Colección de poetas españoles, Volumen 10

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Impr. Real, 1808
 

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Página 7 - A mí una pobrecilla Mesa de amable paz bien abastada Me basta; y la vajilla, De fino oro labrada, Sea de quien la mar no teme airada.
Página 16 - La lanza ya blandea el árabe cruel, y hiere el viento llamando a la pelea; innumerable cuento de escuadras juntas veo en un momento.
Página 7 - ... acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura. Y luego sosegada el paso entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los árboles menea con un manso ruido que del oro y del cetro pone olvido.
Página 7 - ¡Oh río! ¡Oh secreto seguro deleitoso! Roto casi el navio, a vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestuoso. Un no rompido sueño, un día puro, alegre, libre quiero; no quiero ver el ceño vanamente severo de a quien la sangre ensalza o el dinero.
Página 18 - ¿Es más que un breve punto el bajo y torpe suelo, comparado a aqueste gran trasunto do vive mejorado lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
Página 7 - Traspasa el aire todo Hasta llegar a la más alta esfera, Y oye allí otro modo De no perecedera Música, que es la fuente y la primera.
Página 7 - Y mientras miserablemente se están los otros abrasando con sed insaciable del peligroso mando, tendido yo a la sombra esté cantando; a la sombra tendido, de hiedra y lauro eterno coronado, puesto el atento oído al son dulce, acordado, del plectro sabiamente meneado.
Página 7 - El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada. Salinas, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano gobernada. A cuyo son divino mi alma que en olvido está sumida, torna a cobrar el tino, y memoria perdida de su origen primera esclarecida.
Página 7 - Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido, y sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido...
Página 332 - Aquí donde redimes los esclavos, Donde por todos cabos Misericordia brotas, Y el generoso pecho No queda satisfecho, Hasta que el cuerpo de la sangre agotas: Aquí, Redentor, quiero Venir á tu justicia yo el primero.

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