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un breve elogio de Valladolid, que no necesitamos por ahora , dijo así: “Su universidad es la de Palencia fun« dada por el Rey D. Alonso el Bueno de Castilla y de « Toledo el año de 1200. La primera fué de estos reinos,

y en ella estudió Santo Domingo, Patriarca de los Pre« dicadores. Despues en su competencia se instituyó la « de Salamanca para el reino de Leon. Como se juntaron « estos reinos y se juzgó Salamanca por lugar mas con« veniente, acrecentáronla mucho los Reyes, aplicándole « muchas rentas, y no olvidaron á Palencia. Porque de« jaron mucho en aquella ciudad para los estudios que en « ella quisieron permaneciesen. El arzobispo D. Rodrigo « dice que duraba en su tiempo. En el de D. Sancho el « Bravo ya se habia pasado la universidad de Palencia á « Valladolid. Así parece por un privilegio suyo, en que « concede á la universidad de Alcalá de Henares todos « los privilegios de Valladolid. Tambien se saca de aquí « que es mas antigua la universidad de Alcalá de lo que « se ha entendido. Demás de esto, el arzobispo D. Alonso « Carrillo de Acuña dejó mucha hacienda para aumentar « la universidad de Alcalá , que ayudó al cardenal Jime«nez de Cisneros para ponella en la alta cumbre á que ha « llegado. El Rey D. Joan el 1.° favoreció particularmente a la universidad de Valladolid , y su nieto D). Joan el 2.° « la dotó y aumentó. Con lo cual se puso en muy grande « predicamento, y en mayor con la fundacion de el cole«gio, que le faltaba , para acrecentar su grandeza y au« toridad.”

Discorda, pues, este autor no solo de los otros sino de sí mismo, y abre un camino nuevo que nadie habia trillado. Lo mismo parece mudaban opiniones que camisas. Mas él en todo caso hace mal en querer acolar la especie de la traslacion con el privilegio de D. Sancho IV, que no contiene tal cosa, como se ha visto, sino solo que concede al estudio de Alcalá las franquezas del de Valladolid, sin decir que este haya venido de Palencia, que es lo que necesitábamos , y lo que le hace decir , sin habérsele pasado ni aun por la imaginacion. Tal es la conducta de estos antecesores.

Pero de cualquier modo que este escritor haya procedido, ello es que bastó el que él hubiese rompido por delante, para que ya despues le siguiese una inmensa turba. Regularmente sucede así, que en habiéndose dicho algun error por alguno, no pára en uno solo, pasa á muchos, á muchos ilude, envuelve y ofusca, y así se propaga y va tomando vuelo como la moneda falsa, que á buena fe pasa de mano en mano, hasta que para en la de alguno que abre los ojos y descubre la maula.

Ille sinistrorsum, hic deorsum abit:
Unus utrique error,
Sed variis illudit partibus omnes.

El que lo hubiese dicho Salazar bastó en un tiempo en que se numeraban los votos, no se pesaban, para que escribiendo Antolinez su Historia de Valladolid, no dada hasta ahora á luz, como unos quince años adelante hácia 1640, vertiese la especie y con tanta satisfaccion suya el buen señor, que le pareció hacia un gran favor á la universidad de Valladolid el saludarla con ella.

Sucedieron en 1651 los comisarios que ella misma diputó para arreglar sus estatutos y cuidar de su impresion. Y estos diputados, que fueron el licenciado Don Sancho de Villegas, colegial del mayor de Santa Cruz, catedrático de VI en propiedad y rector á la sazon de es. tos mismos estudios; el M. Fr. Diego Enriquez, del órden de la Merced, catedrático de vísperas de teología, y el doctor Pedro Ruiz de Encinas, no se dedignaron emplear algunas planas al principio en persuadirnos la misma paradoja. Pero sin que en todos los ambajes de su digresion, se ofrezca mas fundamento que el de la autoridad nuda y extrinseca de Salazar, no advirtiendo que aquello nada mas fué que una ocurrencia suya, un pensamiento de travesura que le resaltó al paso, opuesto á lo que tenia escrito veinte y cuatro años antes en la Monarquía española. Porque dos pinturas que allí dicen baber habido y no existir ya, una de D. Alonso XI y otra aplicada al VIII, fundador de la universidad palentina, arguyendo de aquí el origen por traslacion de la valisoletana; esta pintura, digo, que hoy no existe ni existia ya en su tiempo, aut erit, aut non. Aun cuando se conservára, sabemos cuanto fué lícito en todos tiempos á los pintores y poetas, quidlibet addendi. Entre tanto de la diligencia grande de los tres comisarios del cláustro, se puede hacer concepto por el sudor qne vertieron, pág. 5, cuando nos dicen que aun de su bienhechor D, Alonso XI no se halla privilegio alguno. No hay, pues, mas remedio que echar al fuego los que hemos alegado suyos. De modo que estos catedráticos, pi aun siquiera pasaron la vista por la Historia de Valladolid de Juan Antolinez, Tan bellos apologistas, tan excelentes investigadores son los que han tomado á cargo la demostracion y las vindicias de nuestras antigüedades literarias, de las glorias que mas estimamos. Paciencia y pasémos adelante.

Con esto sucede en la serie el doctor Gaspar Bravo de Sobremonte, catedrático de medicina de la propia

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universidad, en quien es mayor que en todos, si yo no me engaño, la arrogancia y vanidad con que se explica en este punto. En su Dedicatoria de la medicina vindicada, que la dirige en el año 4669 (1), convierte hácia ella su oracion altisonante é hinchada y la saluda, celicola, turdetana, palentina y talisoletana. Esto es; que ella estuvo primeramente en el seno de Dios Padre: que de allí fué revelada al primer hombre Adan: que de este cundió, como por un derecho de sucesiop, por todo el linaje de los Patriarcas, sus descendientes, hasta derivarse á Tubal, nieto de Noé, poblador de España, que enseñó á los nuestros la teologia y ciencias naturales, y fundó escuelas para la posteridad en los turdetanos de Andalucía, de donde era la antigüedad de la literatura entre estas gentes que tanto ponderó Estrabop: que en esa universidad estudiaron y se hicieron sabios aquellos asombrosos Reyes de España, Brigo, Osiris, Orolibio, Hespero, Atlas, Serapis, Dionisio ó Bacho, Amon, Júpiter, Pan, Hércules, Mercurio, Trimegistro, y que se yo que otros. Y de aquí llevó Licurgo sus leyes á Esparta. Aristóteles ha sido tambien discípulo de estas escuelas, porque aunque le llaman Stagirita , eso fué porque residió allí, pero él de nacimiento era español, como dicen D. Lúcas de Tuy, Juan de Mena, Enciso, Garibay y el P, Martin de Roa. A la entrada de los árabes se dispersaron las escuelas turdetapas y vinieron á parar á Palencia; y desechas ahí, no pasaron á Salamanca. ;O fétido error! fueron trasladadas á Valladolid y hasta hoy permanecen aquí levantadas al rango de pontificia y regia universidad. Verè pontificiæ et regiæ universitati

(1) Se halla hoy al principio del tom. 2.° de sus obras, edicion de Leon, 1674.

( la invoca él), turdilane, palentinæ, vallisoletanæ omnium quo à mundi origine fuerunt in orbe universitalum primæ. Si: porque las ciencias de las otras no debieron estar ántes en el seno de Dios Padre. La hija legítima era esta , las demás eran espúrias.

Tales y tan hidalgos son los principios que encontró para nuestra universidad este célebre apologista. De aquí va trovando luego peregrinaciones, fugas y destierros de la triste Minerva castellana, que es un embeleso; pero sin tino, ni sensatez, como todo lo dicho hasta ahora. “ Callaste, la dice, en los turdetanos, y hablaste en los palentinos: pusiéronte allí silencio y ahora te explicas en los valisoletanos." De modo que yo me admiro como se imprimian estas cosas, y habia gusto de leerlas, cuando ni al mismo Hoinero se perdona, si no trae mas que frialdades. Si nihil altuleris, ibis Homere foras. Debia ser el genio de aquellos tiempos así. De la poca escrupulosidad de este autor, volverémos á hablar bien pronto.

De tal modo anduvo esto, que entrando á escribir inmediatamente en 1674 hasta 80 el propio historiador de Palencia D. Pedro Fernandez de Pulgar, hombre docto sin duda y canónigo penitenciario de aquella iglesia , se ve fluctuante y turbado sin saber á que partido adherir. Y por fin por componerlos a todos, tercia y da un corte, concediendo las dos traslaciones, una en un tiempo á Salamanca, y otra en otro á Valladolid (1).

No menos logró imponer Bravo á un varon tan sabio como el marqués de Mondejar; el cual escribiendo en 1703 las Memorias del Rey D. Alonso VIII, que por su muerte quedaron inéditas, y ha publicado en nuestros

(1) Tomo y libro 2.o, pág. 282.

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