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Marcio. Harto basta lo dicho cuanto á la conformidad de los artículos (1) : proseguid adelante.

Valdés. Con la lengua hebrea se conformó la castellana en no variar los casos, porque en el singular tienen todos ellos una terminacion, y en el plural otra, así como bueno y buenos, hombre y hombres. Con la mesma lengua se conforma en poner en muchos vocablos los acentos en la última, y en usar muchas veces el número singular por el plural; y así dice: mucha naranja, pasa ó higo, por muchas naranjas, pasas ó higos. Confórmase tambien con ayuntar el pronombre con el verbo: Dadle y tomaráse, como parece

(1) Admitidos el artículo y la preposicion como medio de significar las relaciones expresadas en otros idiomas por las distintas terminaciones del nombre, se seguía naturalmente la supresion de estas desinencias, conservándolas sólo para expresar los números. El griego tiene artículos y desinencias para expresar los casos; el aleman tambien, aunque en menor escala; el inglés solo un rudimento de ellas en el genitivo de posesion. Las lenguas neo-latinas carecen todas de desinencias do declinacion. El origen de esta mudanza se encuentra en la lengua matria, en la cual se expresaban muchas relaciones, que no podían expresarse por los casos, sólo por medio de preposiciones.

La acentuacion en la última sílaba de ciertas palabras, que se observa en castellano, marca una notable diferencia entre este idioma y el latin, en el cual predomina el acento baritónico, ó la constante tendencia á no acentuar nunca la última sílaba. En casi todas las palabras agudas castellanas es, sin embargo, una compensacion prosódica, en virtud de la cual el agudo sobre la última sílaba indica la supresion de otra ú otras, que existían primitivamente en la raíz.

La j con pronunciacion aspirada y gutural, y la z aspirada dental, parecen originarias del árabe, en cuyo idioma hay una verdadera profusion de letras aspiradas. Créese que los latinos no conocieron la primera, y que la segunda les era tambien desconocida, pronunciándose las sílabas ce, ci como que, qui ó he, hi. Ambas, en efecto, se conservan todavía en Andalucía al pronunciar ciertas voces, como hacha, haba, que no se pronuncian ya en el más puro castellano.

por este refran Al ruin dadle un palmo, y tomarse cuatro. Con la lengua latina se conforma principalmente en algunas maneras de decir; y en otras, como habeis oido, se conforma con la griega. Confórmase con el latin en el a, b, c, aunque difieren en esto, que la lengua castellana tiene unaj larga que vale por gi, y tiene una, que nosotros llamamos cedilla, la cual hace que la c valga por z. Tiene más una tilde, que en muchas partes puesta sobre la n vale tanto como g.

Torres. De manera que, segun eso, podemos decir que el a, b, c de la lengua castellana tiene tres letras más que el de la latina.

Coriolano. Aun hasta en esto quereis ganar honra. Sea mucho en buen hora.

Valdés. Cuanto á la gramática, con deciros tres reglas generales que yo guardo, pensaré haber concluido con vosotros ; las cuales, á mi ver, son de alguna importancia para saber hablar y escribir bien y propiamente la lengua castellana.

Torres. Conmigo tanto, y aun sin decir ninguna, cumpliríades. Marcio. ¿Por qué?

Torres. Porque nunca fui amigo desas gramatiquerías.

Marcio. Y áun por eso es regla cierta que tanto aprueba uno cuanto alcanza á entender. Vos no sois amigo de gramatiquerías porque no sabeis nada dellas; y si supiésedes algo, desearíades saber mucho; y así por ventura seríades amigo dellas.

Torres. Puede ser que sería así; no lo contradigo; decid vos vuestras tres reglas; quizá sabidas aprobaré la gramática.

Valdés. La primera regla es que mireis muy atentamente si el vocablo que quereis hablar ó escribir es arábigo ó latino, porque conocido esto, luégo atinaréis cómo lo habeis de pronunciar ó escribir.

s

Marcio. Está bien; pero eso más pertenece á la ortografía y pronunciacion que á la gramática.

Valdés. Así es la verdad; yo os digo lo que se me ofrece ; ponedlo vosotros en el lugar que quisiéredes.

Marcto. Bien decís; pero sería menester que nos diésedes alguna regla, la cual nos enseñase á hacer diferencia entre esos vocablos.

Valdés. Cuanto yo, no os sabría dar más que una noticia confusa, la cual os servirá más para atinar que para acertar.

Marcio. Con ésa nos contentaremos; decídnosla.

Valdés. Cuanto á lo primero, presuponed que la mayor parte de todos los vocablos que viéredes que no tienen alguna conformidad con los latinos ó griegos, son arábigos, en los cuales cuasi ordinariamente veréis h, x, ó z, porque estas tres letras son muy anejas á ellos; y de aquí procede que los vocablos que tienen f en el latin, convertidos en el castellano, la f se torna en h; y así de fava decimos haba; y así por la misma causa en muchas partes de Castilla convierten la s en x, y por sastre, dicen xastre (1). Lo mesmo hacen comunmente convertiendo la c latina en z, y así, por faciunt dicen hacen; las cuales todas son pronunciaciones que tienen del arábigo; pero son tan recibidas en el castellano, que si no es en el sastre, y otros como él, en lo demás se tiene por mejor la pronunciacion y escritura arábiga que la latina. Esto os he dicho, porque si viéredes un vocablo con una destas tres letras, no penseis luégo que es arábigo, hasta haber examinado si tienen esta mudanza de

(1) La s latina, en muchas palabras castellanas, se convirtió primero en x, como de sapo, xabon; sueco, xugo, etc.; pero esta x no se pronunciaba como la j de hoy, sino con un sonido dental. Véanse los Opúsculos gramático-satíricos (Prólogo) y las Observaciones sobre el origen y genio de la lengua castellana, de D. Antonio Puigblanc.

letras, ó no. Cuanto á lo demás, sabed que cuasi siempre son arábigos los vocablos que empiezan en al, como almohada, alhombra, almohaza, alhareme; y los que comienzan en az, como azaguán, azahar, azagaya; y los que comienzan en co, como colcha, colgajo, cohecho; y los que comienzan en za, como zaherir, zaquizamí, zafio; y los que comienzan en ha, como hoja, haragan, haron; y los que comienzan en cha, chi, cho, chu, como chapin, chinela, choza, chueca; y los que comienzan en en, como enbelgado, enbaciado, endechas (1); y los que comienzan en gua, como Guadalerza, Guadalquivir, Guadarrama, y éstos por la mayor parte son nombres de rios ó de lugares; y los que comienzan en ja, je, como jáquima, jerga. De los vocablos latinos enteros no es menester daros regla, pues sin ellas vos los conosceréis, como tambien atinaréis en los corrompidos, poniendo en ello un poco de diligencia y trabajo; pero advertid que así como en los vocablos arábigos no está bien al castellano aquel pronunciar con la garganta, que los moros hacen, así tampoco en los' vocablos latinos no conviene pronunciar algunas cosas tan curiosamente como las pronunciais los latinos. Esto digo por la supersticion con que algunos de vosotros, hablando castellano, pronunciais la s.

Marcio. Digo que teneis mucha razon, y que tengo este aviso por muy bueno, considerando que tampoco nosotros pronunciamos en el latin los vocablos que tenemos de la lengua griega y de la hebrea, con aquella eficacia y vehemencia que los pronuncian los griegos y hebreos.

(1) No es posible adivinar qué razones movieron al autor á asegurar que son arábigos los nombres que comienzan con en, cuando es sabido y hasta vulgar que la preposicion en castellana es la in latina, usada, asi aisladamente como en composicion, de la misma manera que la usaron los latinos, y juntándose tambien con.los mismos oficios á nombres de origen arábigo.

Valdés. La segunda regla consiste en saber poner cada vocablo en su propio artículo, quiero decir, juntar con el nombre masculino ó neutro sus propios artículos, y decir: El abad de donde canta, de allí yanta; y Al ruin cuando lo mientan, luego viene; y juntar con el nombre femenino los artículos femeninos, diciendo así: La mujer y la gallina, por andar se pierden aína; y El polvo de la oveja, alcohol es para el lobo; de manera que ni al nombre masculino pongais artículo femenino, ni junteis con el femenino artículo masculino. »

Marcio. ¿En qué conoceremos nosotros entre los vocablos, cuál es de un género y cuál de otro?

Valdés. Esa regla no la sabré yo dar, porque nunca me he parado á pensarla. Bien es verdad que he notado yo esto: que por la mayor parte los vocablos latinos guardan en el castellano el mesmo género que en el latin; y digo por la mayor parte, porque hay muchos que no lo guardan; así como son los nombres de árboles, que en latin son casi femeninos todos, como vos sabeis, y en Castilla masculinos, y los de la fruta son los más femeninos; pero por lo más ordinario veréis que los nombres en castellano guardan el género que en el latin, desta manera : que los nombres acabados en a serán femeninos, y así por el consiguiente.

Marcio. Pues ¿ por qué no poneis la por artículo á los nombres femeninos?

Valdés. la ponemos á todos, sacando aquellos que comienzan en a, como arca, ama, ala, con los cuales juntamos el, diciendo el arca, el ama, el ala; esto hacemos por quitar el mal sonido que hacen dos aa juntas; y de verdad parece mejor decir El mal del milano, el ala quebrada y el papo sano, que la ala.

Marcio. ¿No sería mejor, por no caer en inconveniente que parezca poner artículo masculino al nombre femenino, perder la a del artículo y decir, larca, lama, lala?

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