lo que hasta ahora para lo de España se ha hecho. Los doctos y diligentes que hubieren alguna vez querido tentar esto, ¡y ponerse á hacer algo en ello, bien entenderán la razon que tengo de así encogerme y estrecharme en el prometer, y los que no lo han probado, cuando con ingenio y juicio y mucho cuidado se emplearen en esto, soy cierto serán de mi opinion, por sentir ya la gran dificultad que luego á cada paso se ofrece.

Esta dificultad es de muchas maneras, y por muchas ocasiones, y entre ellas es una principal, que muchas veces lo mismo que puede y debia valer, para dar claridad en la cuenta; aquello engendra mas confusion, y las buenas ayudas que se buscan para certificar algo, se vuelven en ocasion de mas duda. Las diversas maneras que hay en contarse los años, es la cosa (como presto se entenderá) que mas luz puede dar para llevarse bien continuados los de los reyes en cualquier historia. Pues esto mismo es lo que muchas veces ofusca, y embaraza de manera, que hace perder el tino en el bien contar, y metiendo un error en la cuenta, hace que aquel engendre de sí otros muchos, y se vayan siempre mul

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tiplicando. Y porque todos vean esto, y mas princi- | el primero no fué entero, sino de no mas que algunos

palmente porque lo sepan, como cosa bien digna de
saberse, y me entiendan, cuando usare estos términos
en la prosecution de lo que resta de la corónica, pon-
dré aquí todo lo que destas maneras de contar los años
se puede y debe saber. Así se verá claro algunas veces
como yo hice buena diligencia; y otras, que no basta
toda para llegar á buena certidumbre. Daré tambien
aquí razon de las ayudas que en particular yo tomé
afi-
en algunos lugares, para verificar mi cuenta
narla, llegándola á lo puntual y averiguado, donde
pudo por entonces subir. Y espero ha de ser gustoso y
de provecho este discurso, por ser todo esto muy digno
de saberse, y ser cosa en que yo mucho he trabajado
por entender en ella todo lo que comprehende, y po-
derla enseñar cumplidamente. Que hasta ahora bien
se hallan escritas algunas cosas de las que aquí se tra-
tarán: mas sin decirse todo lo que dellas se podia y
debia saber, para penetrarlas del todo. Y no porque no
lo supiesen los que dello escribian, sino por hacer men-
cion dello á otros propósitos, y como de pasada, sin
haberlo querido jamás nadie escribir, ni enseñarlo de
principal intento.

Comenzando, pues, por las diferentes maneras en
el contar los años, todos entienden como en general
para toda buena cuenta dellos en la historia, y parti-
cularmente para las verificaciones y averiguaciones
enteras y mas exquisitas y puntuales, que alguna vez
se quisieren hacer en el discurso della, conviene tener
siempre delante los ojos, aquella diferencia y division
muy ordinaria y sabida de los años, que hacen los as-
trólogos, y la usa en muchas cosas la Iglesia. En esta
division llaman á unos años usuales, y á otros llaman
emergentes. Año usual es el que se cuenta desde el pri-
imer dia de enero, hasta el último de diciembre, y
danle este nombre, porque usamos ordinariamente
dél. Año emergente, como el mismo vocablo lo dice,
pues significa que sale á deshora, y comienza como de
súbito, es cuando sucediendo una cosa, entrado ya el
año usual (como si dijésemos, para poner ejemplo) á
ocho de marzo, comenzamos á contar un año desde
aquel dia, hasta los siete de marzo en el año siguiente.
Así la diferencia destas dos maneras de años está en
comenzar y acabar en diversos meses y dias. De ambas
estas maneras se pueden contar los años en la historia,
y de ambas los vemos contados diferentemente en nues-
tras corónicas de Castilla. En la corónica del rey don
Pedro se cuentan los años usuales, pues se le cuenta
for primer año á aquel rey lo que hubo desde los
veinte y siete de marzo, que murió el rey don Alonso
su padre hasta el fin de diciembre, y luego el segundo
año y los siguientes son usuales de enero á diciembre.
Tambien hay algunas veces mucha advertencia desta
manera de contar en la corónica del arzobispo don Ro-
drigo, pues dice estas palabras fielmente trasladadas
en el capítulo diez y nueve de su segundo libro. Despues
de la muerte del rey Sisenando fué puesto por rey de
los godos en la era seiscientos y sesenta y nueve Cin-
tila, que tuvo cuatro años el reino, contándole un año
de no mas que algunos meses. Y en el capítulo cuarto
del libro quinto. Habiendo muerto el rey don Fruela,
don Alonso, hijo del rey don Ordoño, entró en el reino
de su padre, y reinó cinco años y siete meses, con-
tándole un año de algunos meses. Vale tanto como si
dijera: Dáusele á este rey cinco años y siete meses de
reinado, mas los cuatro de en medio fueron enteros,
de principio de enero, hasta fin de diciembre. Porque

meses, los que hubo desde que murió su predecesor,
hasta el fin de diciembre. Del postrero año sobre estos
cinco no vivió este don Alonso mas que siete meses.
En el capítulo siguiente hace así mismo otra cuenta se-
que
mejante á ésta en los años del rey don Ramiro,
por hacerlos usuales cuenta por año primero unos po-

cos meses.

Otras veces se cuentan en las corónicas los años emergentes. De manera que no hacen primero año del rey, desde el dia que comenzó á reinar hasta el postrero dia de diciembre en aquel año, sino que van por otro camino, contando el primer año entero, desde el dia que comenzó á reinar, hasta otro dia del mismo mes en el año siguiente. Desta manera se cuentan los años en la corónica del rey don Alonso el onceno, de setiembre á setiembre. Porque este mes á los siete del comenzó á reinar.

Destas dos maneras de contarse los años, resultan muchas cosas de grande provecho, si se tiene advertencia y consideracion dellos, para el escribir y continuar bien una corónica. Que pues toma el nombre del tiempo, su principal cuidado ha de ser llevarlo bien distinto y claro, porque no se ofusquen las cosas con la confusion de los tiempos. Por éstos notaremos y enseñaremos aquí todo lo que así se infiere de la division ya dicha, con todo el cumplimiento necesario para saberse y usarse sin errar, por ser parte muy principal de lo que al principio se propuso.

Primeramente resulta de la division ya dicha, que el que quisiere llevar en su historia la cuenta de los años muy puntual y afinada, es menester tenga siempre delante los ojos estas dos diferencias de años, y sus maneras de contarse, so pena que en descuidándose un poco en esto, perdiendo el atención á ello, luego su cuenta toda irá perdida. Así Beda, Juan Cuspiniano, Onufrio Panuinio y otros, que han querido sacar el año del nacimiento de nuestro Redentor Jesucristo muy afinado y puntual, por esta division de años usuales y emergentes se han regido, y tomádola como por fundamento de todas sus consideraciones. Y para del año emergente hacer usual, siguen dos caminos. El uno es, dar al primer año del Nacimiento los siete dias que hubo hasta el fin de diciembre, y luego comenzar por segundo, desde primero de enero en adelante. El otro camino es, no haciendo caso de los siete dias para año, llaman primer año del Nacimiento, al que se continuó desde los veinte y cinco de diciembre, hasta el fin del otro diciembre del año siguiente, y así aquel primer año de nuestro Redentor tuvo siete dias mas que todos los otros. Esto hicieron y asentaron así, porque ninguna cuenta, que despues quisiesen hacer, con dar razon de dia, mes y año, podia salir cierta y puntual sin este presupuesto y fundamento.

Resulta mas desta division de años y sus diferencias: entenderse claro, como un año emergente siempre participa de dos usuales. Los efectos que desto suceden son grandes, y las advertencias que con ello se han de tener, son muy necesarias, como luego se declarará.

Porque tambien resulta de lo dicho, que una parte de año, por pequeña que sea, puede y suele hacer en la cuenta de la historia año, y pasa por tal. En algo de lo que hemos dicho se parece ya esto, y entenderse ha mas claro con un ejemplo. Va contando la historia de un rey que no reinó mas que un año y dos meses: éste pudo alcanzar tres años de nuestro Redentor, y se le pueden contar tres años de reinado. Porque si comenzó

á reinar al principio de diciembre, y se quieren hacer
en la cuenta años usuales, aquel mes de diciembre pasa
por año, y luego entra el año siguiente, que es entero.
Éste acabado, vivió y reinó tambien el mes de enero
del siguiente (que así lo presuponemos en el ejemplo,
y así es necesario, para cumplirse el año, y dos me-
ses que le damos). Este mes de enero tambien se cuenta
y pasa por año de aquel rey, y quien con atencion no
lo mirase, podria pensar que reinó tres años, princi-
palmente si hubiese visto escrituras y privilegios su-
yos que no teniendo mas respecto que al año sin el mes
y el dia, le podrian engañar y hacer creer que reinó
tres años.

Desto que así acabamos de declarar, se colige otra
diferencia y division de años que puede haber en la
historia, y conviene tener siempre mucha advertencia
en ellos. Unos son años enteros, y son los que tienen
doce meses cabales. Otros son defectuosos y diminutos,
porque no tienen mas que algunos meses, y aun po-
drian no tener mas que un mes, y aun ménos que un
mes. Estos años defectuosos son los que el arzobispo
don Rodrigo en los ejemplos de arriba llamaba años
de meses, yo los nombraré siempre defectuosos ó di-
minutos. Y éstos (como con solo mirarlo se entiende)
así pueden ser usuales, como de los emergentes, y de
ambas á dos especies se pueden formar. Solo habrá
esta diferencia, que si los años se le van contando á
un rey por emergentes, desde el dia que comenzó á
reinar hasta otro de aquel mes en el año siguiente, solo
el postrero podrá ser diminutivo y defectuoso. Mas
contándose los años del rey por usuales, el primero y
el postrero serán siempre diminutos, si acaso no co-
menzó á reinar el primer dia de enero, ó muy cerca
dél. Y en cosa tan clara no será menester poner
ejem plo.

Asimismo se entiende ya, por lo que así vamos de-
clarando, que en la una y en la otra manera de contar
los años, y principalmente en la usual, siempre un
mismo año de nuestro Redentor se atribuye á dos re-
yes en el discurso de cualquier historia. Al pasado,
que precedió, se le atribuye por año la parte del pos-
trero hasta el dia que murió, y al sucesor se le atribu-
ye por año lo restante de aquél en que su predecesor
murió. Esto es tambien de lo muy notorio y tan usado,
que no requiere ejemplo. Y túvose antiguamente tanto
recelo del error que podia causar en la historia el te-
ner poca advertencia en esto, que por evitarlo se ins-
tituyó la nueva manera de contar por indicciones, don-
de no puede ocurrir este peligro. Así lo dice Beda por
estas palabras fielmente trasladadas (1). «Por la indus-
«tría de los romanos hallamos fueron instituidas las
indicciones para excusar el error que podia suceder
«en la cuenta de los tiempos. Porque cuando un em-
perador (pongo por ejemplo) moria, 6 dejaba el se-
«señorío en medio del año, podia suceder que un his-
«toriador atribuyese aquel año al tiempo del empera-
"dor pasado, por haber reinado parte dél: y á otro
historiador le parecia darlo al emperador siguiente
porque tambien tuvo éste parte en él por lo que al-
"canzó de su reinado. Pues porque desta discordia y
«diferente manera de contar no entrase error y
"confusion en la buena cuenta de los tiempos, inven-
taron las indicciones que en los escritores y en la gen-
ate comun quitan este peligro de mal contar. »
Estas son las palabras de Beda. Y el provecho que

(1 En el lib. de Temporibus, c. 48.

|

tuvo para lo que él dice el inventarse la cuenta de la
indiccion fué éste. Diciendo un historiador (pongamos
por caso) murió el rey tal año del nacimiento de nues-
tro Redentor en la indiccion segunda, y diciendo asi-
mismo luego del rey que siguió el primero año de su
reinado fué en la indiccion segunda, queda claro como
se le dá un mismo año á dos reyes, y quítase la duda y
confusion y grande error que sin esto podria haber. El
error seria éste. Que no dándose esta claridad pasando
diez reyes que hubiesen reinado cincuenta años, se les
contarian sesenta: y no habiendo pasado en la sucesion
del tiempo mas de cincuenta años, en la cuenta de la
historia se echaban sesenta, yendo diez de error, que
se podria multiplicar, como ya se ve, mucho por todo
lo de adelante. Y aunque se quitaba tambien este error
y confusion con señalar el historiador dia y mes y del
año en que un rey murió, y otro le sucedió: mas por-
que hay pocos que usen esta particularidad de mes y
dia, socorrióse al daño con aquella manera de cuenta
fácil, clara, y sin ocasion de error. Otros provechos
hay del contar por indicciones, mas son claros, y nin-
guno tan importante como el ya dicho: y por esto, y
por no estar declarado en la brevedad con que Leda
trató dél, sin haber habido despues quien mas lo ex-
tendiese me pareció convenia tratarlo con todo este
cumplimiento. Fuera desto lo demás que toca á la in-
diccion de su principio y otras cosas que della se pue-
den y deben saber, se hallará todo lo que se deseare
en los Fastos de fray Onufrio Panuinio, y en el diccio-
nario de Pandulfo Pratevo.

En la cuenta de los años es asimismo menester el ad-
vertencia de aquella division vulgar, mas muy necesa-
ria y provechosa, en que con vocablos latinos y usados
ya en castellano, decimos que contamos inclusive, ó
exclusive, y que hacemos la cuenta inclusiva, ó exclu-
siva. Decimos (poniendo por ejemplo) que diez y ocho
años despues del décimo concilio de Toledo, en tiempo
del rey Recesvindo, se hizo el siguiente undécimo de
tiempo del rey Wamba, como en él se refiere (1). Esto
se puede entender de tres maneras, ó á lo menos de
dos. Una es que contando aquel año en que se hizo aquel
primer concilio y el de estotro, serán diez y ocho años
todos. Mas esto se declara ya con el decir aquella pala-
bra despues. Pero quedan todavía otras dos diversida.
des de contarse esto: pues se puede entender que pa¬
saron diez y ocho años enteros entre los dos concilios,
y aun algo mas y puédese tambien entender, que pa-
saron diez y siete enteros y algo del diez y ocho. Esta
duda no se puede quitar, sino con usar aquellos tér-
minos inclusive, 6 exclusive, y el no tener atencion á
esto, podria causar harto error en la prosecucion de la
cuenta. Y aun en cierta manera es este cuidado mas
necesario en la historia de España que en otra ningu-
na, por llevar en ella en todo lo de aquí adelante los
que la escribieron su cuenta por las eras. Y el reducir-
las áaños de nuestro Redentor se hace con cuenta exclu-
Siva, quitando treinta y ocho enteros como todos saben.

Para este mismo reducir de años de nuestro Reden-
tor á eras de César, y para muchas otras cosas, que
ocurren en la cuenta de los años: es tambien muy ne-
cesaria consideracion, de que hay diferencia en el con-
tar los años de la Encarnacion, ó del nacimiento de
nuestro Redentor. Porque como el año de la En-
carnacion cotejado con el usual del Nacimiento, es
muy emergente, por comenzar nueve meses, ó nue-

(1) En el lib. 22, c. 43.

ses ni dias: por lo cual sucede no poderse contar allf los años enteramente y con precision. Tampoco se ha guardado esta cuenta puntual con dia, mes y año en otras historias, aunque en la de los emperadores romanos hartas veces se aclara. Solo se ha conservado entera en la sucesion de los sumos pontifices. Que parece quiso poner nuestro Señor este cuidado en su Iglesia, para que tuviésemos toda la certidumbre que podia caber, y se podia desear en aquella cuenta.

De todas estas dificultades y peligros se escapa quien escribiendo historia se contenta con una mediana continuacion de los tiempos, por los años llanamente considerados y proseguidos, sin mas averiguaciones ni comprobaciones: ni sin empacharse en lo exquisito y puntural de dia y mes, y de otras particularidades déstas. Y cierto cuando mas no se puede hacer, con esto se ha de pasar. Porque es mucho mejor no tocar en esto, que menearlo, para dejarlo mas turbio, por no tener manera ni aparejo de aclararlo. Y aun para esto tan moderado no falta tampoco dificultad, por la que hay en trasladarse bien los números. Que como éstos mas ordinariamente, cuando se escribe de mano un libro, se ponen por cifras, y nó por palabras: aun los buenos escribientes pueden facilmente errarse, Y los malos lo truecan y pervierten todo, dejándolo con muchos errores. Sintió bien esto Claudio Tolomeo cuando al principio de su obra de geografía, donde forzosamente habia de haber muchos números, se congoja mucho por los grandes errores que habia de haber en el trasladarlos (1). Y no hay solamente esta falta en las historias profanas, sino tambien en la Sagrada, como se queja san Agustin en su grande obra de la Ciudad de Dios (2), que estando todo lo de los números en la Sagrada Escritura verdadero, y puntual con infalible certidumbre: por culpa de los escribientes está ya confuso, y turbado en muchas dificultades.

ve meses y siete dias antes, y por comenzar á los veinte y cinco de marzo: quien no mirase en hacer la diferencia dél al del Nacimiento, ni del emergente al usual, podria errar muchas veces. Porque está claro que una cosa que sucedió en abril del año (pongamos por caso) cuatrocientos y cincuenta del Nacimiento, 6 en los meses siguientes deste año hasta diciembre, cae en el año de la Encarnacion cuatrocientos y cincuenta y uno. Porque el cuatrocientos y cincuenta de la Encarnacion, ya se acabó á los veinte y cuatro del marzo precedente. Y tanto es mas necesaria esta consideracion en la historia de España, cuanto mas ordinariamente en lo muy antiguo despues de los godos se cuentan los años por los de la Encarnacion, y no por los del Nacimiento. Porque tambien en general muy tarde se comenzó en España, como se sabe, la cuenta del año del Nacimiento, en tiempo del rey don Juan el Primero, habrá doscientos años. Y aun la cuenta de la Encarnacion no es muy antigua en la Iglesia. Porque como escriben Beda (1) y otros, el abad Dionisio instituyó en Roma la cuenta por el año de la Encarnacion de nuestro Redentor, en tiempo del emperador Justiniano, á los años quinientos y veinte, por allí cerca della, por borrar de la Iglesia Cristiana, la memoria del malvado emperador Diocleciano. Que por haber sido tan cruel su persecucion contra los cristianos, y que hubo tantos santos mártires en ella les habia parecidoá los griegos cosa digna de memoria para contar por ella. Todas estas cosas no solamente se han de saber por menudo, sino que han de estar siempre muy enteras y presentes en la memoria, para la buena cuenta cierta y afinada en la historia: pues cualquiera dellas que no se entienda, ó no se advierta, será siempre causa de mucho errar. Y no será menester traer ejemplos en particular, pues por ser cosa clara y que cada uno comprehende, no son necesarios. Y la dificultad que se ofrece, y los inconvenientes que se siguen á quien no contare en la historia los años con respecto universal y particular de todo lo dicho, son muy grandes, y tambien son notorios: pues se entiende claro, que en faltando de considerar una sola de las cosas dichas, no aprovecha el haber tenido atencion á todas las demás. Y esto es lo que yo al principio dije, que las ayudas para bien averiguar los tiempos algunas veces se convierten en ocasion de mas errar. Porque pensando que la cuenta se lleva bien conforme à tres ó cuatro consideraciones que se tuvieron; por solo que faltó una, se yerra, siendo aquella sola la que pudiera excusar el error, y valer para el entero acertamiento.

Así he yo pasado hasta aquí en lo de atrás con muy pocas averiguaciones de los tiempos, y ésas que he hecho han sido, cuando no se pudieron excusar, para manifestar el error que habia: 6 fué bueno tratarlas, por los buenos aparejos que se ofrecian para llegarlas al cabo y darles entera claridad. Ya de aquí adelante, como comencé á decir al principio, no será razon que nos contentemos con solo esto. Así porque el señorío de España tendrá en lo que resta sus reyes propios, y será razon señalarles bien distintamente, cuanto fuere posible, sus años, y habrá tambien algunas mas ayudas, de las que luego diré, para poderla hacer. Tambien en general es este mi oficio, y mi deber mas requisito en la corónica, que tomando el nombre como decíamos de los tiempos, no cumple con él ni con su obligacion el coronista que no los trata con entera diligencia. Y el ejemplo de todos los buenos historiadores, y particularmente el de Tito Livio pudiera á mí moverme para llevar este cuidado: no es muy ordinario en este autor, porque la sucesion de los consulados, que él seguia, lo hacia superfluo. Mas cuando se ofrece alguna dificultad en esto, por hallarse algun hecho referido en diversos años, luego se pone á deslindarlo, aclararlo y averiguarlo con extraña diligencia. ¿Pues que Marco Tulio con cuanto cuidado lo trató? No escribió

Si en nuestra historia de España se hubiera tenido cuidado de escribir el tiempo que reinaron los reyes godos, y los demás, con precision de dia, mes y año, todas estas dificultades cesaran, y la orden de los tiempos estuviera en toda parte llana y certificada. Mas falta todo esto en lo antiguo, y falta con ello la claridad y fineza de la cuenta, sucediendo en su lugar duda y confusion ordinaria. Porque hasta la historia del rey don Fernando el Santo no se tuvo cuidado en España de especificar dia, mes y año en la sucesion de los reyes. De cuatro ó cinco tambien godos de los postreros se halla especificado, y dello nos valdremos á su tiempo. Y no es maravilla que falte esto en nuestra histo-historia, mas cuando en el Diálogo de Amicitia y en ria española, pues falta en la de los reyes de los judíos en la Sagrada Escritura. Allí no se hace memoria de mas que los años de su reinado, sin dar razon de me

(1) En su lib. de Temporibus, c. 47.

otras partes se le ofreció una cosa déstas, donde pudiese entrar una buena diligencia en averiguar años:

(1) En el lib. primero c. 18. (2) Queja de san Agustin, en el lib. 15 c. 23.

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