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mil con muchas milicias de la plaza, del campo y de Guanabacoa. Hizo el enemigo su desembarco sin el costo de un hombre, despues de batir el castillejo, abandonando el campo nuestra tropa ántes de ver la cara al enemigo que habia de ocuparlo.

Fué tal la consternacion de nuestros gefes luego que supieron el desembarco de los enemigos en Cojimar, que desde entónces no pudieron ocultarla ni en el semblante ni en sus disposiciones que se conocian dirigidas del susto y del temor: aquella misma noche se envió órden al coronel de Edimburgo, que se habia retirado á Guanabacoa con su regimiento, para que recogiendo toda aquella gente saliese al campo luego que amaneciese, y que con nuevos socorros que de la plaza se le enviarian, buscara al enemigo para embarazar su marcha.

A las 6 de la mañana del mismo dia, llamados los Prelados de las Religiones, se les intimó la órden estrecha de que ellos y sus comunidades desamparasen dentro de seis horas la ciudad: esto mismo se les intimó à las monjas en sus monasterios, y ya un bando público andaba por las calles avisando este mismo destierro de la patria, á los viejos, niños y mugeres; sin embargo el padre Rector de este colegio suplicó con la mayor instancia se le permitiese dejar á los Padres para el servicio de castillos y hospitales; mas no admitiendo esta oferta salimos despues de haber consumido el Divino adorable Sacramento del Altar, y ocultando con la mayor brevedad las alhajas de la iglesia, quedando de nosotros solamente el padre Nicolas Guerra y el padre Antonio Poveda, agregados por su imposibilidad de caminar, á los hospitales de Belen y San Juan de Dios. La conmocion que causó en toda la ciudad este destierro solo se deja comprender de quien la vió. ¡Qué consternacion de nuestros ánimos al ver salir las esposas de Jesucristo, rompiendo los términos impertransibles hasta entónces de su cláusura religiosa, y emprenderá pie y en el mayor rigor del sol en el zenit, un viage incierto y sin término, por caminos que las continuadas lluvias de los dias anteriores habian puesto intransitables, sujetas á las molestias del hambre y sed, y afijidas del mismo sobresalto y temor que las conducia! ¡Que sentimiento para todos al ver las madres cargadas con sus pequeños hijos, seguir con lágrimas agoviadas de su ropa poca, las que advertidas la sacaron sin rumbo á que girar, sin persona á quien recurrir y sin que en tantos trabajos y peligros pudiesen socorrerlas ni los padres, ni maridos, que atónitos y confusos solo las seguian desde las murallas! Yo creo que si hay alguna disculpa para aquellos que abandonaron la plaza, desde entónces ésta los hará dignos de perdon para quien pensare bien el lance, acreditando muchos su intencion con restituirse á ella luego que dejaban con tal cual seguridad sus familias en los pueblos de Managua ó de Santiago, que fueron casi refugio comun. Las providencias que se dieron inmediatamente para cuidar de la subsistencia de estas familias en los campos, pasando á ellos con caudales de S.M. el capitan de navío D. Juan Ignacio de Madariaga y consignándose un real diario á cada persona y dos á la cabeza de familia, no pudieron impedir que se esperimentasen muchas escaseces cuando las habia aun de todo dentro de la plaza, sin incluir las inmensas fatigas de sus peregrinaciones que forman un asunto inagotable, y si hablo de las monjas en particular yo tuve el gusto de asociarme para acompañar y asistir á las Teresas y Catalinas, que se unieron al salir de la ciudad. Yo fuí testigo ocular de unos trabajos llevados con tanta alegria y conformidad como se refiere de los mayores Mlártires. Las monjas Claras que

salieron bajo la direccion de los padres Franciscanos esperimenta

ron mayores por su multitud, y la de las criadas que las acompaban: era un dolor muy sensible en todas estas religiosas verse obligadas á quebrantar su clausura y padecer la verguenza de presentarse á un vulgo que instado de su curiosidad, ocurria á ver aunque cubiertos con un velo aquellos retirados objetos que le ofrecia ya la contingencia; pero entre estos y otros muchos sentimientos causaba la mayor edificacion no solo la modesta resignacion con que sufrian, mas tambien la piedad religiosa con que cada una llevaba en sus brazos algun vaso sagrado, imágen ó reliquia, que era entre tantas penas su mayor consuelo y fortaleza, y de cuya seguridad cuidaban en medio de los pantanos y lluvias, aun mas que de sus propias vidas. Aun estando ya en Santiago tuvieron muchos incornodidades en los alojamientos estrechísimos y aun en el sustento necesario, sujetas á vivir en bohíos separadas y á la escasa racion de tasajo y casabe que se conseguia con mucha diligencia. Esto estrañó tanto su natural delicadeza que muchas enfermaron hasta el dia de hoy, y de las Claras se enterraron cuatro en Santiago. IDe aquí pasaron éstas, despues de algunos dias al Bejucal, y las Catalinas y las Teresas á los ingenios que les franquearon D. Agustin de Cárdenas y Do Ines Gonzalez, en donde portándose con mas estrecha observancia, si acaso cabe mas que dentro de sus propios monasterios, debieron á estos Sres, algun género de alivio sus trabajos. Al mismo tiempo que se mandaba salir de la ciudad las religiosas, religiosos y mugeres, el coronel de Edimburgo salia con un número de gente inferior en la mitad al que habia para la villa de Guanabacoa, y se acampó á corta distancia cerca de la lonia llamada del Indio: á poco tiempo se descubrió el ejército enemigo marchando en tres columnas, y no serian aun las diez del dia cuando estaba ya á tiro de fusil. Los regimientos de esta tropa enemiga componian diez mil hombres: la regularidad de su marcha, el aseo y lucimiento de sus armas, la uniformidad del color rojo en

todas las libreas que sobresalia en el verdor de los campos, todo esto si bien podia dar gusto á quien lo miraba curioso, debió ser mas horrible á quien miràndolo en sus enemigos consideraba cada una de estas circunstancias como ventajas que les anunciaban á los ingleses la victoria en el combate: este no quiso esperarlos y así mandó al capitan de dragones D. Luis Basave, que marchase al frente de los montados del campo y entrase con los enemigos en el combate, y él con todos los dragones arreglados se destacó para una emboscada distante.

Los milicianos del monte, sin fusiles por la mayor parte con solos sus machetes obedecieron esta órden, y creyendo que se retiraban los ingleses, cuando la columna que les marchaba al frente dió media vuelta para unirse con las que quedaban ya por el costado, se arrojaron sobre ella con una intrepidez que no esperaron jamas los enemigos; pero rehaciéndose estos á su frente prontamente descargaron sobre los nuestros la fusilería y otras piezas de campaña que conducian detras de las primeras filas, siguiéndose tan inmediatamente su fuga que casi se equivocó con el avance: todos huyeron por donde se les abrió camino; á escepcion de los que rindieron sus vidas en el campo para nueva confusion de lo poco que importa la osadia y el valor cuando falta la disciplina.

A esta pérdida se siguió la toma de Guanabacoa por los enemigos: esta villa estaba ya desamparada de todos sus vecinos que por la mayor parte solo sacaron sus personas. Los ingleses, que entraron en ella ántes de dos horas despues de la fuga de los nuestros, saquearon todas sus casas y templos, en donde hallaron bastante cebo á su codicia y en que ejercitar su impiedad; supimos despues con sumo dolor y sentimiento haber caido en sus impuras manos muchos de los vasos sagrados que servian en aquellos templos, de los cuales se han rescatado algunos que vimos en poder de los soldados despues de nuestra entrega: que las vestiduras sacerdotales y ornamentos del sacro altar servian en el trage á sus mugeres: que las sagradas imágenes eran ultrajadas en sus manos: que la casa de Dios en donde solo se habian visto sacrificios y ceremonias reverentes, servia de pesebre inmundo á sus caballos, y se profanaba con otros muchos sacrílegos insultos de que se horroriza la memoria y no puede repetirlos sin hallarse penetrada de dolor.

Entre tanto que en Guanabacoa se daba principio á estos atrevimientos se prosiguió fortaleciendo y guarneciendo de tropa la Cabaña. Temerosos nuestros Generales de que se acercasen á forzar el puerto los navíos de la armada que se habian mantenido desde que llegaron dando bordes delante de la boca, determinaron cerrarlo precipitadamente, mandando desde luego echar á pique en el canal tres navíos de á 70, de los doce de guerra que guardaban esta bahia. Al punto que los ingleses observaron esta determimacion, considerándose ya seguros de no recibir de nuestra escuadra algun daño, dieron fondo sosegadamente en Cojimar y despues en punta Brava, y sacando de sus barcos toda la marinería, sin temor de dejarlos amarrados al cuidado de uno ó dos hombres, la hicieron tomar en tierra el fusil, aumentando considerablemente el ejército hasta 16.000 hombres; lo que no hubiera hecho á no haberse cerrado el puerto, pues abierto y la gente en tierra, podia haber logrado nuestra escuadra la mas gloriosa accion: el puerto por su naturaleza es dificil de forzar: intentaron cerrario con los tres barcos nombrados el Neptuno, la Asia y la Europa, en cuyas quillas dándoles barrenos se fueron á pique con todo el equipage con que se hallaban de artilleria, pólvora y balas, y aun con la ropa de los oficiales; sin que aun con esta diligencia quedase cerrado el puerto: pues hemos visto en la superficie pasar libremente por el canal multitud de barcos ingleses y aun los nuestros: el dia de hoy se ha dado principio á sacarlos.

Para la fortificacion de la Cabaña se habia dado sobre la bahia un puente de plancha movediza que facilitaba la comduccion de la artillería; por cuyo medio y la actividad conque se trabajaba por la marinería y negros, estaban ya sobre su cima 7 piezas de artillería de á 24 cuando espiró la luz del mártes. A este ataque, defendido ya de gruesas trincheras de faginas y tierra, guarnecian cinco mil combatientes en que se hallaba la flor de nuestra gente de infantería de marina, de los regimientos de España, de Aragon y Fijo, y muchas milicias de los batallones de blancos, pardos y morenos de la plaza, y de los estudiantes tam. bien; quienes voluntariamente se ofrecieron á ocupar una de las guardias avanzadas: finalmente, muchos negros con lanzas y ma. chetes ocuparon este puesto, cuya situacion y altura exijia el mayor conato, creimos que se proseguiria fortaleciendo con esmero y que seria el parage donde se derramaria la última sangre de los españoles, pues ha sido voz comun que, será la Habana de quien fuere la Cabaña.” En esta persuasion estaban ya todos y deseaban gustosos concurrir á la defensa de tan ventajoso puesto, sufriendo en él constantes todas las incomodidades que proyectase el enemigo, con mas razon y ménos daño que cuando acorralados despues dentro del Morro, iban á sufrir la muerte sin el consuelo de de ver quien los mataba, y de vender sus vidas mas costosas.

Sin embargo, nuestro Consejo de guerra (á quien hace mas recomendable en sus dictámenes tanto espacioso título de tanto General condecorado) aunque reconoció al principio la necesidad de mantener la Cabaña á cualquier precio, y en esta virtud habia nombrado al mariscal Tabares para que pasase á mandar en ella: resolvió por último que se abandonase. Referiré á V. R. los motivos que solamente se representaron para esta accion, sin reducirla á crítica que no es mi ánimo otro, que el de una fiel sencilla narracion: dijeron pues, que el tiempo era ya estrecho pues se hallaba el enemigo acampado en Guanabacoa, que se debia tener poca satisfaccion de nuestra tropa por poca, de paisanos y sin disciplina, que una gente tan valerosa no debia ponerse á perder cuanto habia ganado, cuando era casi cierta la pérdida: que en este sistema no debia arriesgarse un General acreditado á esponer el honor en un eminente peligro: y finalmente que seria bastante el Morro para retirar de ella al enemigo, en caso que pensase ocuparla. Lo cierto es, que en poco tiempo se subieron 9 cañones y cada vez se facilitaba mas su conduccion: que el enemigo no persuadiéndose á este abandono, no se retardó dos dias en ocuparla: que se podian haber formado trincheras como despues las formó el enemigo para las que no era necesaria gente disciplinada, sino de artillería, que les hubiera costado por lo ménos á los ingleses buen número de gente la posesion que obtuvo libremente y que en caso de avance invencible se podian haber clavado los cañones ó precipitarlos al mar, como se ejecutó inoportunamente el mismo dia: que finalmente vimos con nuestros ojos que estaban en este puesto libres de los fuegos del Morro y aun del de los baluartes y fortalezas de la Plaza, pues aquel no llega á percibir á toda la Cabaña, y el de estos se impide por la elevacion de ella. En fin se abandonó, y desde este ventajoso puesto tuvieron los enemigos la seguridad de registrar por sus anteojos cuantos movimientos se ejecutaban en toda la Ciudad. En virtud de esta resolucion ia noche del dia 8 despues de una escaramuza de tiros que hubo en la Cabaña, se envió órden al coronel D. José Perez, que mandaba por entónces aquel puesto, para que, clavados los cañones y arrojados á la bahía, hicies retirar á la Plaza toda aquella gente; ya fuese por engaño de las guardias avanzadas, y ya porque en realidad viniese algun piquete enemigo á reconocer la Cabaña, se creyó que los ingleses estuviesen esta misma noche en ella: supieron éstos desde Guanabacoa que la Cabaña tenia montada artillería, ó por sus esploradores ó por los tiros que oyeron. Al dia siguiente se dejaron ver por el camino que viene del rio Villanó marchando en dos graves columnas con ánimo de sitiarnos por la parte de tierra, desistiendo de la primera idea que se habia manifestado de venir por la Cabaña; pero como á las 10del dia se vieron retroceder estas columnas, noticiosos ya de estar desamparada, y resueltos á ocuparla con preferencia á cualquier otro puesto, pues ésta les ofrecia la mayor seguridad que podian desear sobre la plaza y sus castillos; pero si entónces éstos se nos presentan á las puertas de la plaza, ó intentan asaltarla solo hubieran hallado en los brazos la resistencia, pues las murallas que hasta entónces no montaba un cañon, no les hubieran impedido acercarse hasta arrimar sus escalas.

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