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franceses, cuyo asombro era mayor cuanto mas ruines

eran los españoles que los vención (1).

1502. De los pueblos que mas pronto presenciaron el gran valor de Navarro, el primero fué Manfredonia. Esta ciudad y la de Taranto fuertes por la naturaleza y el arte, en la controversia suscitada sobre si al Rey de Francia ó al de España correspondian la Capitanata y la Bnsilicata y otras tierras no bien expresadas en el tratado de reparticion, resistieron su entrega al Gran Capitan y se mantuvieron por el duque de Calabria D. Hernando de Aragon, hijo del rey D. Fadrique. De Taranto al cabo de promesas, negociaciones y treguas por un lado, de amenazas por otro y de haber Navarro interceptado por mar á unos franceses que iban á levantar banderas por Francia, se apoderó al fin Gonzalo en G de marzo de 150'2 (2); mas de la de Manfredonia dió el encargo á Pedro de Paz.

Presentado éste al frente de ella y observando que su gobernador, siguiendo el espíritu de D. Fadrique, queria

(1) Es curioso lo que Paulo Jovio escribe en el capitulo 4 del libro 2 de sus Historias acerca del poco caso que se hacia de la infantería cuando Carlos VIH de Francia invadió á Nápoles en 1495, y el Gran Capitan le hizo salir de aquel reino; pero es todavía mas curioso lo que Nicolás Machiavello escribia de la francesa, comparándola con la española en su tiempo. E dipoi sono per le ierre tutti ignobili ¿ genti di mestiero, c si auno tanto sottoposti á nobili é tanlo sono in ogni azione depressi, che sono vili e pero si vede che il Re nelle guerre non si serve di loro perche fanno cattiva prova. Benche vi sienno li Guasconi de ch'il Re si serve che sono, un poco meglio che gli altri c nasce perche sono vicini a conjini di Spagna, chevengono á tcnere un poco dello spagnuolo. Opere di Niccolo Machiavelli, 1782 in Firenze, tom. 2, pág. 133. Ritrato di Francia.

(2) Jovrus, H'.storiarum, pág. 224. Zurita en el cap. 57 del libro 4 , pone la rendicion de Taranto en 1." de marzo, que un despacho del Gran Capitan del 10 1o fija en el G, y refiere el pasaje de Navarro.

entregársela á los franceses, pidió refuerzo al Gran Capitan. Envióle éste sin detencion á D. Diego de Mendoza con cien hombres de armas, á Diego de Vera, insigne artillero de aquel tiempo, con diez piezas entre cañones y falconetes , y al jaque de los jaques Diego García de Paredes, y á Pedro Pizarro y nuestro Navarro con dos mil infantes. Apenas llegados en l.'de marzo y plantada la artillería contra la plaza, emprendieron el combate. Hasta el 3 no cesaron de tirar, de modo que en el dia 4 Manfredonia se rindió á los españoles, quedando Pedro Navarro de gobernador de su castillo con una guarnicion de cuatrocientos infantes (1).

Iban las cosas mientras tanto disponiéndose de modo, que la guerra era inevitable. Cuanto mas negociaban los dos Reyes para entenderse en lo que tan fácilmente se babian repartido, f cuanto mas aires uno y otro se daban de buena fe, mas lejos se encontraban de aproximarse. Las conferencias que pasaron entre el Gran Gonzalo y el Duque de Nemours, general de los franceses, ningun fruto produjeron. Ambos caudillos aparentaron á porfía los mas delicados modales y el mayor deseo de la paz, al cabo de las cuales se descubría la guerra. Remitióse pues la decision á las armas, y como los franceses reforzados con dinero y dos mil suizos, confiaran en que su superioridad les daria la justicia, los sucesos como mas de una vez aconteció, acabaron por darles un amargo desengaño (2).

(1) Zurita, ibi, cap. 57, aunque varia algun tanto en la gente que fué de socorro á Manfrcdonia, y nada cuenta del combate. Comentarios del Sr. Hernando de Alarcon, lib. k. Crónica del Gran Capitan, lib. 2, cap. 35.

(2) Sobre las conferencias entre AmalG y Átela en una capilla

El sagaz Gonzalo persuadido de que con sus reducidas fuerzas no podría resistir á las mayores de los franceses, determinó suplirlas situándolas en sitios fuertes. Encerrándose desde luego en Barleta con algunos pocos españoles, repartió á los demás capitanes en varios puntos, y á Pedro Navarro que ya en ese tiempo tenia grande opinion de soldado (i), encargó de la defensa de Canosa con quinientos ó seiscientos infantes, pues hay variedad> aunque escasa, en el número, y los capitanes Peralta y Coello.

Era Canosa un pueblo pequeño no bien situado y poco capaz de defensa. En conservarle el Gran Capitan ó á lo menos en defenderle, no se proponía mas que consumir en combates las fuerzas francesas, en tanto que le llegaban de España los refuerzos prometidos, y que de dia en dio esperaba. Apenas encerrados Navarro y sus compañeros en Canosa, cayeron sobre ellos en 15 de agosto el Duque de Nemours, Virey de Nápoles por los franceses, y Mr. d'Aubigni escocés, muy distinguido y acreditado, que militaba en aquellas fdas (2). Acompañábanlos cinco mil infantes y de ellos quinientos alemanes y ochocientos suizos, con cincuenta lanzas y muy numerosa artillería; y Navarro sin intimidarse á la vista de fuerzas tan imponentes, dió colocacion á las suyas, situándose él con ciento y cincuenta soldados al frente del mismo NemourS,

á t.° de abril y 22 de junio, Zurita ibi, cap. 60 y 66.—Jovius ibi, pág. 236.

(1) Comentarios del Sr. Piarcon, ibi.

(2) Acerca de los capitanes franceses que aquí mencionamos, y en adelante mencionarémos, dá algunas noticias biográficas Brantome eu sus Vies des hommes ¿Ilustres el Grands Capitaines /raneais.

aposentado á orillas del rio Lopanto que corre inmediato á Canosa.

Con tan arrebatado furor cuentan los escritores que la artillería francesa batió la plaza dos dias y dos noches por el lado qite defendia Coello, que al tercero, viendo en tierra gran parte del muro, creyeron los sitiadores que podian encaminarse al asalto. Hay quien dice que la cerca de Canosa estaba tal que por ella podia subirse á caballo (1); y los franceses lo verificaron con tan obstinado esfuerzo, que solo al cabo de dos buenas horas de muy recio combate, pudieron ser rechazados. Guiados de un villano que saliéndose de Canosa descubrió á Nemours su flaqueza por el lado que la defendia Navarro, llevaron hacia allá su artillería; y al cabo de tirar un dia y una noche sin descanso, como ¡i la mañana del quinto dia de sitio, los franceses observasen que la mayor parte de la muralla estaba caida, repitieron por allí el asalto. Los españoles redoblaron como en el anterior su esfuerzo de modo que al cabo de hora y media de muy porfiado combate, tuvieron los franceses que retirarse con pérdida de mas de ciento y cincuenta (2).

La noticia de lo que pasaba en Canosa, sigue la Crónica , agitó el ánimo de los soldados españoles que se ha

(1) Zurita, lib. 4, cap. 69. Cuenta D. Carlos Coloma, testigo por decirlo así presencial, que cuando los españoles entregaron en 1597 la plaza de Amiens, que tan valientemente defendió el gobernador Hernan Telld de Portocarrero, natural de Toro, y por su muerte el marqués de Montenegro, las baterías ó llámense brechas estaban , especialmente la del rebellín tales que sin ayuda alguna subió por ella Madama Gabriela, dama de Enrique IV, y otras muchas damas que fueron á ver á sus maridos, sabiendo que la guarnicion capitulaban. Guerras de Flamtes pág. 478.

(2; Crónica, lib 2, cap. 46 y 47, pág. 71, v.

llaban en Barleta con el Gran Capitan. Fuéronse á él conmovidos é indignados pensando en el gran riesgo que corrían Navarro y su gente, pidiendo que los llevára á su socorro y exponiéndole con vehemencia cuan fuera de razon era sabiendo el estrecho en que se encontraban Navarro y los otros españoles, dejarlos así abandonados: que viese que no solo por lo que tocaba al mejor servicio del Rey se les debia dar socorro, sino por lo que en ello se interesaba la honra de España que recibiría gran menoscabo sufriendo á la vista de sus mismos ojos tal daño y ofensa hecha en los suyos, y que por lo tanto estaban determinados á socorrerlos ó á morir en la demanda.

Aunque el Gran Capitan no desaprobaba interiormente aquel modo de explicarse, quiso segun el coronista, que el asunto se examinára con detencion, sin tardanza, y al intento convocó á consejo á los principales capitanes. Puesto el punto en discusion, todos dice que opinaron que no debia darse el socorro por no ser ellos tan pujantes y fuertes como el francés. Solo Diego Garcia de Paredes, á quien el coronista se muestra siempre propenso, opinó porque á todo trance se diera; pareciéndole cosa fea que por ningun género de miedo se dejase de socorrer á tan noble gente y mas en aquella ocasion en que tan dispuestos estaban los soldados; oyendo lo cual el Gran Capitan y los demás que con él estaban, desde luego pareciéndoles bien la propuesta de Paredes, ordenaron que con la mayor diligencia se comenzára i'i entender en el socorro de Canosa.

Por primera diligencia parece que dispusieron la salida en aquella misma noche de algunos caballos ligeros que explorasen la situacion que ocupaban los sitiadores. Todo sin embargo fué inoportuno, porque mientras se an

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