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res, que tuvo la audacia de intimar la rendicion á Zaragoza, si bien fué despreciada su intimacion, como era de esperar. Mas hallándose allí de paso los refuerzos que el gobierno enviaba á Cataluña, y que Mina estaba esperando, detuvolos el comandante general de Aragon don Manuel de Velasco para perseguir con ellos y con su tropa á Bessiéres, el cuál, despues de otra tentativa inútil sobre Calatayud, se corrió camino de Madrid, llegando hasta Guadalajara, á diez leguas de la capital.

Alarmó esta noticia á la córte, tanto más, cuanto que la guarnicion que en ella habia era escasa. Sin embargo, el gobierno hizo salir una columna de tropa y nacionales á las órdenes de O'Daly, uno de los jefes de la revolucion del año 20, acompañado del Empecinado. Repartiéronse éstos la fuerza, y dividiéronla en dos trozos para caer á un tiempo por distintos puntos sobre el enemigo. Confiaban tambien en que éste vendria perseguido por las tropas de Aragon, mas no era así, por no haber creido aquel comandante general deberlas sacar fuera de su distrito. De modo que habiendo encontrado O'Daly con su columna á Bessiéres en Brihuega (24 de enero, 1823), antes que llegára la del Empecinado, y no habiendo esperado á ésta para el ataque, aprovechando Bessieres la ocasion la derrotó completamente, quedando en su poder la artillería y muchos prisioneros. Cuando llegó el Empecinado, ignorante del suceso, y tambien sin las debidas precauciones, hallóse, igualmente solo, y acometido por los vencedores retiróse con su gente á la desbandada, pudiendo salvarse con trabajo.

Gran consternacion produjo en Madrid la derrota de Brihuega, aumentándose con la llegada de los fugitivos. Era la ocasion en que, como diremos en su lugar, los ánimos estaban sobresaltados con las notas y con las amenazas de guerra de las potencias de la Santa Alianza. El. gobierno participó de aquel susto, y tomáronse táles disposiciones como si se viese amenazada la capital. Reunióse la milicia, empuñaron las armas los empleados, y se dió el mando de la fuerza al general Ballesteros, que á su vez nombró otros generales para la defensa de las puertas de la capital. Formóse además apresuradamente otra columna para que saliese al encuentro de los realistas, cuyo mando se confió al conde de La-Bisbal, atendida su reputacion militar, y no obstante sus veleidades y sus defecciones anteriores, pero que á la sazon se habia adherido con empeño á la parcialidad exaltada. Salió pues La-Bisbal con su columna. «No vacilo, es»cribia, en asegurar á V. E. que en cualquier punto »donde logre venir á las manos con la faccion, no soflamente caerá en mi poder la artillería, sino que se»rá enteramente destruida esa horda de enemigos de »la libertad.» Sin embargo los facciosos lomaron y fortificaron á Huete, donde permanecieron hasta el 10 de febrero (1823). Aquel dia, mientras el de LaBisbal practicaba un reconocimiento en direccion de Cuenca para proteger la llegada de una columna que de Valencia esperaba, abandonaron aquella poblacion, retirándose los unos á Aragon, los otros á Valencia, siendo pocas las ventajas que sobre ellos pudieron obtenerlas tropas constitucionales. Quedó otra vez el Empecinado al frente de la fuerza, y La-Bisbal regresó á la córte, no sin menoscabo en la opinion de inteligente y activo que habia adquirido en la guerra de la independencia, y que en otras ocasionas habia sabido mantener.

Como siempre los peligros que se tocan de cerca son los que naturalmente afectan más, sin que baste á dar tranquilidad la reflexion de que puedan ser pasajeros, ni la comparacion con otros mayores, pero que pasan á más distancia, la derrota de Brihuega influyó mucho en el espíritu público, y decíase en la corte que cómo era posible que resistiese al poder de las naciones coligadas que amenazaban invadirnos un gobierno que no tenia fuerza para acabar con unas gavillas de guerrilleros, y se dejaba aterrar por un puñado de facciosos. Pero la verdad es que este terror y aquella censura nacian de la idea y convencimiento general que se tenia de la proximidad de una invasion estranjera, especialmente por parte de la Francia, para destruir el gobierno y el sistema representativo. El mismo Mina lo esperaba así, y en aquellos mismos dias le avisaron de Madrid que cin

co individuos de la legacion francesa habian salido ya en posta para París, y que el embajador mismo tenia ya los pasaportes del gobierno, y emprenderia su marcha de un momento á otro.

Por desgracia la intervencion armada estranjera era un suceso que podia contarse por irremediable, como obra y resultado de los propósitos, deliberaciones y acuerdo de la Santa Alianza, segun ya evidentemente se desprendia de las notas que se habian cruzado entre el gobierno español y los gabinetes de las potencias que constituian aquella, lo cual será el asunto importante de que nos proponemos dar cuenta en el siguiente capítulo. Anunciábalo además claramente el discurso pronunciado por el rey Luis XVIII. al abrirse las sesiones de las cámaras (28 de enero), que tambien darémos á conocer allí.

Solo añadiremos ahora, que los desórdenes de los liberales exaltados de aquella época, desórdenes que esplotaban los enemigos interiores y esteriores de la libertad española para cohonestar la guerra de dentro y las conspiraciones de fuera, lejos de cesar ó moderarse para quitar pretestos y conjurar la tormenta que se venia encima, parecian ir en aumento cuanto más se acercaba el peligro. Las sociedades secretas, foco perenne de escándalos y perturbaciones, se hacian la guerra hasta entre sí mismas, sacando mutuamente á plaza sus miserias al mismo tiempo que sus ridículos misterios, publicando sus estatutos y los nombres de sus afiliados, y denostándose recíprocamente con sátiras y sarcasmos en sus respectivos periódicos. El gobierno mismo, como si quisiera que no se olvidase haber salido de ellas, cometió la imprudencia de permitir la que se formó cor\ el título de sociedad Landaburiana, cuyo solo nombre indicaba componerse de los que se decian vengadores del oficial Landáburu, asesinado á las puertas del palacio. Era esta sociedad de comuneros, y presidíala con el título sarcástico de Moderador del orden el diputado Romero Alpuente, el pequeño Danton, como le llama un historiador contemporáneo, que proclamaba frecuentemente la necesidad de que pereciesen en una noche catorce ó quince mil habitantes de Madrid para purificar la atmósfera política; al modo que MoraIes, el pequeño Marat al decir del mismo escritor, proclamaba en la Fontana de Oro que la guerra civil era un don del cielo

(1) Otro escritor contemporáneo, miembro que era, y de los mas influyentes, de aquellas sociedades, nace la siguiente pintura del estado en que entonces su encontraban. «La de los Comuneros, dice, estaba en guerra abierta coa la de los MasoDes. Seguíanse las bostilidades con ardor en los periódicos, y en otros mil campos de batalla de poca nota, dañándose mutuamente de palabra y de obra con emp ¡ño incesante. Pero en las Cortes procedian masones y comuneros contra la parcialidad moderada, su comun contraria

El cuerpo supremo gobernador de la masoneria estaba en tanto dividido, ablegándose unos de sus miembros á los comuneros, y otros á los moderados, si bien no á punto de confundirse con las gentes á quienes se arrimaban.... Los comuneros vinieron á desunirse, yéndose los más de ellos con la gente desvariada y alborotadora, y los menos casi confundiéndose entre la masonería, y por último, mezclándose tambien con ios enemigos de la Constitucion los moderados ante sus defensores, á quienes repugnaba la union con los exaltados. Esta

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